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Florecer en Cenizas romance Capítulo 440

—No seas tan ingenua, ¿de verdad crees que dejarte manipular como un peón te traerá algún beneficio? —Fabiola sujetó la cara de Renata, apretando con fuerza antes de empujarla a un lado y levantarse.

Afuera del aeropuerto, Sebastián llegó corriendo, acompañado de un par de hombres. Su expresión mostraba pánico; el sudor resbalaba por su frente y respiraba entrecortado, dejando claro que había venido a toda prisa.

Fabiola estaba a punto de dejar Costa Esmeralda. Ya intuía que, si Renata había salido de la cárcel y tenía prohibido salir del país, aprovecharía esa última oportunidad para intentar escapar. Por eso, Fabiola le había avisado a Sebastián con anticipación, para que vigilara bien a su hermana.

Aun así, Renata logró llegar hasta ahí.

—Sebastián, por respeto a ti no le hice nada a tu hermana —soltó Fabiola, mirándolo directo—. Pero dime, ¿quién la dejó escapar de la familia Benítez? ¿Quién la manipuló para que intentara atacar a alguien? Más te vale averiguarlo, porque no solo están intentando perjudicarme a mí, también están afectando los intereses de la familia Benítez.

El mensaje era claro: si esto se hacía público justo ahora, sería un golpe mortal para la familia Benítez.

Después de todo, ni siquiera se habían recuperado del escándalo anterior.

La renuncia de Julián solo fue el principio; que Renata se lanzara de cabeza al peligro era pura necedad.

—Fabiola, yo me encargaré de todo esto. Perdona por el susto que te causamos... Ve a Italia tranquila, yo viajaré a verte en cuanto pueda… —Sebastián habló en voz baja, con un tono que mezclaba nerviosismo e intento de tranquilizarla.

¿Acaso él creía que Fabiola seguía siendo esa niña que necesitaba su protección y consuelo? Ahora, en cada problema, a ella ya no le temblaba la mirada.

Sin decir más, Fabiola se dio la vuelta y se marchó acompañada de sus guardaespaldas y Griselda.

...

—Hermano… Fue Martina, ella me convenció de escapar, ella me empujó a hacer todo esto… —Renata lloraba, mirando a Sebastián con miedo, temerosa de que la enviara a un hospital psiquiátrico.

El asistente tragó saliva y asintió, atento a cada palabra.

—Ve y diles a los Gallegos: si de verdad quieren mantener su lugar en Costa Esmeralda, que se encarguen ellos de Martina. Quiero una respuesta que me deje satisfecho —ordenó Sebastián, sin titubear.

El asistente salió disparado a cumplir la orden.

Sebastián se quedó mirando la silueta de Fabiola perdiéndose entre la multitud. Había algo complicado en su mirada, una mezcla de nostalgia y reconocimiento.

La niña a la que juró proteger, la que antes solo sabía refugiarse en sus brazos, ahora había aprendido a volar sola.

Y él, que alguna vez pensó que amar era proteger, mantener cerca, atesorar solo para sí, entendió por fin lo que Agustín le enseñó: amar a alguien es darle alas, permitirle volar lejos, aunque duela.

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