El rostro de Sebastián era, sin duda, tranquilo e impasible, ni la más mínima señal de que le importara.
Silvana dejó escapar un suspiro de alivio en silencio y sonrió.
El jueguito de Vera era demasiado estúpido. Al final, se iba a quedar como el perro de las dos tortas.
La familia Zambrano la iba a echar a la calle, y los Herrera ni de broma iban a aceptar a una mujer divorciada de segunda mano que los Zambrano habían desechado.
¡Era de una estupidez casi infantil!
Sebastián no prestó atención a los comentarios de Leo y se dirigió a Julián:
—La madre biológica de la hija de Adriano... ¿todavía no la encuentran?
Ante esa pregunta, el rostro de Julián cambió ligeramente:
—Aún no. No sabemos si Adriano la tiene escondida en algún lado bajo siete llaves.
Silvana se encogió de hombros con indiferencia:
—No creo que deban ser tan pesimistas. Las dos familias todavía no se han sentado a hablar, ¿verdad? Además, es más que obvio si Adriano está enamorado de Vera o si solo la está utilizando. La lanzó a los leones para que Doña Elia se desquitara con ella y fracturó la relación entre ambas familias. ¿Creen que los patriarcas de los Herrera van a perdonar eso? Tarde o temprano, ese teatrito se les va a caer.
Claro que, para ella, sería Adriano quien botaría a Vera a la basura.
Un hombre con su nivel y poder estaba acostumbrado a rodearse de mujeres brillantes.
Y Silvana ya conocía a Vera; comparada con ella, Vera no tenía nada que la hiciera destacar, no tenía valor alguno. Adriano era un hombre de negocios, y los empresarios siempre saben elegir la mejor inversión.
Julián se pellizcó el puente de la nariz, todavía incapaz de tragar su enojo:
—Es casi seguro que Adriano armó todo este escándalo a propósito. Y mi abuela, con lo orgullosa que es, al ver que él es tan tajante, jamás se rebajará a rogarle. Pero no crean que me voy a quedar de brazos cruzados dejando que se salga con la suya.
No le importaba si Adriano de verdad quería a Vera o solo la estaba usando.
No iba a permitir que sus planes fluyeran sin obstáculos.
Con tal de encontrar a la madre biológica de la hija de Adriano, armaría un escándalo monumental y lo obligaría a darle su lugar, arruinando así cualquier plan o manipulación que Adriano tuviera entre manos. Le iba a dar un dolor de cabeza que no olvidaría jamás, y eso terminaría ahuyentando a Vera.
—Tranquilo, no te amargues la vida por esto —le consoló Silvana.
Julián, recordando los asuntos de la chica, le preguntó:
—¿Y cómo van tus trámites para el doctorado?
Silvana sonrió de inmediato:
—Ya tengo casi todos mis documentos listos. El Dr. Pascual Zárate está muy interesado en aceptarme.

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