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Impacto italiano romance Capítulo 19

Dominic llegó a su habitación alterado, sintiendo que la corbata no le permitía respirar, aflojó el nudo, la retiró y se sentó sobre la cama, se llevó ambas manos al rostro experimentando un sentimiento de frustración. Nunca antes reprimió sus deseos por una mujer, todas cedían ante él y Alessandra, no, lo peor de todo, era que se le estaba metiendo hasta por la piel, últimamente la pensaba mucho y comenzaba a comprender por qué su hermano se fijó en ella, aunque sabía que no podía ofrecerle nada serio, porque él no era ni sería jamás un hombre de relaciones como Vittorio, le inquietaba saber que jamás la tendría y eso, eso era realmente estresante, frustrante.

Alessandra por su parte, se quedó desconcertada con las últimas palabras del magnate "Ella era la primer mujer en conocer su casa y subir a uno de sus autos" ¿podría ser eso posible? Él, un hombre tan mujeriego y guapo, ¿nunca trajo una de sus amantes a su casa? ¿Pues a dónde las llevaba? A un hotel obviamente, le contestó su subconsciente. Claro, con razón el desconcierto que notó en Dante y en los demás hombres al llegar, quizás le estaba diciendo la verdad, no le gustaban los compromisos y por eso tenía esas "reglas" si es que así se les podía llamar. Se decidió escribirle a Paulina y avisarle que no llegaría a dormir esa noche y aunque no vivían juntas, de repente su amiga pasaba a su departamento, así que, sería mejor informarla en caso de que la buscara.

Unos minutos después, escuchó débiles toques en la puerta de su habitación, el pulso se le aceleró al pensar que podía tratarse de Dominic, ¿olvidaría decirle algo? aun así, con todo el nerviosismo del mundo, se decidió a abrir. Se topó con la señora de momentos atrás, que le sonreía casi con adoración.

—Buenas Noches—saludó Alessandra, con una media sonrisa—. Pase, le invitó, al ver que traía algo en las manos.

—Buenas Noches señorita—le contestó con amabilidad Giulia, mientras ingresaba en la habitación—. Le he traído una pijama cómoda para que se cambie antes de cenar—le dijo colocándola sobre la cama. —Creo que la señorita Rinaldi hace talla con usted, así que no creo que haya problema—. Puede ducharse mientras la cena está lista, hay toallas y todo lo necesario en el baño—le indicó.

—Sí, un baño estaría bien, lo necesito, se lo agradezco, Giulia, ¿verdad?

—Así es —le sonrió—. También le traje un cambio de ropa para mañana, no sé bien lo que le gusta, pero espero le sirva, la señorita Rinaldi tiene buen gusto.

¿Quién rayos era la tal Rinaldi? ¿No le acaba de decir Dominic que ella era la primera mujer en conocer su casa? ¿O sería una de sus tantas mentiras? ¡Que estúpida era, solo a ella se le podía ocurrir creer semejante cosa!

—Muchas Gracias, pero no creo que haga falta, mañana temprano pienso irme a mi casa.

—Con este clima, dudo mucho que pueda irse, no creo que la tormenta pare en toda la noche, igual se la dejaré por si la necesita.

—Está bien, gracias de nuevo—agradeció Alessandra sin ánimos de contradecirla—. Giulia era muy amable y no quería incomodarla, estaba segura de que en la mañana, el clima estaría mejor y podría marcharse, al menos se consolaba con ello.

Giulia salió de la habitación para dejarla que se duchara a gusto, Alessandra tomó lo que le llevó y notó que eran prendas muy finas, sobre todo caras. Y evidentemente la dueña de esa ropa, sí que tenía buen gusto y dinero. Que ironía, iba a vestirse con la misma ropa que las amantes de su jefe, pero, en fin, tampoco dormiría con lo que llevaba puesto, sería muy incómodo.

Entró al baño quedándose pasmada por lo lujoso y amplio que era este, estaba equipado con todo lo necesario como si estuviese ocupado por alguien, había shampoo, acondicionador, gel de ducha, cepillos de dientes nuevos, pasta dental, enjuague bucal, cremas corporales e increíblemente, hasta una secadora de cabello, entre otras cosas, ¡guau! Si así eran las habitaciones de huéspedes, no quería imaginar cómo era la principal.

La inmensa tina la tentó a sumergirse en un cálido y relajante baño, sin embargo, le pareció que sería mucho abuso, aparte, le tomaría más tiempo, se decidió a ducharse con agua caliente que de igual manera la relajó. Una vez que salió de la ducha, se secó un poco el cabello y lo dejó suelto al natural, se colocó un poco de crema, luego se dirigió a la recámara a colocarse la elegante pijama de seda, mangas largas en color coral claro, también había ropa interior nueva, sin duda.

—¡Vaya, los lujos que se daban sus amantes! —pensó al ver las marcas.

Se colocó brillo del que siempre llevaba en su bolso, se roció body splash que nunca faltaba entre sus cosas y justo cuando estaba lista, volvieron a llamar a la puerta.

—Le he traído la cena— anunció Giulia al pasar—. Veo que le quedó muy bien lo que le traje, no me equivoqué en que usted y la señorita Rinaldi, hacen la misma talla.

—Así parece—afirmó sintiéndose incómoda, al recordar que esa ropa era de alguna de las tantas mujeres del dueño de la casa.

Su estómago rugió al sentir repentinamente el exquisito olor de la comida y eso la avergonzó.

—Será mejor que se alimente pronto, su estómago se lo pide a gritos—le sugirió la anciana con una amplia sonrisa—. Colocó la charola sobre una mesa y salió de la recámara.

Una vez que cerró la puerta, Alessandra corrió prácticamente hacia la surtida charola y se le hizo agua la boca al ver todo lo que contenía. Como entrada principal, un caldo caliente con verduras, muy gustoso y liviano, más con ese clima tan frío, le caía como anillo al dedo. Como plato fuerte, un exquisito y jugoso filete de ternera en mantequilla de chalotas, con ensalada variada y puré de patatas trufado, había también una copa de vino tinto, una de agua y para cerrar con broche de oro, el postre. No solía comer pesado por las noches, pero, haría una excepción ¿Cómo despreciar una comida como esa? Por Dios, si parecía elaborada por un chef profesional. Que distintas eran sus vidas, era increíble la diferencia hasta en las comidas ¿Así de bien cenaba él todos los días? Y no es que ella comiera mal.

Saboreó detenidamente cada platillo, degustando el exquisito sabor y gusto de lo que comía, quien estaba a cargo de la cocina, era una estupenda o estupendo cocinero, tenía manos milagrosas, porque no cualquiera tenía el don de preparar un plato así de delicioso. Cuando hubo terminado y luego de reposar unos minutos la comida que la había dejado más que satisfecha, tomó la charola con los trastos sucios y se encaminó a la cocina, no sabía dónde quedaba, pero daría con ella. Sigilosa comenzó a andar por los amplios pasillos, mirando alrededor como si fuera un ladrón, llegó a las escaleras bajando cuidadosamente escalón por escalón, muy despacio y sin hacer el más mínimo ruido.

Dominic, quien salía de su despacho en ese instante, al alzar la mirada la vio cruzar misteriosa uno de los pasillos y sin que ella se percatara, la siguió. La vio llegar a las escaleras y mirar a todos lados como si temiera que alguien la descubriera, le provocó ganas de reír al verla con la charola en las manos y quedarse a mitad del salón decidiendo que pasillo tomar para llegar a la cocina, porque claramente esa era su intención. Realmente descubría esa noche, que ella era muy distinta a todas las mujeres que había conocido.

—¿A dónde va con esa charola, señorita D’Santi? —le preguntó, mientras descendía por las escaleras, provocando que esta respingara en su sitio debido al susto.

La vio girar lentamente colorada y casi se le escapa una risa que solo pudo contener, al notar lo preciosa que se veía con esa pijama. No llevaba una sola gota de maquillaje y se veía más que hermosa, el cabello así suelto al natural, la hacía ver adorable, la pijama le quedaba perfecta y sexi, pero lo que más le encantó, fueron sus delicados pies blancos y descalzos, con las uñas pintadas en color carmesí, ¡qué pies tan bonitos tenía! Definitivamente, Dios se había tomado su tiempo con ella, la había hecho perfecta de pies a cabeza ¡Qué creación hecha mujer tan maravillosa!

—Eeeeh…yo…estaba...estaba buscando la cocina para llevar esto—explicó apenada.

¡Caray, qué atractivo y apuesto se veía con ese pijama azul! ¡Qué brazos, que cuerpo, que piernas! Pero ¡QUE VERGONZOZO QUE LA VIERA A ELLA EN PIJAMAS TAMBIÉN!

—Trágame tierra, pensó.

—Para eso está la gente de personal, alguien iba a subir a retirarle más tarde, no era necesario que bajara—le hizo saber él, recorriéndola con la mirada y deteniéndose nuevamente en sus pies— ¡Joder, en serio le habían encantado!

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