—Después de la escuela, será el momento. — Gabriel le decía a Emma, mientras se acomodaban los zapatitos. Aquel, era su primer día en el colegio.
Emma asintió.
—Si, podremos ver a papito, el estará en la alberca del último piso. — respondió Emma.
Los pequeños, esperaban ansiosos el momento en que volverían a ver a aquel hombre que estaban seguros, era su padre…y esta vez, planearon, nadie iba a impedírselos.
—¡El desayuno está listo! — grito Katherine llamando a sus gemelos.
Inmediatamente después, una serie de murmullos y refunfuños infantiles se dejaron escuchar en la planta alta de aquella casa, junto a pasitos apresurados que seguramente buscaban el resto de sus cosas. Katherine reía de aquello y esperaba que pronto los pequeños bajaran a desayunar.
A veces, a la rubia le parecía realmente increíble pensar en la realidad que estaba viviendo. Se había convertido en una diseñadora y empresaria exitosa, tenía a dos maravillosos hijos que complementaban todo su mundo y todo parecía marchar bien. Sin embargo, la sombra del rencor que aun sentía demasiado arraigado en su corazón, la hacía borrar a momentos aquella sonrisa que debiera de ser permanente.
—Listo mamita, ya nos lavamos los dientes y sacudimos la cama ¿Hoy iremos a la nueva escuelita? — preguntaba su pequeña hija.
Katherine dio una pequeña risita al notar que su hija había intentado hacerse un moño por ella misma y este le había quedado completamente torcido.
—Emma, te peinaste mal, vamos, desayuna primero y luego te acomodamos el cabello. No tiene nada de malo que le permitas a María el ayudarte a peinarte. — dijo Katherine sintiéndose alegre aquella mañana al ver a su hija hacer un puchero.
Emma hizo un puchero. — Ya soy una niña grande y no me gusta que me nana me ayude en todo, me da vergüenza. — respondió.
María soltó una risa al entrar al comedor con el desayuno ya listo para ser servido.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.