Sebastián Zambrano levantó la vista bruscamente hacia Doña Elia.
En el siguiente segundo, escucharon cómo la matriarca pronunciaba cada palabra con absoluta firmeza:
—En cuanto termine mis compromisos de hoy, buscaré el momento adecuado para reunirme oficialmente con los líderes de tu familia y anular el compromiso.
El rostro de Julián palideció:
—¿Abuela?
Los ojos de Adriano brillaron fugazmente.
Incluso Silvana se quedó boquiabierta, incapaz de procesar la situación.
¿Qué quería decir con eso? ¿Estaba dejándole el camino libre a Adriano?
¿Y ni siquiera iba a destruir a Vera? ¡¿Le estaba dando a una cualquiera como ella la oportunidad de convertirse en la señora Herrera?!
¡Eso solo lograría que Vera se volviera aún más arrogante!
Doña Elia hizo un gesto despectivo con la mano:
—No digas nada más. A mi nieta le daré el mundo entero si me lo pide, pero jamás permitiré que la humillen. Y mucho menos la obligaré a meterse en un matrimonio donde no la desean ni la respetan.
Se tambaleó ligeramente, pero no dejó que nadie se acercara a sostenerla.
Tras soltar esas palabras, salió de la habitación.
Tan imponente y resolutiva como siempre.
En la puerta aún merodeaban algunos curiosos hambrientos de chismes que no habían podido ser dispersados del todo y que no dejaban de espiar hacia el interior.
Vera no tenía cabeza para prestarle atención a esa gente, pero la conmoción que sentía por dentro era innegable.
Esa heredera perdida de los Valdés, a pesar de no estar presente, contaba con el respaldo absoluto y la protección incondicional de su familia. Un linaje poderoso que daba la cara por ella, algo que Vera nunca tuvo; de haberlo tenido, jamás se habría dejado pisotear por los Zambrano ni por Doña Isabel durante tantos años.
Silvana tenía el rostro tenso. ¡Las cosas habían salido completamente al revés de lo que planeó!
¡Doña Elia había sido demasiado blanda con Vera!
Tan pronto como Doña Elia desapareció, Julián, con la cara desfigurada por la rabia, se abalanzó hacia adelante y agarró a Adriano por el cuello de la camisa:
—¿Lo hiciste a propósito, verdad? Aprovechaste para tirar la bomba frente a mi abuela. Usaste a Vera para salirte con la tuya, ¿no es así?
Adriano lo miró desde arriba:

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