Escuela de negocios.
Cuando Gastón asistía a clases, se topó con la hija de la familia Robles, Cecilia Robles.
Agustín le había encomendado una tarea a Gastón: acercarse a Cecilia y averiguar más sobre la familia Robles.
Gastón sentía que lo usaban como si fuera un ladrillo, llevándolo de un lado a otro según se necesitara.
—Gracias… —dijo Cecilia cuando sus libros cayeron y Gastón se los recogió.
Cecilia le sonrió a Gastón mientras lo observaba con atención.
—¿Eres de aquí?
Gastón asintió con la cabeza.
Cecilia le tendió la mano, segura de sí.
—Me llamo Cecilia. ¿Y tú?
—Gastón —contestó él, dándole la mano.
Al oír su nombre, Cecilia se quedó un poco sorprendida, luego preguntó de nuevo:
—¿Gastón? ¿Eres el heredero del Grupo Lucero?
Gastón fingió sorpresa.
—¿Me conoces?
Cecilia asintió.
—Mi papá me dijo que tú también estudias aquí, por eso me mandó a esta universidad. En realidad, yo iba a irme a estudiar a Italia.
Cecilia era bastante directa, no se guardaba nada, aunque apenas se conocían.
—Pero mi papá dice que la zona comercial de Ciudad de la Luna Creciente está decayendo, y que desarrollarnos solos ya no es lo mejor para el futuro. Mi familia necesita una alianza, y tú, Gastón, eres la mejor opción.
Todo quedaba claro con sus palabras: su papá y su hermano esperaban que ella aportara algo importante a la familia, como casarse con alguien del Grupo Lucero.
Con Agustín muerto, parecía que Gastón se había convertido en el elemento sorpresa de los Lucero.
—Soy la hija del Grupo Robles, seguro has oído hablar de mí. Si también tienes interés en una alianza, podríamos intentarlo, ver qué pasa —dijo Cecilia, dándole la mano con seguridad y dedicándole otra sonrisa.
Gastón no pudo evitar sorprenderse por lo directa que era Cecilia.
Había pensado que, si la familia Robles era tan calculadora como decían, Cecilia debía ser igual de astuta. Pero, al menos hasta ahora, ella se mostraba como una joven frontal y sin vueltas.
—De acuerdo… —asintió Gastón.
Él también necesitaba pasar más tiempo con Cecilia, averiguar si era tan sincera como parecía o solo estaba fingiendo.
—Ya valí… Tendré que casarme cuanto antes.
De verdad no quería complicarse la vida con Gastón.
Ella siempre lo había visto como a un hermano menor.
—Griselda, no tienes por qué casarte solo por esto. Habla claro con Gastón, seguro que él tampoco es de esos que se aferran cuando ya no hay nada que hacer… —Fabiola se sentía preocupada por los dos.
Temía que aquello terminara siendo un lío imposible de arreglar.
—Voy a intentarlo… —accedió Griselda.
Tal vez podía hablar con Gastón como personas normales y aclarar las cosas.
Si él también podía hacer como si nada hubiera pasado, sería perfecto.
Por la noche, cuando Gastón volvió a la finca, le compró a Griselda sus postres favoritos.
Pero Griselda seguía evitándolo.
Gastón, un poco desanimado, dejó el postre en el refrigerador y le mandó un mensaje para que no se le olvidara comerlo.
[Te dejé tu postre favorito en la nevera. No te olvides de comerlo.]

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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