El estallido de los flashes era como una lluvia de estrellas artificiales, pero Fabiola no parpadeó. Salió de detrás del telón de terciopelo rojo, y el murmullo de la multitud se transformó en un silencio de asombro, seguido inmediatamente por un aplauso atronador.
No había rastro de la mujer que había sido secuestrada días atrás. No había miedo en sus ojos, ni fragilidad en su postura. Fabiola caminaba con la barbilla en alto, su vestido azul noche ondeando alrededor de sus piernas como una bandera de victoria. Su piel brillaba bajo los reflectores, y su mirada recorría el auditorio con una serenidad que solo poseen aquellos que han cruzado el infierno y han vuelto intactos.
Agustín la recibió en el centro del escenario. No hubo protocolo, ni distancia profesional. Él le tomó la mano con firmeza, entrelazando sus dedos con los de ella, y la levantó en alto, presentándola no como un trofeo, sino como su igual, su reina.
—Damas y caballeros —dijo Agustín al micrófono, y su voz resonó con una autoridad indiscutible—, lo que están presenciando hoy no es solo el regreso de un hombre. Es el nacimiento de una nueva era.
Las pantallas gigantes detrás de ellos cambiaron. Los logotipos del Grupo Barrera y del Grupo Lucero se fusionaron en una animación digital elegante, dando paso a un nuevo emblema dorado: Imperio Lucero-Campos.
—A partir de este momento —continuó Agustín—, Firmeza Global absorbe la totalidad de los activos recuperados del Grupo Barrera y del Grupo Lucero. Somos una sola entidad. Una sola fuerza. Y mi esposa, Fabiola Campos, será la presidenta del consejo directivo.
Los periodistas se pusieron de pie, gritando preguntas, levantando grabadoras. Agustín señaló a una reportera de la cadena internacional de noticias financieras.
—Señor Lucero —preguntó la mujer, ajustándose las gafas—, después de destruir a sus competidores, de encarcelar a Santiago Robles y de fusionar dos de los conglomerados más grandes del país... ¿Cuál es su próximo objetivo? ¿Qué más le queda por conquistar?
Agustín se giró lentamente hacia Fabiola. La miró a los ojos, ignorando a las cientos de personas que los observaban, ignorando las cámaras que transmitían en vivo a millones de hogares. Una sonrisa suave, genuina, transformó su rostro duro.
—Mi único objetivo ahora —respondió Agustín, acercando el micrófono a sus labios—, es hacer feliz a esta mujer por el resto de mis días. Todo lo demás... son solo negocios.

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