Doña Elia Valdés era una mujer que nunca se andaba con rodeos ni le importaba el qué dirán.
Especialmente tras haber deducido que Silvana Iriarte no era la esposa legítima, su desagrado hacia ella era más que evidente.
La sonrisa dulce y sumisa que Silvana había esbozado al ver a la matriarca se congeló en su rostro.
No lograba entender por qué Doña Elia le tenía tanta aversión.
Incluso si aún no se había casado oficialmente con Sebastián, eso era un asunto privado entre ellos. En cuanto a su comportamiento y capacidad profesional, era intachable; no recordaba haber ofendido a la mujer en ningún momento.
Simplemente, no le encontraba lógica a ese desprecio público.
Por suerte, no había mucha gente alrededor.
Sebastián Zambrano se mostró mucho más imperturbable. Lanzó una mirada sutil hacia Vera Suárez y, al notar que ella no tenía la menor intención de intervenir, respondió con un tono neutro:
—Está muy ocupada.
Esa simple frase provocó un silencio incómodo y extraño.
Vera casi suelta una carcajada de pura rabia.
Sebastián no negaba estar casado, pero tampoco tenía la decencia de admitir que su esposa, la señora Zambrano, estaba parada a menos de un metro de él.
Al principio, Silvana se había sobresaltado, sintiendo una punzada de celos porque él mencionara a su esposa. Pero rápidamente comprendió la jugada.
Doña Elia sabía perfectamente que Sebastián era un hombre casado, por lo que él no podía negarlo descaradamente.
¡Pero el hecho de que admitiera tener una esposa no significaba que reconociera a Vera como tal!
Con eso en mente, Silvana le dirigió a Vera una mirada cargada de un disimulado desdén.
En el fondo, pensó, Vera era digna de lástima.
Estaba ahí parada, como un fantasma, sin siquiera tener el derecho de ser reconocida, obligada a ver cómo ella, Silvana, ocupaba el lugar de honor del brazo de Sebastián.
A Doña Elia no le interesaban los chismes de alcoba ajenos, pero detestaba ese tipo de bajezas morales. Tampoco iba a hacer un escándalo monumental solo por una intrusa como Silvana.
Así que, ignorándola por completo, volvió a fijar su atención en Vera:
—Mi pequeña Vera, hoy han venido varios investigadores y expertos de la industria. Si te desocupas más tarde, búscame. Me encantaría presentártelos para que charlen un rato.
Vera, genuinamente sorprendida, asintió.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano