Todavía estando aturdida por su cercanía y el efecto de sus labios sobre ella, una alarma se encendió en su interior, Alessandra sabía que lo que hacía no estaba bien, primero, porque no era el momento ni el lugar y segundo, por él, un mujeriego empedernido que seguramente por ese pequeño desliz, ya estaba pensando lo peor de ella. De un momento a otro y muy avergonzada por su debilidad, se separó lo más rápido que le fue posible, dejando a un Dominic pasmado, perdido y completamente cautivado por la sensación que ese beso le había dejado en los labios y en todo su ser.
—Señor, esto no está bien—susurró ruborizada y tomando distancia.
—¿Por qué no? —preguntó él, tomándola del brazo para evitar que se alejara—Los dos lo quisimos, los dos lo disfrutamos.
—Suélteme, por favor—le pidió sin verlo a la cara—. Se sentía mal consigo misma. ¡Qué débil y estúpida había sido! —Esto no se puede repetir.
—No tiene nada de malo, nos la podemos pasar bien, hay algo entre nosotros, ¿no lo ve?
—No se equivoque—lo interrumpió—. Esto solo fue algo que no debió de suceder y le ruego, no crea que por esto puede pretender tener algo conmigo, yo no...
—Señorita D’Santi, BASTA YA, ¿por qué sigue negando lo evidente? —No haga las cosas más complicadas entre nosotros, acabemos con esto de una vez por todas, una noche, es todo lo que le pido—. Con este beso, usted me ha demostrado que también le atraigo, ¿para qué darle largas al asunto?
Alessandra se sintió indignada, dolida y más tonta que nunca. ¿Por qué, por qué, por qué fue tan débil?
—No confunda las cosas, esto no significó nada, ni hay algo entre nosotros, ni usted me atrae, solo fue... un beso— que removió hasta el último rincón de mi ser—pensó para sí misma—. Le pido que olvidemos esto y hagamos de cuenta que no ha pasado nada, yo no quiero tener problemas con Vittorio por esto...
Solo de escuchar ese nombre a Dominic se le erizó cada vello de la piel y se le calentó hasta la última gota de sangre. Joder...
—¿Qué tiene que ver mi hermano en todo esto? —inquirió ofuscado—¿Por qué tendría problemas con él? ¿Acaso ustedes tienen algo?
—Claro que tenemos algo, UNA RELACIÓN DE TRABAJO, ESTRICTAMENTE PROFESIONAL— respondió muy segura y alzando un poco la voz—. Le molestaba el hecho de que estuviera malinterpretando las cosas. Claro, eso se ganaba por haber dejado que la besara— ESTUPIDA, ALESSANDRA— se regañó de nuevo. —Si Vittorio se llega a dar cuenta de esto, seguramente se va a molestar y me va a llamar la atención, o hasta peor, despedirme—agregó después.
Vittorio, Vittorio, maldita sea, ¿por qué le molestaba tanto que lo tuteara y se refiera a él con tanta confianza?
—Vittorio no tiene porqué enterarse, esto sería entre usted y yo, nada más—. Así que no se preocupe por eso—dijo él sintiendo que su paciencia se agotaba.
—No me está entendiendo, señor Lombardo, no sé de qué manera explicarle que no soy el tipo de mujer que usted necesita, no quiero que por lo que acaba de pasar, usted piense que...
—NO PIENSO NADA—espetó alterado, cansado de insistir—. Somos adultos, por el amor de Dios, ¿por qué le pone tantas trabas?
Alessandra suspiró cansada, estaba al borde de perder la tranquilidad, ¿de qué jodida manera podía explicarle que ella no era una golfa?
—No le voy a dar una noche, ni dos, ni tres, NI NINGUNA—. Se lo he tratado de explicar de todas las maneras posibles y no me comprende, ¿QUE TENGO QUE HACER PARA QUE ENTIENDA QUE YO NO ME VOY A ACOSTAR CON USTED? —soltó ella con desesperación y frustración en su voz.
Dominic se quedó mirándola petrificado.
—¿Me acaba de levantar la voz? —reclamó con la ceja alzada.
La castaña bajó la mirada consciente de su error, era el presidente después de todo, la máxima autoridad, sin embargo, no podía permitir que la tratara de esa manera, aun cuando su trabajo estaba en riesgo, debía darse su lugar y exigir el mismo respeto por parte de él.
—Lo siento, no quise hacerlo...
—Pero lo hizo.
—De verdad, lo lamento, pero es que... no sé de qué otra manera hacerle entender que yo no...
—Sabe, señorita D’Santi, ¿que yo puedo decidir si usted puede o no seguir conservando su empleo en esta empresa?
Ella alzó la mirada con horror. No podía ser posible que él quisiera... ¿chantajearla?
—¿Perdón?
—Estoy seguro de que me escuchó bien—aseveró frío.
—¿Me está queriendo decir que si yo no me acuesto con usted me va a despedir?
—Mmmm…no lo he dicho de esa forma.
—Pero es lo que insinuó.
—Puede ser o quizás no—contestó pensando que tal vez así la podría persuadir—. Aunque en realidad su intención no era chantajearla, tampoco era un maniaco como para forzar a una mujer a estar con él—. A él le gustaban dispuestas, seguras y gustosas, nada por la fuerza, iba en contra de sus principios.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Impacto italiano