Apenas se habían alejado un poco cuando Liam notó que otro vehículo salía detrás de ellos.
Si no lo había mencionado antes, era porque quería asegurarse de que realmente los estaban siguiendo y que no era solo una coincidencia.
Pero ahora, ese auto mantenía la misma velocidad y una distancia prudente de forma constante.
Ya no cabía duda: definitivamente los tenían en la mira.
—Ni idea, ya intenté perderlos, pero nos volvieron a alcanzar enseguida.
Ante sus palabras, Alba no mostró ni una pizca de sorpresa, era evidente que ella también se había dado cuenta hace rato.
Liam tampoco se sorprendió al ver su reacción; desde el principio sabía que esta chica no era la típica señorita rica y mimada.
—En ese caso, no te esfuerces por perderlos, vamos a ver qué es lo que quieren.
Alba entendió el mensaje de inmediato y enfiló el auto hacia una carretera más apartada y desolada.
A veces la conexión entre dos personas era tan mágica que no necesitaban decir mucho para entender lo que el otro pensaba.
Alba sujetó el volante con firmeza, con la mirada clavada en el espejo retrovisor. Maniobró el vehículo con una agilidad impresionante, haciendo varios derrapes perfectos mientras los neumáticos chillaban contra el asfalto.
Sus movimientos eran fluidos, cada giro era exacto; demostró su talento para las carreras en todo su esplendor.
El auto que los perseguía quedó completamente desorientado por su exhibición de habilidades, sin percatarse de que ella los estaba llevando a ese lugar a propósito.
Alba esbozó una ligera sonrisa y, sin que lo notaran, los condujo hacia las afueras, lejos de la ciudad.
Allí solo había árboles dispersos y terrenos baldíos, el escenario perfecto para deshacerse de un problema.
Al llegar a su «destino», Alba frenó de golpe. El auto que los seguía entendió de inmediato lo que pasaba.

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