Aquella noche, Gabriel y Emma miraban las estrellas de su proyector, que se reflejaban en el techo de su habitación. En la mente de los gemelos, se dibujaba el rostro de aquel misterioso hombre que hablaba con su madre cuando salieron del aeropuerto. Los ojos azules tan raros como los de ellos, y el cabello color café como lo tenían ellos, no dejaban de rondar su inocente mente que había ya retratado mil escenarios ficticios.
Nunca habían conocido a su padre, y su madre, jamás les hablaba de él. Ambos niños habían crecido con aquel vacío en sus pequeños corazones, y con el anhelo de algún día conocer a su papá…aquella, era la mayor ilusión que tenían en sus vidas.
—Oye Emma, ese señor que estaba con mamá, ¿Crees que se parece a nosotros? — cuestionó Gabriel pensando en ese hombre que lo había deslumbrado.
Emma suspiró.
—Si, se parece a ti y a mí, pero si le preguntamos a mami, ella va a enojarse como siempre se enoja cuando le preguntamos por papito…pero, yo quiero saber quién es ese señor. — respondió Emma quien también miraba aquellas estrellas como su gemelo.
Aquel anhelo de conocer a su padre había permanecido en los niños, desde que entendieron lo que eran mamá y papá, y aquel hombre extraño, les había dado la esperanza de finalmente encontrar a su padre.
—Entonces, primero hay que descubrir quién es ese señor, mamá tiene cosas guardadas en su cuarto, allí podemos encontrar algo, pero hay que esperar a que se vaya a trabajar para entrar, y tenemos que distraer a nana María para poder buscar sin que nos regañe, cuando amanezca, revisaremos sus cosas. — dijo astutamente Gabriel.
Los ojos azul zafiro de Emma brillaron intensos.
—¡Si!, vamos a hacer eso Ash. — respondió Emma.
En su habitación, Katherine sacaba aquella vieja caja de zapatos en la que años atrás, cuando Henry la abandonó, se había llevado su vida entera y sus recuerdos. Sus redes sociales de aquel entonces, las había eliminado todas junto a las fotos digitales de su boda, y las amistades que tenían en común, para no ser rastreada de ninguna manera por Henry…sin embargo, en aquella caja conservaba aun algunas fotografías impresas de aquel día, el más hermoso de su vida juvenil, en las que lucía aquel hermoso vestido de novia que con ilusión y orgullo lucio aquel día.
Tomando aquellas imágenes de tiempos en los que creyó que era feliz, Katherine quiso romperlas en mil pedazos, sin embargo, y al igual que en aquellos ya casi seis años, no tenía el valor para hacerlo, y el pecho le pesó dolorosamente igual que siempre, al igual que las lágrimas que amenazaban con derramarse desde sus ojos verdes.
¿Por qué no podía romper aquellas fotos, si Henry no fue capaz de creer en ella y permitió que su madre y Emily la humillaran con crueldad?
—Travesura terminada, esto nos va a dar un momento sin María. — dijeron los gemelos al unisonó, mientras reían traviesos.
Gabriel y Emma estaban decididos a todos para averiguar quién era aquel hombre tan parecido a ellos, sin medir la consecuencia de su travesura, ni lo que esta traería para ellos.
—Vamos a saber quién es ese señor muy pronto. — aseguró Emma con ilusión.
En su departamento, y completamente ebrio, Henry leía aquel mensaje de su madre, donde esta le pedía encarecidamente, el acompañarla al sonado desfile de modas de Divane, que tendría lugar en el edificio Rockefeller la noche siguiente. Respondiendo un seco “si”, Henry se quedó dormido en el sofá de su sala, mientras aquel video de su boda con Katherine seguía reproduciéndose, y una invitación yacía sobre el suelo sin ser abierta.
Aquella cruel mentira que Emily Gibson había orquestado para separar a Katherine y Henry, los había sumergido en un terrible sufrimiento, y en aquel momento, Emily sonreía al mirar la invitación personal que había recibido esa tarde, para asistir y estar en primera fila en el prestigioso desfile de Divane, la misma invitación que Antonella Bennett había recibido.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.