Agustín colgó el teléfono y se quedó mirando a Fabiola.
—El abuelo Barrera te invitó a la comida familiar de los Barrera. ¿Quieres ir?
Agustín buscó la mirada de Fabiola, esperando su respuesta.
—Si no tienes ganas, no tienes que ir —agregó con voz tranquila.
—¿Fue el abuelo quien lo pidió? —preguntó Fabiola, aunque ya lo intuía; sabía que la llamada de hace un momento había sido de él.
Agustín no respondió, pero su silencio lo dijo todo.
—Entonces vamos —le sonrió Fabiola, intentando infundirle calma—. No pasa nada, de verdad.
Agustín respiró hondo y le echó una mirada al itinerario.
—Te prometo que te llevaré de regreso a Costa Esmeralda lo más pronto posible.
Fabiola asintió. En el fondo, no le parecía nada del otro mundo; al final, esto también formaba parte de su trabajo, y no sentía que estuviera haciendo un sacrificio.
En realidad, Agustín… no tenía por qué preocuparse tanto por cómo se sentía ella.
A veces, ser tan atento podía confundirla y hacerle pensar cosas que no debía esperar.
...
Residencia Barrera.
La casa de los Barrera era de esas construcciones con un aire a mezcla europea y colonial, que parecía sacada de una película antigua. De tan imponente, uno sentía que estaba entrando en un cuento de castillos y secretos familiares.
—Por aquí, señor Agustín —dijo la señora que ayudaba en la casa, que ya los esperaba en la puerta.
Ella condujo a Agustín hacia donde estaban los hombres de la familia, mientras Fabiola fue guiada por otra empleada hacia el salón de las invitadas.
—Agustín, ¿cuánto tiempo sin verte? ¿Medio año, tal vez? ¿Cómo va todo en el Grupo Lucero? —quien lo saludó fue Héctor Barrera, el hijo que el abuelo Barrera había tenido fuera del matrimonio, el mismísimo padre de Paulina.
Por azares del destino, los hijos legítimos del abuelo Barrera y sus parejas habían fallecido en Costa Esmeralda, así que ese hijo que antes era un secreto ahora podía sentarse y mandar como todo un señor.
Fabiola le echó un vistazo de reojo a Héctor. No sabía explicar por qué, pero algo en el rostro de ese hombre le provocaba un escalofrío, como si tuviera un mal presentimiento.
Sacudió la cabeza y se sentó en uno de los sillones, manteniendo la distancia.
Fabiola abrió la boca, pero no pudo pronunciar palabra.
Sentía la mano izquierda tan pesada que ni se atrevía a moverla.
¿Un brazalete tan valioso… por qué Agustín se lo había dado a ella? Aunque solo pudiera usarlo mientras durara su matrimonio, igual era demasiado.
¿Y si lo rompía o lo perdía?
—Bah, aunque a la paloma le pongas corona, nunca será un pavo real —suspiró la señora Barrera, picada por la envidia—. Si Paulina hubiera sido la esposa de Agustín, todas esas joyas serían de mi hija.
Hasta podría presumirlas en cada evento, pensaba ella con amargura.
Ahora, en cambio, estaban en manos de una cualquiera del pueblo.
—Jimena, ¿no crees que esta chica…? —La mujer elegante se acercó más a Fabiola, examinándola con atención—. ¿No te parece que se parece muchísimo a la primera esposa del abuelo, a la señora Valeria?
La señora Barrera se quedó callada unos segundos, miró a Fabiola detenidamente y, por primera vez, se dio cuenta de que sí, el parecido era asombroso.
La chispa de celos en sus ojos se encendió aún más.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
Queria esse lucro em português brasileiro...