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Esposa por contrato: La venganza de la heredera despreciada romance Capítulo 338

Alba se levantó de inmediato y lo obligó a acostarse en su lugar.

—Acuéstate ahora mismo y tómate esta pastilla.

Él estaba más lastimado que ella, y aun así se había quedado a su lado esperando a que despertara; sería mentira decir que no estaba conmovida.

Alba sintió una cálida sensación en el pecho. No iba a permitir que alguien en peor estado se quedara ahí cuidándola, así que lo obligó a tenderse en su propia cama de hospital.

Por suerte, entre los medicamentos que siempre llevaba consigo, tenía sus famosas pastillas curativas. Con una de esas, incluso alguien con huesos rotos recuperaría entre un setenta y un ochenta por ciento de su movilidad en tan solo una semana.

Y el resto se arreglaría en quince días, una vez que ella le preparara unos remedios caseros específicos; seguro estaría saltando como si nada.

Las medicinas que ella desarrollaba eran muchísimo más potentes que las que usaba Valeria, esas pastillas misteriosas que su madre obtenía de vaya uno a saber dónde.

Aunque todavía no lograba averiguar cómo las conseguían, estaba segura de que el Sindicato de Boticarios estaba involucrado.

Tarde o temprano lo descubriría, era solo cuestión de tiempo.

—Está bien, sabiendo que tú me cuidas, me siento mucho más tranquilo.

Liam no se hizo de rogar. Se tomó la pastilla y de inmediato adoptó una expresión de debilidad y vulnerabilidad.

Fingió que no podía levantar nada y que cualquier movimiento le resultaba doloroso.

—Albita, ¿me pasarías un poco de agua? Se me complica con la mano así.

Una vez que se aseguró de que Alba estaba fuera de peligro, pasó de ser un rudo hombre de acción a un frágil y delicado paciente.

Después de que ella lo obligara a acostarse, se le encendió el foco y decidió aprovechar la situación.

Tener una buena excusa para que Alba lo «atendiera y cuidara» no sonaba nada mal.

Al escuchar su «petición», Alba estuvo a punto de negarse por instinto, pero al final terminó acercándole el vaso de agua dócilmente.

Al fin y al cabo, este hombre se había lastimado por protegerla; pasarle un vaso de agua o hacerle algún favor era lo mínimo que podía hacer.

—Perdona, ¿me darías de beber? Mi mano no da para más.

—Claro —respondió Alba obedeciendo.

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