El silencio en la oficina era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Candela retrocedió un paso, chocando contra la puerta cerrada.
Fabián salió de detrás del escritorio. Caminó hacia ella con pasos lentos y amenazantes. La agarró por los hombros y la sacudió con violencia.
—¡Contesta! ¿Quién eres en realidad? —bramó Fabián, escupiéndole las palabras en la cara—. ¿Una estafadora? ¿Una prostituta? ¿Cuánto te pagaron Paulina y Violeta para engañarme?
Candela empezó a llorar. Esta vez, las lágrimas eran reales, nacidas del pánico puro.
—¡Fabián, por favor, me lastimas! —gimió ella, tratando de soltarse—. ¡Déjame explicarte!
—¿Qué vas a explicar? —Fabián la soltó con asco, empujándola hacia el centro de la habitación—. ¿Que trabajabas en un tugurio mientras yo te trataba como a una santa? ¿Que tienes antecedentes penales?
—¡Lo hice por necesidad! —gritó Candela, cayendo de rodillas, recurriendo a su mejor actuación—. ¡No tenía dinero! ¡Estaba sola en la ciudad! ¡Tuve que hacerlo para sobrevivir, para comer! Pero yo soy Chloe, te lo juro. Lo del orfanato es verdad, los recuerdos...
—¡Cállate! —Fabián se pasó la mano por el pelo, desesperado—. Ya no te creo nada. Eres una mentirosa compulsiva. ¡Lárgate de aquí! ¡Vete antes de que llame a seguridad y te saque a patadas!
Fabián se dio la vuelta, incapaz de mirarla, y caminó hacia el teléfono fijo para llamar a los guardias.
Candela miró la espalda de él. Sabía que estaba perdida. Si Fabián la echaba, perdería todo: el dinero, la protección, la vida de lujo que apenas empezaba a saborear. Y lo peor, Violeta y Paulina la destruirían por haber fallado.
Tenía que jugar su última carta. La única que le quedaba.
Se llevó una mano a la boca y soltó una arcada fuerte y sonora.
Fabián se detuvo con la mano en el auricular. Se giró lentamente.
Candela estaba encorvada en el suelo, respirando agitada, con una mano protegiendo su vientre plano. Levantó la vista hacia él, con los ojos llenos de lágrimas y súplica.
—Fabián... espera... —susurró con voz débil.
—Deja de actuar —dijo él fríamente, aunque no levantó el teléfono.
Candela negó con la cabeza y se acarició el estómago con movimientos suaves y protectores.
—No estoy actuando. Haz lo que quieras conmigo. Ódiame, échame a la calle... pero por favor, no lastimes a nuestro hijo.
Fabián sintió que el piso se movía bajo sus pies. Él, que había sido abandonado, que había crecido sabiendo que no compartía la sangre de nadie en esa familia, que siempre se había sentido como una pieza ajena en el engranaje de los Barrera... ahora escuchaba la prueba de su propia sangre. Una familia propia.
Candela lo miró con ojos grandes y húmedos, estirando la mano hacia él.
—Fabián... te lo juré...
Fabián no dijo nada. Se acercó a la camilla, tomó la mano de Candela y la apretó con fuerza.
Una hora después, de regreso en la oficina de la presidencia, Fabián sacó el sobre amarillo con las fotos de Candela bailando en el bar y su ficha policial. Las miró una última vez. Eran pruebas contundentes, hechos fríos.
Pero luego recordó el sonido del corazón.
Con un movimiento brusco, metió las fotos en la trituradora de papel junto a su escritorio. El ruido mecánico de las cuchillas destruyendo la evidencia fue lo único que se escuchó. Zzzzzzt.
El papel se convirtió en tiras inútiles. Fabián miró la montaña de papel picado. Había tomado su decisión. La verdad dolía demasiado; prefería la promesa de ese latido.

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