—Tú eres huérfana, ¿verdad? Entonces no creo que vayas a pelear la herencia con Gastón, ¿o sí? Mira, Fabiola, si algún día Agustín falta, lo más sensato es que todo lo que le corresponde a Gastón se lo entregues tú misma, así él te protegerá después. Pero si no, mejor cuídate… podrías quedarte con el dinero, pero no llegar a disfrutarlo —Violeta dejó caer sus palabras, cargadas de doble sentido, dejando claro que era una amenaza directa para Fabiola.
El mensaje de Violeta era más que obvio: estaba convencida de que algo malo terminaría pasándole a Agustín Lucero.
A Fabiola le empezó a temblar el párpado; detestaba que alguien hablara de Agustín como si estuviera maldito o le esperara un destino trágico. No pudo aguantarse más y, sin pensarlo dos veces, levantó el cuchillo de cocina y lo clavó de golpe en la tabla de cortar.
Violeta pegó un brinco y miró a Fabiola con los ojos bien abiertos.
—¿Qué te pasa? —preguntó, desconcertada.
Fabiola, sin soltar el cuchillo, lo apuntó hacia Violeta.
—Si vuelves a decir cosas malas sobre Agustín, te juro que este cuchillo lo estreno contigo.
Violeta se congeló unos segundos, sin esperar que Fabiola se descontrolara así. Tragó saliva y, por primera vez, se quedó callada.
El ambiente se volvió tenso y pesado. Fabiola ya no pudo quitarse de encima la incomodidad y, aunque terminó de preparar la cena y la puso en la mesa, siguió distraída, como si la cabeza se le hubiera ido a otro lugar.
Al poco rato llegó Gastón, adelantándose a Agustín. Desde que entró, se notó que Gastón tenía más modales que Violeta: traía un regalo en la mano y, apenas cruzó la puerta, le pidió a Fabiola un par de pantuflas desechables.
—¿Y tú por qué no te cambiaste los zapatos? —le soltó Gastón a Violeta, percatándose de que ella seguía con los zapatos puestos.
—Pues porque no hace falta, esta casa es de Agustín, y tarde o temprano será tuya, ¿para qué tantas reglas? —contestó Violeta, haciendo una mueca.
—¿A poco no entiendes lo que te dicen, o nomás te entra por un oído y te sale por el otro? Te lo repito: esta casa es mía, mi nombre está en la escritura, ¿te quedó claro? —Fabiola le soltó la frase con un tono tan seco que no dejó dudas.
Violeta se quedó con la boca abierta, pero antes de que pudiera contestar, Gastón intervino para romper la tensión.
—¡Oye, Fabiola! Te traje sandía, está buenísima, bien dulce. Si la metes al refri un rato, va a saber mejor. ¿La pruebas?
Fabiola se llevó la sandía a la cocina, agradeciendo en el fondo el escape.
—No digo que vaya a pasar, nomás digo… si algún día llegara a suceder, pues… él se ha hecho muchos enemigos, y si le pasa algo, pues ya sabes.
El gesto de Gastón se endureció, pero no dijo nada más.
No era tonto. Ya había entendido que, si a Agustín le llegaba a suceder algo, habría personas interesadas en que él reclamara la herencia.
Eso era parte del plan de alguien que movía los hilos desde las sombras…
Primero, ese alguien había hecho que la familia Benítez convenciera a Agustín de invertir su dinero, esperando que lo perdiera todo. Si eso fallaba, venía el segundo plan: deshacerse de Agustín, y si era necesario, también de Fabiola…
Porque al no tener hijos, si ambos desaparecían, la herencia solo podría ir a dar a Gastón.
Un plan tan retorcido como el que años atrás terminó con el hijo y la nuera de Roberto en la tragedia de Costa Esmeralda, cuando Héctor Barrera creyó que él sería el único heredero, sin imaginar que la verdadera Karla Barrera seguiría viva.

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