Katherine casi sintió su cuerpo temblar otra vez en esa sensación, y pensó al sentirse movida con la fuerza y pasión por Henry, que no quería hacer el amor nunca con nadie más que no fuese su amado exesposo. Su corazón palpitaba con furia y sus piernas estaban tan débiles al ayudar al ojiazul a moverse y provocar ese placer que ambos estaban disfrutando, que sentía que pronto iba a terminar por desfallecer.
—Henry…ya no…ya no puedo…voy… — dijo la hermosa rubia con voz cansada y entrecortada.
—Vengámonos juntos, Katherine…juntos… — Henry le suplicó y la sujetó de la cintura, esta vez la ayudó a elevarse y caer constantemente sobre su dureza. — Así, preciosa…así mi Katherine…tan solo así…— mencionó él pensando en saciarse de ella esa vez… y todas las veces que le fuera necesario hacer, porque jamás tendría suficiente de ella, jamás.
Henry tuvo que ser sincero consigo mismo, había disfrutado como nunca de su amada mujer, y quería volver a hacerlo una vez más, y otra, y otra más…o dos, o mil…, o las que fuesen necesarias hasta saciar las ganas que seguía teniendo de ella, aunque, sabía, aquel momento jamás llegaría, por ello, quería volver a casarse con ella, quería formar tan solo con su Katherine el hogar y la vida que siempre había deseado.
—No… no aguanto…por favor… — confesó Katherine al apretar su abrazo sobre su cuello dejando el rostro del rubio apenas arriba de sus senos.
Henry volvió a sujetarla de las caderas y buscando llegar con ella, la obligó a cambiar el ritmo y de manera insistente, la volvió a mover de atrás hacia adelante haciendo el choque de sus caderas audible e insoportable para ambos.
—Ah, Katherine…aun no…aun no…— Henry gimió roncamente al sentirla apretarse fuertemente a su miembro hinchado.
Ella tembló y no contuvo los suaves y largos gemidos que siguieron al fuerte y agudo gemido al momento de llegar con él.
—¡Dios! Henry…eres…eres… — pronunciar con su voz entrecortada ¿siempre sería igual de intenso? Tembló más al temer que eso le llegase a gustar tanto como para aceptar seguir con él.
—¿Qué soy? ¡Dilo!, ¡Dime que soy! — exigió el apuesto magnate de cabellos castaños y ojos de zafiro mirándola y sintiéndola con la intensidad de una tormenta.
Katherine sentía su respiración entrecortada y agitada, así como su corazón tan acelerado que parecía que le iba a estallar en el pecho, mientras aquellas oleadas de tanto placer la invadían por completo.
—Eres… ¡Mi hombre! — gritó ella sintiendo casi desfallecer de placer, al llegar a su clímax sin lograr contenerlo por más tiempo.
El agitado Henry sonrió ante aquella respuesta, y se aferró a la pequeña cintura de su amada esposa en un abrazo, mientras su palpitante miembro continuaba derramando su cálida semilla dentro de Katherine. Sacudido por esporádicos espasmos, el apuesto magnate escondió su rostro en el cuello de la hermosa rubia que también respiraba con dificultad. Una de las blancas manos de Katherine bajó a acariciar la dura y su ligeramente sudada espalda del apuesto magnate, y con la otra ocultó su rostro avergonzado, lo había vuelto a hacer. Una vez más, había hecho algo inapropiado en un lugar inapropiado.
Un par de minutos después y con sus corazones y respiración más calmados, Katherine se separó suavemente del su amado y caliente exesposo, y deslizó sus manos a modo de caricia hasta posarlas en sus anchos hombros, Henry se quejó incómodo al perder el soporte de sus grandes senos, pero se sintió reconfortado y cansado al haberse saciado de su amada…y al haber saciado a ella de él.
—Eres…mía…tan mía, que nadie en el mundo podría separarme de ti, ni siquiera muerto… — la suave voz que provino de Henry apenas era audible para Katherine… ella se había perdido viendo lo peculiarmente hermosos que eran esos zafiros que el magnate tenía por ojos.
Él sonrió y alzó una de sus manos a acariciar su rostro. Ella pareció reaccionar y volvió a ruborizarse al nuevamente admirar su masculina belleza. Ellos, después de todo, se pertenecían…se habían pertenecido siempre.
— Entonces, ¿Por qué?, ¿Qué es lo que me hace tan especial para ser tu mujer elegida? — Katherine se atrevió a preguntar.
Henry sonrió.
—Porque tal vez solo quiero estar contigo una vez más…o tal vez…mil veces…lo que te hace especial, no es una cosa en concreto, y eres tan hermosa, tan dulce, tan inteligente y tan maravillosa, que no existen palabras para describir todo aquello que eres…porque eres tan sublime, tan increíble, inteligente y encantadora, que no encuentro como expresar esto que siento por ti…tienes tantas cualidades que difícilmente podría nombrarlas todas en una sola noche, no hay palabras que le den justicia a todo y al porque de lo que siento por ti, Katherine. — Henry le dijo, y, cargándola se acomodó mejor en el asiento, volviendo a compartir un suave gemido por ello. — O tal vez si existen las palabras exactas, aunque fuera de este mundo… — mencionó sobre sus labios y ella frunció ligeramente el ceño haciéndolo sonreír. — Y eso es…porque te amo, Katherine, y toda mi vida, voy a amarte. — finalizó para acariciar sus labios con un suave beso, haciéndola estremecer.
Katherine se acurrucó en el pecho de su Henry. Aun y cuando era atacada, aun cuando había sido humillada y despojada, aun y cuando todo el mundo constantemente le repetía sin cansarse que ella y Henry no debían de estar juntos, que la hija de un par de personas comunes jamás sería suficiente para un hombre como el, ella ya no estaba dispuesta, ni lo volvería a estar jamás, a renunciar a su exesposo…Henry se había vuelto tan necesario, tan indispensable para ella, como lo era respirar.
Así que, aun con el mundo entero oponiéndose, jamás iban a lograr apartarla de su lado…jamás. Esa era, su decisión. Y en aquel solitario páramo, Katherine y Henry terminaron de comprender, que su amor tan verdadero y gigantesco, jamás nada ni nadie volvería a destruir…porque, en realidad, jamás lo habían destruido.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.