—Esto es un desastre. — dijo María mirando como el agua del sanitario en el baño privado de los gemelos, salía sin control de la misma.
—Demonios…se supone que pagué por un maldito mantenimiento antes de mudarme. Lo siento, María, pero tengo que irme para asegurarme que los preparativos para el desfile de esta noche marchen bien…además de que me reuniré con Carl para alistarme para el evento, por favor perdóname por dejarte con este problema. — se disculpó Katherine con María.
La vieja nana sonrió. — No se preocupe señora, me encargare de que los plomeros hagan bien su trabajo, usted vaya tranquila, este evento es muy importante, no se preocupe de esta anciana, he sido ama de llaves toda mi vida y se cómo manejar a la demás servidumbre. Aunque, debo de admitir señora, que es un poco extraño lo que ha ocurrido tan repentinamente, quizás algún duendecillo hizo de las suyas. — dijo entre risas María, dando una mirada de reojo a los gemelos que se hallaban ocultos tras la puerta del baño.
Katherine se acarició las sienes, y dio una mirada severa a sus hijos.
—Espero que ustedes no hayan tenido nada que ver niños, por ahora me iré, pero esperen un castigo si descubro que ustedes ocasionaron esto. — dijo Katherine apresurándose a besar las mejillas sonrosadas de sus hijos, para luego salir apresurada.
—Te prometemos que no hicimos nada mamita. — dijeron los gemelos al unisonó, cruzando los deditos a sus espaldas.
Viendo a su madre marcharse, y a María hablando por teléfono con los plomeros, los gemelos se sonrieron entre sí. Su oportunidad había llegado, y corriendo apresurados a la habitación de su madre, esperaban encontrar el tesoro que estaban buscando.
En su departamento, Henry despertaba sintiendo su cabeza a punto de estallar. Levantándose del sofá y caminando a la cocina buscando algún remedio para su dolencia. Sin embargo, y sintiendo haber pisado un papel, el magnate de cabellos castaños vio que bajo su planta había un sobre elegante y lo levantó del suelo.
—Divane… — leyó en la portada del sobre, y recordó que aquella invitación le había sido entregada por su hermano hacia menos de una semana, y le había recalcado la importancia de asistir al evento de modas del que le habló su madre anoche.
Negando en silencio, dejo la invitación sobre la mesita de centro en su sala, y dirigió sus pasos a su cocina para prepararse uno de sus milagrosos batidos para aliviar la resaca. Asistiría al evento con su madre, tal y como ella le había pedido, después de todo, tenía meses sin verla; después de todo, desde su divorcio se había distanciado de su progenitora debido a la horrible humillación que a Katherine le había hecho pasar…humillación que el no detuvo a tiempo, y de la que se culpaba.
Después de bañarse, Henry escogió el elegante atuendo que usaría para esa noche; no le interesaban en lo absoluto esos eventos, pero eran necesario asistir a ellos como parte de los negocios de su familia. Finalmente, se decidió por un elegante traje sastre hecho a medida en color negro, diseñado por el afamado diseñador Carl Valentino especialmente para él, lo usaría con un hermosa y costosa camisa azul zafiro del mismo diseñador, y un corbatín a juego también negro. Sacando de su caja el sencillo reloj que una vez Katherine le había obsequiado, se sintió tonto por decidir usarlo…pero su mente no podía dejar de pensar en su ex esposa y en los hijos de ella.
En su mansión, Emily Gibson sacaba de su armario el vestido más lujoso de la colección pasada de Divane, decidida a usarlo para esa noche; después de todo, había recibido una invitación para asistir a tal evento. De aquella diseñadora poco o nada se sabía, y le emocionaba la idea de saber que, finalmente, aquella talentosa mujer mostraría su rostro por primera vez.
En su mente, sin embargo, también mantenía presente la llegada de Katherine Holmes a la ciudad; no había logrado averiguar en donde era que se estaba hospedando, pues en ninguno de los hoteles más baratos había rastro de ella. Aquella mujer miserable, meditó, debía de regresar por donde había venido, pues ni ella no nadie le arrebataría de nuevo a Henry Bennett. Probándose aquel vestido plateado, Emily se sonrió a sí misma, con aquel vestido revelador, sin duda alguna finalmente capturaría la atención de Henry, y lograría atraparlo después de tantos años.
Katherine Holmes, esa maldita mujer, no sería un impedimento para casarse con el hombre de sus sueños.
En el pent-house de la hermosa rubia, María hablaba seriamente con los plomeros que habían acudido al lugar para revisar el sanitario.
—¿Está completamente seguro señor? — cuestionó la vieja nana con evidente angustia.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.