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Florecer en Cenizas romance Capítulo 265

El viejo ya no pudo disimular el coraje que le hervía por dentro.

—¿Y tú quién te crees para meter tu cuchara aquí? ¿Qué autoridad tienes? ¡Todo esto es por tu culpa, Agustín, por consentirla tanto!

Fabiola soltó un bufido, se escondió un poco tras la espalda de Agustín, asustada, pero sin dejar de hablar.

—¿Entonces para qué me mandó llamar? Si sabe que si yo no venía, Agustín tampoco lo haría —le reviró, aunque la voz le temblaba.

—Agustín, ¿así le enseñaste a tratar a sus mayores? —soltó el abuelo, con una mirada que buscaba atravesarlo.

—Usted me crio, lo reconozco, y le estoy agradecido. Pero a ella no la cuidó ni la ayudó nunca. Al contrario, le hizo daño. Que haya aceptado venir ya es tener el corazón grande. Abuelo, ella es mi esposa. ¿No cree que es lo normal que yo la defienda y la cuide? —Agustín habló con calma, sin levantar la voz.

El viejo, fuera de sí, golpeó la mesa.

—¡Perfecto! ¡Muy bien! ¡Por una mujer eres capaz de olvidarte de tu familia!

—Pero si fue usted quien empezó a romper la familia —contestó Fabiola, sacando el tema del embarazo—. Si no fuera por sus malas intenciones, igual y ya tendría varios meses de embarazo.

Si él quería manipular a Agustín con la culpa, ella no tenía miedo de usar al niño como escudo.

El viejo se puso pálido, apenas pudo alzar la mano para hacerles seña de que se largaran.

—¡Lárguense…!

—¿Cree que nos morimos de ganas de estar aquí? Usted ni parece abuelo, ni actúa como alguien mayor. Yo crecí huérfana, sin nadie que me enseñara modales, pero usted, todo un empresario de Ciudad de la Luna Creciente, ¿y así se comporta? —murmuró Fabiola mientras salía, con ganas de hacerlo rabiar todavía más.

El abuelo casi se desmayó del coraje.

—¡Fuera de mi casa! Y si no te divorcias de ella, Agustín, olvídate de volver a la familia Lucero —amenazó con voz temblorosa.

Agustín le dio la razón con la cabeza, sereno.

—Está bien, entonces cuídese mucho, abuelo. Yo no regreso —le dijo, sin inmutarse.

Era momento de que Karla y Gastón pasaran tiempo juntos. Tenía que allanar el camino para ese nieto.

—Señor, acaba de llamar el señor Sergio —interrumpió el mayordomo—, dice que ya convenció al joven Gastón y que en estos días lo traerá para que lo conozca.

Al instante, los ojos del viejo brillaron de alegría y asintió.

—Perfecto, perfecto, quiero verlo con mis propios ojos…

Después de todo, seguía siendo su nieto. Aunque no lo crio, su sola existencia le llenaba de orgullo.

Además, Gastón era un muchacho que destacaba. Tenía excelentes calificaciones, y según le contaban Elvira y Sergio, siempre fue un hijo responsable. Sergio no podía caminar bien, Elvira nunca fue buena para el trabajo, así que Gastón cargaba con toda la familia desde pequeño.

Sin Gastón, Sergio probablemente ya habría muerto de hambre.

Un hijo que cuida de su papá desde niño… ese sí que es un verdadero hombre de familia.

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