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Florecer en Cenizas romance Capítulo 42

—Así que la señorita Martina también le tiene miedo a alguien... Yo pensé que ustedes ya hacían y deshacían a su antojo —Fabiola no pudo evitar soltar un comentario sarcástico, con una sonrisa apenas disimulada.

Martina apretó los puños, conteniendo su molestia, y miró a Sebastián.

—Sebastián, ¿ya viste cómo me habla?

Sebastián se frotó la frente, fastidiado, y le habló a Fabiola con un tono grave.

—Fabiola, ven para acá.

Quería que Fabiola entendiera su lugar y no armara más problemas.

—Agustín podrá ayudarte por un rato, pero no va a estar ahí siempre. Ahora te echa una mano porque le resultas útil, porque cree que puedes servir para algo. ¿Me entiendes?

En la cabeza de un empresario como Sebastián, todo tenía que ver con el provecho y el valor. Nada se hacía porque sí. Y estaba seguro de que Agustín era igual.

Fabiola lo miró fijamente.

—Yo sé que él no va a estar ahí toda la vida para mí.

Dicho esto, Fabiola se fue con Emilio, sin mirar atrás.

Ella sabía de sobra que nadie le iba a tender la mano para siempre, así que pensaba aprovechar ese momento en que Agustín la apoyaba para construirse una nueva identidad, una que pudiera protegerla toda la vida.

...

Residencial Zona Diamante.

Emilio manejó el carro hasta la mansión de Agustín en Costa Esmeralda. Al llegar, la misma señora amable de siempre, la empleada, salió a recibirla con una sonrisa cálida.

—Señorita Fabiola, qué gusto volver a verla —dijo la señora, ofreciéndole un vaso de agua tibia.

—Gracias —respondió Fabiola, correspondiendo la sonrisa.

Emilio se acercó con formalidad.

—Señorita Fabiola, el señor Agustín no suele venir mucho a Costa Esmeralda, pero pidió que se quedara aquí antes de su viaje al extranjero —dijo, y enseguida sacó un contrato—. Este es el acuerdo prenupcial, por favor, revíselo.

Después del divorcio, Agustín le dejaría la mansión de Residencial Zona Diamante, valuada en más de cien millones de pesos. Además, le daría treinta millones anuales, cantidad que iría aumentando según lo que durara el matrimonio, y la incluiría como miembro del fideicomiso familiar Lucero. Incluso divorciada, podría recibir su parte mensual de las utilidades familiares.

Eso no era cualquier cosa.

La generosidad de Agustín dejó a Fabiola boquiabierta.

Antes, Sebastián solo le tiraba unas migajas, unos cuantos miles cuando se sentía mal por lo que ella sufría. Eso no era apoyo, era una burla que la hacía sentir peor.

Pero lo de Agustín... era otra cosa. Le daba tanto, que ni por asomo sentía humillación. Al contrario, era como si la vida le hubiera mandado a un benefactor.

Fabiola tosió levemente y miró a Emilio, entre incrédula y divertida.

—Emilio... ¿el señor Agustín tiene tanto dinero que ya no sabe qué hacer con él?

—Señorita Fabiola, este contrato es para dejar las cosas claras entre ustedes dos, pero todo lo demás se maneja como en cualquier matrimonio. Si él se casara normalmente, al divorciarse su esposa también recibiría estas cosas, o hasta más —le aclaró Emilio, para que Fabiola no se sintiera presionada.

Fabiola respiró hondo. En ese momento, ya solo quería firmar el contrato lo antes posible.

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