El cumpleaños de Karla causó un revuelo tremendo en los medios de Ciudad de la Luna Creciente y Costa Esmeralda.
Roberto organizó la fiesta de Karla con una pompa impresionante, reservó uno de los hoteles más exclusivos del Grupo Lucero y convocó a un montón de medios de comunicación.
—Papá, ¿no cree que está consintiendo demasiado a Karla? —dijo Héctor con una sonrisa fingida, haciendo como que sentía celos—. ¿Invitó a tantos periodistas solo para darle reconocimiento oficial?
El viejo lo miró de reojo, sin mucho humor.
—¿Qué pasa? ¿Te molestó? ¿Ya se te olvidó que la familia Barrera siempre fue de Karla y que tú y los tuyos no tienen nada que ver aquí?
El gesto de Héctor se congeló un instante, pero enseguida sonrió a la fuerza.
—Papá, ¿cómo va a pensar eso? Por supuesto que estoy contento... Sé perfectamente que todo lo de la familia Barrera es para Karla.
El patriarca soltó una especie de gruñido.
—Mientras lo tengas claro. Recuerda bien cómo fue que tu madre te trajo a este mundo. Si no fuera porque todos me insistieron en que los niños no tienen la culpa, jamás los habría dejado entrar a la familia Barrera. Esta familia le pertenece solo a Karla. Ustedes han disfrutado de los beneficios todos estos años, ya deberían sentirse agradecidos.
Héctor apretó los puños y, aunque le hervía la sangre, solo pudo responder con voz tensa:
—Sí, papá.
...
En el salón del evento, Fabiola llegó un poco temprano de la mano de Agustín. Todavía había pocos invitados.
—Agustín, Fabiola, vengan —los llamó Roberto, sonriéndole a Fabiola con afecto.
Agustín tomó a Fabiola por la mano y caminaron juntos hacia donde estaba Roberto, sin mostrar ni un poco de simpatía hacia Héctor y Paulina.
Paulina quiso decir algo, pero Héctor la detuvo con un gesto.
Roberto, sonriendo, se llevó a Agustín y Fabiola a otro lado, apartándolos de los demás.
—Ese Héctor nada más está esperando que yo me muera. Ya no puedo seguir postergando esto, si tardo más, me va a descubrir —suspiró el viejo.
Fabiola lo miró sin entender, esperando una explicación.
—Karla ni siquiera es mi nieta. Héctor y Paulina la trajeron solo para engañarme, todo para quedarse con la herencia de la familia Barrera —Roberto fijó la vista en Fabiola—. Fabiola, tú no sabes toda la historia. En su momento, tu papá y tu mamá...
De pronto, el viejo se detuvo, notando que había dicho de más, y cambió de tema rápidamente.
—Cuando mi hijo y mi nuera murieron en Costa Esmeralda, me quedé sin herederos. Los parientes me convencieron de recibir a Héctor y su familia, quienes habían crecido en los barrios más pobres. Les permití entrar a la familia Barrera, pero les hice firmar acuerdos y compromisos bien claros: no podían codiciar la fortuna de la familia. Si antes de morir encontraba a mi nieta Karla, todo sería para ella. Pero si no lograba encontrarla, toda la fortuna de la familia Barrera pasaría a ser donada al Estado, y las acciones quedarían para Fabián.
Fabiola, sorprendida, miró al abuelo.
—Abuelo... ¿pero Héctor no es también su hijo?
No entendía del todo. El viejo parecía tenerle un miedo especial a Héctor.

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