Con lentitud y delicadeza, acariciaba su espalda, mientras entre sus brazos la sostenía y la besaba, le encantaba el sabor de su boca, moría por esa mujer que tenía ahí junto a él, lo embriagaba su perfume, lo estaba enloqueciendo su manera de responderle ese beso, Dios del Cielo, ¿qué le hizo para tenerlo así de atolondrado? Como deseaba compartir más tiempo con ella, un momento a solas, sin embargo, no debía, él no podía ofrecerle lo que necesitaba, joder, para ese entonces ya se había dado cuenta del tipo de persona que era, no era de esas de un revolcón de una noche, ni su dinero la había impresionado para acceder a sus indecorosas peticiones. Le costó muchísimo admitirlo, pero, en realidad todavía existían de esas mujeres y ella lo era, era la viva prueba de ello. De lo que sí estaba seguro, era de que Alessandra D'Santi, sentía algo por él, eso estaba más que confirmado. ¿Y él? ¿Sentía algo? Claro que sí, lo sentía, también lo sentía, aunque con exactitud no sabía que.
Tomó suavemente su rostro entre sus manos y le mordió los labios sutilmente, la saboreó, cosa que le provocó a ella un exquisito escalofrío por todo el cuerpo, el beso era demandante, una mezcla de sensualidad, deseo, pasión y sobre todo...placer, se notaba que ambos lo estaban disfrutando, más que eso, que sus cuerpos aclamaban por ese contacto, las chispas revoloteaban al rededor, la adrenalina, la fuerte conexión entre ellos se desbordaba.
Un toque repentino en la puerta los distrajo y de inmediato los trajo a la realidad, rompiendo por completo el mágico momento, sus miradas brillaban, sus respiraciones eran interrumpidas, Alessandra trató de recomponerse y para intentar disimular, se dirigió hasta el sillón en donde minutos antes, Dominic había depositado sus cosas. Él en cambio, aún perturbado, se arregló la corbata, se limpió los rastros de labial y segundos después, abrió la puerta. La hermosa pelirroja asistente de su socio apareció ante sus ojos, lo miró atentamente, notándolo enrojecido y desequilibrado, miró de soslayo a Alessandra y creyó imaginarse lo que interrumpió, no obstante, disimuló bien y se limitó a informarles que los esperaban para marcharse al restaurante. Tras decir eso, salió dejándolos nuevamente solos, ninguno supo cómo reaccionar, mucho menos que decir. Alessandra con nerviosismo, se dirigió al tocador y se arregló el labial, luego, ante la mirada atenta de él, salió de la oficina a toda prisa, casi...huyéndole. En la recepción, estaban todos esperando por ellos, eran los únicos que faltaban, David Forsythe, mitad dueño del emporio, al ver a la preciosa y curvilínea castaña, se quedó deslumbrado, la recorrió completamente con aquellos ávidos ojos celestes, evidentemente cautivado por su belleza. Dominic, quien caminaba tras ella, notó la mirada de interés de su futuro socio y sintió una extraña incomodidad embargarlo.
Alrededor de veinte minutos después, estaban entrando a un lujoso y distinguido restaurante de la ciudad, los acomodaron en una mesa amplia, no tardaron en tomarles las órdenes a todos, cada uno acompañado de su asistente, eran seis personas en total. Dominic estaba inquieto, irritado, si así podía decir, la mirada insistente de David no se apartaba de Alessandra, cosa que no le permitía concentrarse en la amena platica de negocios, estaba más al pendiente de ellos dos, que de la charla como tal.
Alessandra era ajena a esas atenciones, su mente divagaba entre lo acontecido y entre no dejar pasar algún punto importante de la conversación que mantenían entre ellos, estaba sentada junto a Dominic y de vez en cuando sus brazos se rozaban, ese mínimo contacto les afectaba, la tensión era palpable, ese beso solo los había dejado con ganas de más.
La cena transcurrió rápidamente, en un momento de la noche, los tres socios se quedaron hablando de banalidades y tomándose una copa en una de las terrazas del restaurante, las asistentes estaban del otro lado y la pelirroja, junto con otra morena, estaban apartadas de Alessandra, ella estaba sola, abrazándose a sí misma, con ganas de regresar al hotel, sentía un poco de frío, ya estaba avanzada la noche y la tela del vestido que portaba era algo delgada, lo que no le ayudaba mucho. Su ojos discretamente se dirigían a Lombardo cada tanto, no podía creer que fuera tan débil con él, no pudo resistirse a sus besos y cómo hacerlo, si besaba tan jodidamente bien el condenado. Los otros dos socios eran muy apuestos, pero ninguno como él, nadie era como él, desbordaba elegancia por cualquier perfil que se le mirase, derrochaba sensualidad, masculinidad por cada poro y no era la única que lo notaba, las otras dos asistentes estaban embelesadas admirándolo, no se diga otras comensales presentes.
—¿Con frío? —escuchó una seductora y ronca voz preguntarle desde atrás.
Ella volteó sorprendida y abrió los ojos de par en par al tener a David Forsythe frente a ella.
—Señor Forsythe—dijo con un hilo de voz—. Sí, un poco—admitió mirándolo con pena a la cara.
—No suele hacer mucho frío por acá, sin embargo, en invierno, sobre todo por las noches y en esta temporada, la temperatura baja bastante—explicó él mirándola con sumo interés.
—Ya veo, de haber sabido traía mi abrigo—expresó Alessandra, mirando a otro sitio—. Solo esperaba no tener problemas por estar conversando con uno de los socios.
—Tenga, le ofrezco el mío, no vaya a ser se enferme, no me gustaría que una mujer tan bonita, se lleve una mala experiencia de aquí en su primera visita.
Alessandra se ruborizó siendo consciente de su tono y que por supuesto, además de ser caballeroso, había cierto coqueteo en sus palabras.
—Oh no, no, no podría, se lo agradezco mucho, señor Forsythe, pero un poco de frío no le cae mal a nadie, además, creo que dentro de poco nos iremos.
—Insisto, acéptelo, créame que podría enfermarse, la temperatura va a bajar más a medida que avancen las horas y seguro lo va a necesitar, tómelo sin ningún compromiso, mañana me lo devuelve—. Es solo una cortesía de mi parte—le aclaró él, consciente de que la había incomodado un poco con sus anteriores palabras, pero no podía ocultar tan fácil la inevitable atracción que sintió desde que la vio por primera vez.
Alessandra sintiéndose comprometida y con vergüenza por rechazarle su gesto de amabilidad, no tuvo otro remedio que aceptarlo, miró de soslayo en dirección a Dominic y fue consciente de su mirada sobre ella. El corazón se le aceleró a mil por hora al sentir que podía ser malinterpretada y lo que menos quería eran problemas. Se colocó el abrigo, sintiéndose a gusto con el tibio calor que la rodeó, pero a la vez incomoda por la situación. David sonrió satisfecho, el chico tenía una bonita sonrisa, era bastante atractivo tenía que aceptarlo, todo un gallardo caballero y posiblemente un conquistador de primera.
Dominic que estuvo al pendiente toda la noche de cada paso que daba su socio, al ver aquella escena, sintió que por poco pierde la compostura, ¿qué jodidos estaba pasándole que se sentía así de alterado? Quería ir hasta donde estaban, sacar a Alessandra del brazo y reclamarle lo que sea que estuviera haciendo, no podía comportarse así, tenía una relación con su hermano, aunque en teoría, ella no tenía la culpa, porque parecía incómoda, la culpa de todo era de David, que no perdía el tiempo, no había desaprovechado la oportunidad para acercársele. Aún consciente de eso, le molestaba que ella estuviera ahí, hablando con... ese... sonriéndole, porque quien sabe que estupidez estaba diciéndole para hacerla sonreír así, cosa que con él nunca hacía.
Llegaron al emporio a las 21 horas, Alessandra subió a las oficinas únicamente a dejar unos documentos y su iPad con las anotaciones de esa noche, quería aparte dejar todo en orden para el siguiente día y aprovechó que Dominic se había quedado en la recepción con los hermanos.
Desde que entró a la prominente oficina, los recuerdos volvieron a ella, caminó hasta el escritorio y se quedó mirando el amplio ventanal que tenía vista a la ciudad nocturna, experimentó el sabor de su boca sobre la suya tal cual como si lo estuviera viviendo en carne propia justo en ese instante, la placentera sensación de sus brazos alrededor de su cuerpo, rodeándola con aquella fuerza, con aquella necesidad, Dios, como le encantaba sentirlo así, estaba volviéndose loca de amor por él, ya era tarde, ya había involucrado sus sentimientos sin poder evitarlo siquiera.
Un calor agradable sintió en su espalda y pronto se encontró acorralada entre el escritorio y unas manos que no la tocaban, pero, al reconocer ese aroma supo de quien se trataba, se giró entre esos fuertes brazos y lo miró a los ojos, descifrando al instante lo que pretendía. Dominic no pudo contenerse al verla y tomándola por sorpresa, le robó un potente beso, quería reclamarle por lo de David, pero con qué derecho, se sentía impotente, se sentía molesto, más aún, al verla con aquel abrigo puesto, quería arrancárselo, no quería que tuviera nada de ese hombre, absolutamente nada. La apresó entre sus brazos sin darle ninguna escapatoria, la besó con fervor, casi con posesión y ella devolviéndole la intensidad no le ayudó en nada. Los dos suspiraron con la fuerza de aquel beso, algo raro sucedía entre ellos y eso ya casi no podían controlarlo.
Poco a poco la magnitud de aquel arrebato fue bajando y se convirtió en un beso suave, hasta podría decirse que tierno, delicadamente él se encargó de quitarle aquel abrigo que ya le estorbaba y rodeó su fina cintura que lucía espectacular con aquel ajustado vestido azul. Alessandra lo tomó del rostro, le acarició el cuello a medida que respondía a sus besos, sabía que debía frenar aquello, pero no quería, la voluntad y la fuerza habían desaparecido desde el momento en que la besó.

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