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¡Eres mía, heredera! romance Capítulo 113

Las armas.

Gordon decidió ignorar, como siempre, todos los comentarios de carácter sexual, que esa mujer le dirigía. Y con un nuevo suspiro entró en el despacho de su jefe, con el teléfono, lejos de su oreja para no oir tentadoras palabras de la rubia. Su jefe, Roy William Miller, estaba imbuido como este último mes, entre los contratos y los proyectos del grupo, para así no pensar en la mujer que lo tenía así.

Esta era otras de las razones por las que el asistente se negaba dejarse seducir por esa mujer, si era así como te quedaba después de que esos seres peligrosos entraran en tu corazón, prefería ser un soltero toda su vida.

- “Señor la señorita Walter quiere hablar con, usted hay noticia de la señorita Müller.”- le dijo el asistente poniendo el manos libres de su móvil. –“Señorita Walter el señor Miller la está escuchando.”- repitió el eficiente asistente. Alegrándose que delante de su jefe la rubia se tuviera que controlar. Que equivocado que estaba el pobre.

- “Roy William puedes decirle a tu asistente que a partir de hoy tiene prohibido llamar señorita Walter, sólo me puede llamar mi diosa, o no te daré la clave para que recuperes a tu Hanna, que vuelve en tres días.”- antes de acabar esa frase Gordon supo que estaba perdido, esa maldita rubia se iba a salir con la suya, sólo tenía que mirar la luz que atravesó los ojos azules que su jefe, y la felicidad que se dibujó en su rígida cara.

- “¿Volverá en tres días?”- dijo en un ronco hilo de voz su jefe.

- “Si, y tengo un plan genial para que volváis a estar juntos, pero no pienso soltar prenda hasta que el buenorro de tu asistente no me llame mi diosa a partir de ahora.”- dijo la modelo a través del teléfono, mientras una sonrisa de ilusión se instalaba en entre sus labios. Al imaginar a ese hombretón llamándola así.

La mirada seria que su jefe dirigió al pobre Gordon no dejaba lugar a dudas, si tenía que entregárselo envuelto en papel de regalo y con un gran lazo, a la loca rubia, para que esta, tras desenvolverlo lo sacrificara en su cama, lo iba hacer.

Gordon suspiró varias veces, como un toro cuando está a punto de enfrentarse al torero, sabiendo que o iba amatar, o iba a morir, pero la mirada de su jefe termino con su resistencia, y como fiel asistente, y con la voz más ronca y afectada que nunca, más que la del personaje que la rubia le había adjudicado como mote, dijo.

- “¡Mi…Mi diosa!”- las ganas de romper algo casi agobian al enrojecido asistente.

- “¡Por dios es lo más erótico que oído en mi vida! …”- dijo con gemido de deseo que, sin querer afecto al control del libido del asistente, y a continuación comenzó a relatar el genial plan para que su mejor amiga y su amor por fin estuvieran juntos. Todo mientras un pobre asistente comprobaba que eludir a esa maldita mujer era más difícil de lo que él pensaba.

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