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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 316

Lo que Vera dedujo, lógicamente también lo entendieron los demás.

Tras escuchar las palabras de Sebastián, Silvana, que segundos antes hervía de celos al verlo proteger a Vera y tocarla, se relajó al instante.

Incluso se dio el lujo de lanzarle a Vera una mirada cargada de burla.

Una sonrisa dulzona y satisfecha se dibujó en su rostro.

Estaba clarísimo.

Sebastián había actuado única y exclusivamente pensando en ella, deteniendo a Julián antes de que la rabia le hiciera revelar la verdad y arruinara su impecable reputación.

¿Vera?

Vera no significaba absolutamente nada para él.

—Tiene razón, no caigas en el juego de otras. Algunas moscas muertas estarían encantadas de que se te escapara algo que pudieran usar a su favor —Leo Flores por fin salió de su letargo y, tras lanzarle una mirada de asco a Vera, soltó el comentario venenoso.

La verdad era que seguía en shock de que alguien como Adriano confesara estar enamorado de Vera.

Incluso se preguntaba desde cuándo esa mujer se había arrastrado a las espaldas de todos para enganchar al pez gordo de los Herrera.

Su desprecio por Vera crecía a cada segundo:

—Algunas ya perdieron toda la decencia. Ni siquiera han terminado de limpiar el desastre de su vida personal y ya andan abriendo las piernas para ver a quién pescan.

¿Con qué derecho se atrevía Vera?

Aún no había firmado los malditos papeles de divorcio y ya estaba desesperada por amarrar a su próximo blanco, ¡y encima tenía la osadía de apuntarle a Adriano Herrera!

¿Acaso no era eso la peor traición a Sebastián?

Ivonne, que había llegado a la puerta y escuchado cada palabra, saltó como una leona:

—¿Acaso eres ciego o de plano tienes muerte cerebral? Tienes justo al lado a una rompehogares asquerosa que destruyó un matrimonio, pero a ella no le dices nada. Qué doble moral tan patética te cargas, ¿qué pasa? ¿Acaso eres un perro faldero esperando las sobras, o de verdad te gusta comer basura?

Ivonne no era de las que se quedaban calladas.

Cada palabra que soltó fue como un dardo envenenado.

Leo nunca había sido insultado de esa manera, y su rostro se tornó de un color escarlata por la furia.

Silvana sabía perfectamente que los insultos también iban dirigidos a ella, pero prefirió fingir que Ivonne solo estaba haciendo berrinche porque su amiga había quedado en ridículo y no tenía cómo defenderse.

Miró a Ivonne con frialdad:

—Señorita Herrera, le pido que no ataque a terceros sin razón. Leo no lo dijo con malas intenciones.

Vera, que ya había recuperado el aliento y la compostura, apartó su brazo de la mano de Sebastián con un movimiento brusco, como si su roce quemara.

Adriano ya la había soltado primero.

Sin causarle la menor incomodidad.

Como si de ahora en adelante solo fueran completos extraños.

Ni siquiera eso. No merecía ni una mísera palabra de despedida.

Sebastián no hizo nada para detenerla.

Con la ligera calidez del brazo de Vera aún impregnada en la yema de sus dedos, metió la mano en el bolsillo del pantalón y fijó sus oscuros ojos en las espaldas de la pareja que se alejaba, el alto y la baja.

Y por un instante, percibió una maldita y retorcida... sintonía entre ellos.

Sebastián entrecerró los ojos, ocultando cualquier emoción.

—Vaya, sí que se tiene confianza para creer que puede atrapar a un hombre como el Señor Herrera —soltó Silvana con ligereza.

Sebastián no respondió.

La cara de Julián era un poema de frustración.

La vena de su sien palpitaba a mil por hora.

Para el colmo, él mismo había sentido compasión por Vera hace un rato, y resultó que ella era quien les estaba robando a su prometido.

—¿Lo habrá hecho a propósito? ¿Actuar tan extremista solo para darle en la torre a Sebastián? —murmuró Leo, frunciendo el ceño—. ¿Quería demostrar que todavía tiene pegue con los ricos, o solo buscaba ponerlo celoso?

Silvana observó el rostro de Sebastián de inmediato.

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