—¿Señor Bennett?, ¡Ayuda por favor! — gritó Lorena completamente asustada al mirar a John inconsciente.
Sin recibir respuesta, la joven aprendiz de detective arrastro como pudo a John hacia dentro de su departamento, notando que el hombre tenía una fiebre demasiado alta; había estado bebiendo, estando completamente enfermo.
Aquella noche, la luna brillaba en lo más alto, y Katherine había accedido ante el capricho de sus hijos para pasar la noche en el departamento de Henry. La noche siguiente seria la gala de beneficencia y al menos por ese momento no quería pensar en nada más.
El manto nocturno había caído ya enteramente sobre la ciudad. La luna llena, completamente brillante y tan parecida a la plata, se asomaba ocasionalmente entre las pocas nubes que lograban cubrirla. El brillo de las estrellas decoraba el cielo nocturno, dejando ver la belleza del universo que lograba apreciarse desde la tierra firme. Katherine, sin embargo, no lograba admirar nada de ello, pues toda su atención se concentraba en ese hombre que estaba sentado cerca de ella, mientras miraban ambos junto a sus pequeños hijos una película de autos animados que Gabriel y Emma solían disfrutar mucho.
La tensión era tan densa, que esta se podría cortar fácilmente con un cuchillo, y habían transcurrido solo tres horas desde que habían entrado a aquel enorme y lujoso lugar. La noche pintaba para ser demasiado larga. Mirando a su alrededor, Katherine admiró aquella enorme mansión que, por supuesto, estaba en un barrio demasiado exclusivo en la zona más privilegiada a las afueras de la ciudad, New York albergaba varios lugares tan esplendorosos como ese, y admitía que el departamento de su exesposo era aún más grande y lujoso que el de ella; no parecía un departamento, si no una mansión.
Aun así, siendo un multimillonario que podría tener todo cuanto pudiese desear, no había sido eso lo que en un principio la había hecho amar a Henry, si no, aquel espíritu aventurero y gentil lleno de carisma que siempre demostró tener.
Mirándolo de perfil, pudo ver como su exmarido lograba genuinamente emocionarse en algunas de las escenas de esa película de Cars junto a sus pequeños hijos, y eso lograba, de cierta manera, conmoverla. Levantándose de aquel enorme y cómodo sofá, camino en busca del baño, esperando que la noche terminara de prisa.
Caminando por el enorme departamento, Katherine admiraba la sobriedad de aquel lugar. Colores tenues, elegantes, techos altos y candelabros hermosos, alguna que otra pintura en las paredes, y un mobiliario fino y exquisito. Sin duda alguna, aquel era el hogar de Henry, conocía su buen gusto, y apenas prestaba atención a los detalles de decoración del lugar.
Sin embargo, Katherine se sentía incomoda, nostálgica. Ni siquiera había preguntado en donde se hallaba el baño, tan solo quería salir de allí un momento, escapar de la presencia de Henry Bennett, aquel que fue su gran amor. Mirando los cuadros que yacían colgados en el pasillo, no pudo evitar notar uno de ellos en particular, ¿Podría ser?
—Katherine. —
La voz de Henry la sacó de aquel hipnótico momento, en el que había creído reconocer aquella pintura que sobresalía de las demás al fondo de aquel largo pasillo que parecía conducir a las recamaras.
—Yo…lo siento, buscaba el baño y…
Katherine se rio.
— Descubrirás que Gabriel y Emma son fanáticos de las rosetas de maíz, todos los fines de semana vemos una película y ellos se las toman todas. Vamos entonces, muéstrame el baño. — respondió Katherine entre risitas.
Ambos, no comentaron nada sobre aquel beso que se habían dado, sin embargo, no era un secreto que ambos habían disfrutado y necesitado aquello. Henry amaba a Katherine, Katherine amaba a Henry, y aun cuando ambos cargaban cicatrices y culpas respectivamente sobre aquel doloroso pasado en que se separaron, quizás, aquel instante sería un parteaguas para un nuevo comienzo.
Gabriel y Emma, miraban escondidos tras la puerta de la cocina, el cómo sus padres reían y charlaban amenamente mientras preparaban más rosetas de maíz para seguir mirando la película. Por primera vez, los pequeños gemelos se sentían parte de una familia verdadera, pues, aun cuando amaban y amarían infinitamente a su madre, siempre habían añorado el tener a su padre y un hogar al cual pertenecer con toda plenitud.
Alguna vez, Katherine y Henry desearon formar un hogar lleno de momentos como ese que estaban viviendo. Ninguno se percataba de ello, pero estaban viviendo lo que desearon tener siempre, mientras su hijo los miraba con adoración.
Sin embargo, ¿El pasado seguirá doliendo? ¿Katherine verdaderamente podría perdonar? Ninguno lo sabía, pero al menos por ese momento que ambos desearon eterno, no querían pensar en ello, no querían que el dolor de lo ocurrido empañara sus corazones, al menos no en ese instante.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.