...
Griselda inhaló profundo, tratando de calmarse.
No puede ser...
Agustín y Fabiola sí que hacen buena pareja.
Aun así, Griselda sentía cierto temor hacia Fabián. Aunque el tipo parecía inofensivo, ella podía percibirlo: tenía una fuerza similar a la de Agustín. Esa clase de personas, verdaderos cazadores de élite, siempre transmitían una sensación de peligro que no se podía ignorar.
Griselda quería salir corriendo, pero no había nadie que pudiera rescatarla en ese momento. La situación la estaba poniendo de los nervios.
Durante los años que trabajó como azafata, había aprendido a manejar situaciones complicadas, pero ahora mismo sentía que sus habilidades no le servían de mucho.
—Señor Fabián... la verdad, yo creo que ellos dos no...
La mirada de Fabián se endureció de inmediato.
—Decidir si se separan o no, no me corresponde a mí decirlo —corrigió Griselda al instante.
—Entonces, señorita Griselda, ¿no le gustaría ayudarme? Yo sí estoy interesado en Fabiola, y si ella estuviera conmigo, todos podríamos convivir mejor —Fabián sonrió, pero su sonrisa resultaba inquietante.
Griselda pensó que debía ir a contarle todo a Agustín. Fabián ni siquiera se molestaba en disimular que quería llevarse a Fabiola.
Pero, a decir verdad, Griselda prefería ese descaro, era mucho mejor que las intrigas a escondidas. Al menos Fabián no era una persona sucia.
Aun así, en ese momento, Griselda solo quería huir.
De pronto, apareció Gastón de la nada y se metió justo entre Fabián y Griselda, con su carita de niño bueno.
—Griselda, mi bicicleta se descompuso, y el chofer viene por mí. ¿Tú y Fabiola quieren que las lleve?
Gastón tenía ese aire inocente y alegre, como un perrito travieso bajo el sol. Su energía no podía ser más distinta a la de Fabián, aunque, por alguna razón, ambos resultaban igual de pegajosos.
—Señorita, ¿tiene curitas? Me caí hace rato y me duele mucho —dijo Gastón, mirando su rodilla herida con cara de niño indefenso. De verdad se había raspado.
Para Griselda, fue como ver aparecer a su salvador. Agarró el brazo de Gastón y miró a Fabián.
—Disculpe, señor Fabián, pero el niño se lastimó. Voy a comprarle algo para curarlo.
Sin esperar respuesta, jaló a Gastón y se lo llevó casi corriendo.
A cada frase, Fabiola dejaba claro de quién era. Era como marcar territorio.
En el fondo, Fabiola sabía que su intuición rara vez fallaba. Fabián se le acercaba y la rondaba, pero nunca sentía que fuera por gusto. Era la esposa de Agustín, una huérfana sin nada especial. Fabián no tenía motivo para fingir cariño si no había algo que ganar.
Solo había una explicación: como decían los rumores, ¡a Fabián le gustaban los hombres!
Fabiola miró a Fabián con una mezcla de comprensión y sorpresa. Cada vez estaba más convencida de que lo que le atraía a Fabián era Agustín. Si no, ¿por qué ayudarlo en secreto tantas veces? De cara a todos, parecían rivales, pero en los momentos decisivos, Fabián siempre terminaba echándole la mano.
Su instinto le gritaba: Fabián era peligroso.
...
No pasaron ni diez minutos cuando el carro de Agustín se detuvo frente a la banqueta.
El vehículo era nuevo, de esos que llaman la atención por donde pasan. Se notaba que lo acababan de sacar de la agencia, con ese aire de quien quiere que todos lo vean.
Agustín había heredado la fortuna de César, y con la prensa encima todo el tiempo, mostrarse así de ostentoso era una manera de protegerse a sí mismo y a Fabiola.
Al ver la escena, a Fabián de repente se le quitaron las ganas de ir a comer. El apetito se le fue por completo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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