Fabiola guardó silencio unos segundos antes de volver a hablar.
—Se lo diré sin rodeos, señor Lorenzo. El poder solo vale cuando uno lo tiene en sus propias manos.
Era igual que Sebastián: aguantó años en silencio y, al final, aprovechando la mano de Agustín, logró sacar a Julián y a esos hijos ilegítimos de una vez por todas del Grupo Lucero.
Lorenzo forzó una sonrisa amarga. ¿Cómo no iba a querer ser como Sebastián? Aguantar el tiempo necesario, esperar el momento justo y adueñarse del poder.
Pero su padre no era como Julián. Julián siempre buscaba aparentar y nunca tuvo verdadera habilidad; cuando estuvo a cargo del Grupo Benítez, solo vivió de las glorias pasadas. En cambio, el papá de Lorenzo era un viejo zorro, astuto hasta la médula, jamás soltaría el control tan fácilmente.
—Sebastián y yo nos llevamos bien porque, en el fondo, compartimos la misma desgracia y nos entendemos. La única diferencia… supongo que es que mi papá no tiene hijos fuera del matrimonio —soltó Lorenzo con un suspiro.
Fabiola no quiso seguir preguntando; si insistía, seguro Lorenzo empezaría a sospechar.
Era evidente que el papá de Lorenzo era un tipo sumamente astuto. Decía que se había retirado para descansar y cuidar su salud, pero en realidad seguía manejando el grupo desde las sombras...
Definitivamente, no iba a ser fácil enfrentarlo.
—Voy a mi cuarto a descansar un rato, ustedes sigan a gusto —dijo Fabiola con una sonrisa antes de levantarse y salir de la sala.
Ya en su habitación, marcó a Facundo de inmediato.
—Lorenzo solo es una marioneta.
—Entonces, la probabilidad de que el verdadero titiritero sea su papá es bastante alta —contestó Facundo, lanzándole una mirada significativa a Agustín.
A esas alturas, ya podían enfocar toda su atención en el papá de Lorenzo.
—Ese señor no es fácil, tengan cuidado —advirtió Fabiola, preocupada.
—Por acá no te preocupes. Solo mantente lejos de Sebastián, ¿vale? —Agustín le arrebató el teléfono a Facundo y, medio en broma y medio en serio, intentó convencer a Fabiola de no involucrarse con Sebastián.
Fabiola no pudo evitar reírse.
—Sebastián y Lorenzo son cercanos. Si no es por Sebastián, no habría sacado nada de esta plática.
Lorenzo seguía defendiendo la reputación de su padre ante los demás.
—La familia Robles sí que sabe jugar, así que tú también cuídate mucho —admitió Agustín, sin poder ocultar su inquietud por Fabiola.
Si entre ellos surgía algo y terminaban casándose, Gastón podría echar mano del respaldo de los Robles y así asegurarse su lugar en el Grupo Lucero.
—No, esto no se puede quedar así… —Violeta entrecerró los ojos, ya maquinando algún plan retorcido.
Anaís, nerviosa, se mordió el labio y se animó a hablar.
—Violeta… ya contagié a Gastón. Por ahora no tiene síntomas, pero sigue siendo contagioso. ¿Y si lo dejamos así? Si él se acerca a la hija de los Robles…
Anaís miró a Violeta, dejando claro su siniestro propósito.
De esa forma, incluso la familia Robles podría acabar en sus manos.
—Después, si le echamos un poco de leña al fuego, la familia Robles va a pensar que Gastón quiso ocultarlo y acabarán odiándolo. Eso, en realidad, nos conviene.
Violeta la miró, levantando la comisura de los labios en una mueca torcida.
—Vaya, al fin te diste cuenta de cómo se hacen las cosas.
Anaís bajó la cabeza, inquieta, y ya no se atrevió a decir nada más.

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