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¡Eres mía, heredera! romance Capítulo 112

El juego.

Según termino de hablar con su mejor amiga Beatriz Walter, sonrió sin poder evitarlo, quería a Hanna y a su hermana como si fueran su propia familia. La rubia descarada, no tenía familia, había crecido en un orfanato de Exeter, al sur oeste de Inglaterra, se hizo modelo de publicidad, para ganarse la vida, y como una forma de estar cerca de los que verdaderamente le gustaba, que era el estilismo y el diseño, hasta que fue acogida por Gred Watson, ella era su mayor fan.

No era una top model, más bien una modelo del montón, por eso se unió a la agencia de acompañantes, y así poder conseguir influencias, además de más ingresos. Fue allí, gracias a la Madame, que se le ofreció una oportunidad para explorar sus dotes, y su talento, como estilista, organizando el vestuario, el maquillaje y los complementos que deben llevar los acompañantes para sus citas de trabajo. El día que Hanna entró a la empresa para hacer la entrevista, fue Bea, quien vio en ella un diamante en bruto, una belleza exótica, con un enorme corazón, e insistió a la Madame, para que la contratase.

La rubia tomó a la recién llegada bajo su experiencia y protección, y pronto se hicieron muy buenas amigas. Para Bea, Hanna era como su hermana pequeña, y si añadía la existencia de Mia, esto reafirmo más esa decisión protegerlas, y de que fueran felices.

Así que, tras la llamada, de su mejor amiga, y lo que había descubierto de su hombre, esa rubia entrometida y descarada, no pudo evitar que en su mente se formara, para que esos dos se unieran de una maldita vez, un plan perfecto que podía hacer que la vida de su mejor amiga fuera lo que siempre se había merecido, lo mejor que una mujer podía tener y desear, estar con el hombre que amaba.

Mientras los planes se comenzaron a formar en su mente, supo que iba a necesitar ayuda, y sobre todo tenía que advertir a cierto multimillonario CEO, de que esta vez no mentira la pata. Descolgó el teléfono, tenía que hablar con Roy William Miller, y la única forma para llegar hasta él, era a través de ese hombre al que ella había puesto el mote de Batman, un ser estricto, y tan rígido como una tabla, que la volvía más loca aún de lo ya estaba.

Durante la conversación que habían tenido en el despacho donde surgieron miles de ideas para hacer que Hanna volviera, el CEO ordenó a su ayudante que estuviera en total contacto con Bea, por si había cualquier noticia de Hanna, y así poder iniciar algunos de esos planes que definieron en ese encuentro. Pero tras la conversación que había surgido con su amiga, a la modelo le había surgido una idea mucho mejor que las que habían tenido esa tarde.

- “¿Qué desea señorita Walter?”- a oídos de Bea la voz de su Batman denotaba que no le era grata esa llamada, más bien le parecía un fastidio.

- “Se nota que adoras oir mi voz, Bruce Wayne, a mí me ocurre lo mismo, adoro esa voz tan ronca, fría, y rígida, me encantaría oírla todas las mañanas al despertar, además de que me dan ganas de hacer algo para ver si puedo hacértela cambiar a otra más sugerente.”- le dijo la modelo haciendo que su voz sonara seductora y atrayente.

Desde que el CEO le había ordenado a su asistente que estuviera en contacto con la modelo, para saber de la mujer que amaba, cada día, esa atrevida rubia lo llamaba para literalmente sacarlo de quicio. Beatriz Walter estaba empeñada en descubrir hasta donde podía llevar a ese ser tan serio, educado, y rígido, un perfecto ejemplo del caballero británico estaba convencida que debajo de esa estricta fachada existía una hoguera incandescente.

Al otro lado del teléfono, un más que hastiado Gordon miraba al techo, intentando controlarse interiormente, esa maldita mujer, siempre conseguía sacarle de sus casillas. Era como una maldita pesadilla. Aunque tenía que reconocer que esos ojos verdes esmeralda, y esa sonrisa, le hacían subir la temperatura.

- “Tengo mucho trabajo para sus juegos, señorita Walter, si tiene algo importante …”- como siempre esa maldita rubia lo interrumpió. Fletcher pensaba que ese era un defecto muy recurrente en esa mujer, y lo sacaba de quicio, nunca le dejaba terminar una frase.

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