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Florecer en Cenizas romance Capítulo 255

Las tías de la familia no podían evitar mirar a Elvira con desprecio. Para ellas, era la viva imagen de alguien de pueblo, con ese aire de codicia que le brillaba en los ojos. Sin embargo, debían admitir que la mujer tenía su mérito: había criado a un hijo inteligente, un muchacho que siempre destacaba en la escuela y que, además, se había llevado el primer lugar en el examen de ingreso universitario.

Si lo educaban bien, ese muchacho podría tener un futuro brillante. Tal vez, incluso, sería tan exitoso como Agustín.

Además, en la familia Lucero todos eran de negocios. Sabían que si Agustín se quedaba con todo el poder, para ellos no quedaría mucho que sacar. Sobre todo porque algunos buscaban aprovechar sus cargos para sacar un dinerito extra por debajo del agua, pero Agustín era de los que no toleraban ni una pizca de corrupción.

Con Gastón en el panorama, la cosa cambiaba; ahora había competencia, y eso les convenía. Así, la familia necesitaba más el apoyo de los parientes, y esos “ingresos grises” podían pasar desapercibidos de vez en cuando.

—Oye, dicen que ustedes tienen otro hijo, ¿no? ¿Dónde está? ¿Por qué no lo trajeron? Escuché a Valeria decir que es muy aplicado, que hasta sacó el primer lugar en el examen de ingreso universitario —preguntó una de las tías, con tono curioso.

Elvira y Sergio se miraron, el orgullo pintado en el rostro. No era para menos: Gastón realmente les había dado motivos suficientes para regresar a la familia Lucero con la frente en alto.

Sergio tenía claro que, años atrás, había firmado el acuerdo para renunciar a la herencia. Tampoco tenía ni la capacidad ni el temple para dirigir el Grupo Lucero. Él y Elvira solo podían aferrarse a la esperanza de que su hijo Gastón les abriera las puertas de vuelta.

Y Agustín, por su parte, lo despreciaba tanto que jamás permitiría que Sergio regresara a la familia.

—Gastón está en Costa Esmeralda —dijo Elvira, sonriendo con orgullo—. Es un chico muy listo, trabajador y quiere salir adelante por su cuenta. Está estudiando y trabajando para pagarse la universidad.

Las tías asintieron, sonriendo como si de verdad les importara.

—De veras, es un gran muchacho. Sabe que pertenece a la familia Lucero y aun así se esfuerza por salir adelante, igualito que el abuelo en sus tiempos.

El tío, tras decir esto, no perdió la oportunidad de echarle un vistazo al abuelo, buscando alguna reacción.

El abuelo, al principio, seguía con el ceño fruncido. Después de todo, Sergio llevaba años sin aparecer y, aunque ya se le había pasado el coraje, no era para recibirlo con los brazos abiertos.

Pero al escuchar hablar de aquel nieto que aún no conocía, la expresión del abuelo se suavizó un poco.

César, uno de los tíos, arrugó la frente y lanzó un bufido.

—Sergio fue quien firmó para romper lazos con la familia. ¿Ahora vienen a pedir dinero? ¿Y la vergüenza, dónde quedó?

—Oiga, don, Sergio logró regresar después de tanto tiempo. Usted también quiere verlo y lo sabemos. No lo haga enojar y que se vuelva a ir —intervino el tío, forzando una sonrisa y buscando calmar las aguas—. Mire, si me permite, déjelo quedarse, y en unos días hacemos que Gastón venga. Así, el muchacho puede regresar oficialmente a la familia.

El abuelo apretó el bastón y guardó silencio un buen rato antes de hablar.

—Eso… habrá que esperar a que Agustín regrese. Si él no está de acuerdo, yo tampoco puedo hacer nada.

—Don, usted es el jefe de la familia. Lo que diga es ley. Agustín es más joven, pero aquí usted manda —insistieron los tíos, buscando aprovechar la ausencia de Agustín para que el abuelo accediera.

—Entonces, ¿por qué no dejamos que tú tomes las riendas de la familia Lucero y te encargues del Grupo Lucero? ¿Qué te parece? —Desde la entrada, la voz de Agustín llegó baja y firme. Él y Fabiola entraron, rompiendo la tensión en el ambiente.

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