El despacho de Santiago Robles no tenía ventanas. Era un búnker de caoba y cuero, iluminado apenas por lámparas de luz ámbar que dejaban las esquinas en penumbra. El aire olía a tabaco caro y a peligro.
Santiago, un hombre de sesenta años con cara de bulldog y ojos que parecían cuentas de vidrio negro, leía los informes sobre su escritorio. Cada hoja era una derrota.
—Violeta Montes, detenida y cantando como un canario a la policía —murmuró Santiago, pasando la página—. Grupo Barrera, absorbido legalmente por Firmeza Global. Fabián Gallegos, en la calle, inútil.
Lanzó los papeles al aire con un gesto de desprecio. Las hojas volaron como plumas antes de caer desordenadas sobre la alfombra.
Frente a él, su hijo Lorenzo, un joven de treinta años con trajes demasiado ajustados y nerviosismo evidente, se aclaró la garganta.
—Papá... quizás sea momento de reconsiderar —dijo Lorenzo con voz temblorosa—. Firmeza Global tiene demasiado capital. Agustín Lucero no es un empresario normal, tiene conexiones que no conocíamos. Si seguimos peleando, nos van a investigar a nosotros. Deberíamos negociar, retirarnos un tiempo y...
¡Plaf!
El sonido de la cachetada resonó seco en la habitación.
Lorenzo trastabilló hacia atrás, llevándose la mano a la mejilla enrojecida.
Santiago se había levantado tan rápido que su silla había caído hacia atrás. Caminó alrededor del escritorio y agarró a su hijo por las solapas del saco, acercándolo a su rostro.
—¡Los Robles no negociamos! —rugió Santiago, escupiéndole las palabras—. ¿Crees que construí este imperio pidiendo permiso? ¿Crees que llegamos aquí retirándonos cuando un perro nos ladra?
Empujó a Lorenzo, quien cayó sobre un sofá de cuero.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
Queria esse lucro em português brasileiro...