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Florecer en Cenizas romance Capítulo 169

Hace cuatro años, cuando Fabiola conoció a Sebastián, pensó que era su golpe de suerte. Al final, descubrió que lo que Sebastián le trajo fue mucho más duro que el acoso escolar.

Así que, para ella, más bien fue mala suerte.

Daniel soltó una carcajada por algo que Fabiola dijo.

—No seas tan blanda de carácter. En este círculo, los que no saben defenderse son la presa más fácil. Alguien como tú... —Daniel la miró de arriba abajo, evaluando—. Hasta los huesos te dejarían hecho polvo.

—Pero, ¿acaso una enredadera no puede acabar con un árbol gigantesco? —le contestó Fabiola, sin titubear.

Daniel se quedó pasmado, y luego se le escapó una sonrisa con cierto desdén.

—Conejita, eres muy ingenua.

Sacudió el celular en el aire.

—Guárdate mi número. Si pasa algo, me llamas. A la hora de la comida, el hotel manda la comida hasta aquí. El resto del tiempo, mejor no salgas.

Fabiola asintió en silencio.

Daniel le lanzó una mirada larga, como si quisiera descifrarla, y salió del cuarto.

La única razón por la que Daniel tenía curiosidad por Fabiola era porque no se explicaba cómo Sebastián y Agustín, esos dos obsesionados con el trabajo, podían fijarse en una misma mujer.

Al quedarse sola, Fabiola cerró la puerta, fue directo al baño y se sentó en la taza del inodoro. Sintió cómo le punzaba el vientre, como si le clavaran agujas.

Al revisar la toalla sanitaria, apenas vio unas manchas rojas, casi nada de sangre. No le dio importancia. Mejor así, pensó, porque no le había dado tiempo de comprar lo necesario antes de llegar y, en cuanto pudiera, bajaría al súper por provisiones.

Se acordó de que había dejado plantada a Vanessa para ir de compras y le mandó un mensaje desde su celular:

[Vanessa, estos días no voy a poder acompañarte a las tiendas, ¿va?]

Vanessa no respondió, y Fabiola no supo si era porque estaba molesta.

Vanessa, a esa edad, todavía tenía arranques de mal humor y la paciencia corta. Que se enojara no era raro.

Fabiola suspiró. Sentía que, después de tanto esfuerzo, apenas había logrado acercarse un poco a Vanessa y ahora todo volvía a estar tenso.

Dejó el celular a un lado, se metió a bañar y, al salir, vio que tenía varias llamadas perdidas de números desconocidos.

—Sí —contestó Fabiola, bajando la voz.

—Te compré unas cosas. Ábrele la puerta al personal del hotel, te las llevan.

El tono de Agustín era tan suave que a Fabiola le latía más rápido el corazón.

—¿Me compraste cosas? —se sorprendió, y justo entonces sonó el timbre.

Corrió a la puerta; el personal del hotel le entregó varias bolsas del supermercado. Eran pesadas.

Fabiola dio las gracias, las cargó hasta la cama y al abrirlas, vio que estaban llenas de toallas sanitarias de todos los tamaños, pantaletas absorbentes, parches térmicos para el vientre...

Se quedó viendo todo eso, sin palabras, y de pronto no pudo evitar reírse.

—Ejem... —al otro lado del teléfono, Agustín parecía incómodo. Habló con algo de pena—. Es la primera vez que compro estas cosas. No sé mucho.

—Agustín, gracias... —susurró Fabiola, sintiendo algo cálido en el pecho.

Así era sentirse importante para alguien...

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