Fabiola no sentía miedo. En medio de tanta gente, Paulina de verdad resultaba bastante torpe.
—Señorita Barrera, esto es un centro comercial, un lugar público —le advirtió Fabiola, buscando que no cometiera alguna estupidez.
Paulina soltó una risa burlona.
—¿Y qué? ¿Vas a llamar a la policía? Fue César quien nos pidió venir por ti, para llevarte al hospital y confirmar si de verdad estás embarazada.
Paulina hablaba con tal seguridad, que aunque Fabiola quisiera resistirse, no serviría de nada. Quien movía los hilos era César, el abuelo de Agustín.
¿Fabiola sería tan ingenua como para llamar a la policía y meter en problemas al abuelo de Agustín?
A Fabiola se le heló la sangre por un segundo. ¿Así que el abuelo sospechaba? ¿Sospechaba que ella no estaba embarazada?…
Era lógico: apenas llevaba unos días con Agustín, era imposible que ya estuviera esperando un bebé. Si iba al hospital, la mentira saldría a la luz.
No podía ir.
—¿El señor César quiere eso? Pues que le llame a Agustín, en vez de enviarte a ti con tus gorilas a obligarme a ir al hospital —dijo Fabiola, sacando su celular con intención de marcarle a Agustín.
Paulina le lanzó una mirada a uno de los guardaespaldas, que de inmediato se adelantó y le arrebató el celular de las manos a Fabiola.
Fabiola la miró con rabia contenida.
—Lo que estás haciendo es ilegal.
Paulina se encogió de hombros, con una sonrisa desdeñosa.
—Ay Fabiola, no seas ingenua. ¿Vas a llamar a la policía para que detengan al abuelo?
Fabiola respiró hondo. Paulina usaba esa carta a cada rato: el abuelo, el abuelo… Sabía perfectamente que ella jamás pondría a César en medio de un escándalo policial.
—Señora Paulina, ¿qué están haciendo? —intervino Vanessa, impactada, sin creer lo que veía.
—Vani, no te metas en esto. Es el señor César quien lo pidió. No quiere que esta muchachita le mienta para quedarse con tu tío —respondió Paulina, fingiendo calma.
—¡Llévensela! —ordenó Paulina a los guardaespaldas.
Karla, con una mueca arrogante, lanzó su propio dardo.
—Fabiola, si no estás embarazada, te vas a divorciar de Agustín. Disfruta mientras puedas.
—Les recomiendo que ni se atrevan a tocarme —advirtió Fabiola, mirando con furia a los guardaespaldas mientras retrocedía un paso—. Si me privan de mi libertad, terminarán en la cárcel.
Pero ninguno de los guardaespaldas la tomó en serio. Uno la sujetó con fuerza, dispuesto a llevársela contra su voluntad.
Los empleados de la tienda salieron corriendo y rodearon a Fabiola.
—Señorita, acaba de romper nuestro cristal. Tendrá que pagarlo —le reclamó uno de ellos.
Con todos los empleados afuera, los guardaespaldas ya no se atrevieron a actuar con tanta libertad.
Paulina también se quedó pasmada ante la escena.
—Está desquiciada…
—Voy a pagar todo lo que rompí, pero no traigo efectivo. Llamen a mi esposo… —Fabiola, mareada, les habló a los empleados—. Su número es…
—¡Nadie le llame! Yo pagaré los daños, pero nadie la va a ayudar —intervino Paulina, furiosa.
Fabiola soltó una risa torcida, aguantando el dolor de la herida. Sin dudarlo, entró a la tienda y comenzó a tirar cosas al piso, lanzando adornos a los mostradores.
—Señorita Barrera, esto va a salirle muy caro… —le advirtió uno de los empleados.
Paulina no podía creer lo que veía.
—¡Estás loca! —gritó, llena de furia y desconcierto.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
Queria esse lucro em português brasileiro...