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Florecer en Cenizas romance Capítulo 290

Fabiola no le hizo caso a Gastón; se concentró en la clase, y Gastón tampoco la molestó. Los dos se sentaron uno junto al otro, pero cada quien en su mundo, sin cruzar palabra.

Aun así, Fabiola no pudo evitar mirar a Gastón varias veces, intrigada. Ese chico de verdad se parecía mucho a Agustín, especialmente en la mirada y las cejas; era como si compartieran algo más que el apellido.

Cuando terminó la primera clase y el profesor salió del aula, Gastón se puso a organizar sus apuntes con mucho esmero.

Era evidente que le gustaba aprender y que no desperdiciaba ninguna oportunidad para hacerlo.

A Fabiola le sorprendía esa actitud tan dedicada, pero en cuanto recordaba que toda esa disciplina era solo para pelear por la herencia de su esposo, se le revolvía el estómago.

No podía evitar molestarse.

Miró a Gastón con el ceño fruncido.

—¿Podrías dejar de sentarte junto a mí?

Gastón se quedó viéndola con una expresión de perrito herido, dudando antes de responder.

—Cuñada... si me siento en otro lado, Karla va a venir de inmediato a buscarme. Y la verdad, no me cae bien.

Fabiola respiró hondo. Así que, en el fondo, Gastón solo la estaba usando como escudo.

Decidió no seguir discutiendo con él y, cuando empezó la siguiente clase, se cambió de lugar.

Gastón, por su parte, se notaba incómodo. Apenas Karla intentó sentarse a su lado, él se levantó de golpe, abrazando sus libros, y fue directo a buscar a Fabiola.

Para evitarlo, Fabiola se adelantó y se sentó con Griselda, dejando un espacio vacío entre ellas. Así, ya no había lugar para que Gastón se acomodara junto a ella.

Griselda, por su parte, no entendía por qué Fabiola parecía estar contra ese chico. A fin de cuentas, el muchacho era atractivo y, para colmo, tenía un aire a Agustín.

Pero no preguntó nada.

Gastón, mientras tanto, se acercó con sus libros y una mirada de cachorro abandonado.

—Señorita, ¿me puedo sentar entre ustedes?

Fabiola apretó los labios, ya sin palabras. ¿Ahora quería sentarse justo en medio?

—¡Gastón! —Karla, visiblemente molesta, golpeó la mesa y se puso de pie—. ¿Qué pretendes? ¿Te crees mucho por rechazarme? ¿No te das cuenta de lo que te pierdes por no estar conmigo?

Gastón la miró sin inmutarse.

—Perdón, pero lo único que veo de sentarme contigo son cosas malas. Hablas mucho y no me dejas concentrarme.

Pasó la mitad de la clase y, por fin, Gastón volvió.

Por suerte, justo en ese momento el profesor había salido al baño, así que pudo entrar sin problema.

Venía sudando, el cabello pegado a la frente y la camiseta empapada. Su piel morena brillaba por el esfuerzo; se le notaba que siempre había estado acostumbrado al trabajo físico. Sus músculos resaltaban y las gotas de sudor le daban una energía que contagiaba a todo el salón.

—Señorita, aquí está tu bebida —dijo Gastón, algo apenado, dejando la bebida de coco frente a Griselda, todavía jadeando por la corrida.

Griselda se quedó boquiabierta. Nunca antes un chico la había sorprendido así.

Guardó silencio un momento y, finalmente, se movió para dejarle espacio entre ella y Fabiola.

Este muchacho... obedecía hasta lo que era broma.

—¿Cuánto tiempo tardaste en conseguirla? —le preguntó Griselda.

Gastón sonrió, rascándose la nuca.

—No fue tanto, solo tuve que correr dos cuadras...

Griselda ya no dijo nada y volvió a concentrarse en su libro.

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