—De hecho, está en lo correcto, señorita D'Santi, porque nada de lo que deseo en este momento, me parece que sea leal—respondió el magnate, mirándola directamente sin parpadear—. Por ejemplo, morirme por besar a la novia de mi hermano, no es para nada honesto —agregó, viéndole los labios con anhelo—Por eso, debo mantenerme al margen, porque cuando estoy cerca de usted, no pienso con claridad y puedo cometer muchas locuras.
Alessandra sintió un candor expandirse por todo su cuerpo ¿De verdad quería besarla? Pues, no era el único que se moría por un beso, ella también lo deseaba y no solo uno. Tragó saliva.
—Sin embargo, decirle esas cosas a la novia de su hermano, tampoco es leal— contestó nerviosa, con las mejillas enrojecidas y el estómago revuelto—. Y en cuanto a lo de mantenerse al margen, creo que hace bien, es...es lo mejor en estos casos— añadió sin aliento.
—¿Estaría haciendo bien al seguir con esa mentira? —Sí, Alessandra, él solo quiere acostarse contigo—le respondió de inmediato su conciencia.
—¿Sí, verdad? —Sobre todo, si ella también desea lo mismo que yo, es más riesgoso todavía, ¿no le parece?
¡Virgen Santa! casi se va de espaldas, ¿quería matarla con esas preguntas? ¿Cómo negárselo si era la cruda realidad?
—Depende, porque si ella no ha admitido tal cosa, usted no puede simplemente suponerlo —quiso sonar desinteresada y segura.
—A veces no es necesario expresar con palabras lo que los ojos piden a gritos— le dijo él con voz profunda, dando un paso adelante—. Y sabe, señorita D’Santi, yo no necesito que ella lo admita, me basta con verla temblar y ruborizarse cada vez que me acerco, para saber que no le soy del todo indiferente como quiere aparentar y no sabe lo mal que me pone saber eso—. La miró con fascinación. —Además, tengo la seguridad de que ella siente exactamente lo mismo que yo y es por eso, por lo que todavía no me explico, la razón por la que está con mi hermano, si es obvio que quien le interesa soy yo.
El oxígeno comenzó a ser escaso. Iba a desmayarse en cualquier momento. ¿Qué brujería era esa? ¡Qué alguien la ayudara, por favor! Comenzó a transpirar.
—En muchos casos, es preferible callar, a veces hay palabras que lastiman a otros— se hizo la desentendida, ignorando todo lo demás—. Cristo Redentor, es que ni siquiera podía formular bien sus ideas, no cuando esos masculinos labios y las palabras que salían de ellos robaban toda su atención.
—Quizás tenga razón, sin embargo, hay momentos en que no se puede evitar expresar lo que se siente—aseguró Dominic, cautivado por ese tierno rubor en su rostro.
—¿Así como cuando me pidió que le regalara una noche? — le recordó ella en tono de reproche—. Supongo que, en ese entonces, tampoco pudo evitar expresar lo que sentía.
—Bravo, Alessandra, esa fue una buena oportunidad para desviar el tema— se echó porras así misma.
Golpe bajo, por alguna extraña razón, aquello lo avergonzó un poco. Ok, en realidad, lo había avergonzado mucho, pero no lo demostró.
Pasó saliva con dificultad.
—No es lo mismo, no siempre pensamos de la misma manera y en este momento, no pienso como aquel día—. Tampoco creo ser el mismo de aquel día— se dijo esto último solo para él.
—¿Y cómo debería interpretar eso, señor Lombardo? ¿Cómo algo malo o bueno? —ladeó el rostro—¿Cambió de parecer o simplemente en lugar de una noche, quiere más? ¿Quizás dos... tres?
¿Seguía atacándolo? Evidentemente aquella proposición la había ofendido, todavía parecía disgustada a pesar de haber pasado bastante tiempo desde eso ya. En su momento no lo vio como una ofensa, no obstante, ya no lo cría así,, ¿debía disculparse por eso también?
Carraspeó incómodo.
—Lo que quiero decir, es que eso no volverá a suceder, jamás volveré a proponerle algo así y me disculpo igualmente por ello.
Sonaba sincero, pero, en ese instante, la imágenes de la pelirroja y la rubia con la que coqueteaba en el bar, se colaron en su cabeza y un ajeno enojo la embargó.
—Claro, si ya tiene reemplazo, como la asistente de su socio o la rubia del bar, ¿no? —esa pregunta se le escapó sin pensar.
¿Pero qué estupidez acababa de cometer? —Aquello había parecido reclamo.
Joder...Alessandra... ¿por qué no cierras la boca?
—Si no es porque está con Vittorio, creería que está celosa—declaró él con un atisbo de sonrisa—. Y eso sería... realmente maravilloso, me sentiría muy halagado—se acercó más a ella, ¡Dios, como le fascinaba! —Por esa mujer se iba al mismísimo infierno ¿Qué le hizo para tenerlo así de embrutecido?
—No, claro que no, no me malinterprete, yo, lo único que quise decir fue... que me parece bien que ya tenga a quien hacerle sus propuestas, así no vuelve a molestarme.
—No lo haré, créame que, desde hace mucho tiempo, me quedó claro el tipo de mujer que usted es—. Y con respecto a su otra acusación, yo no tengo nada con la asistente de mi socio, tampoco me interesa tenerlo y con la rubia que vio hace unos minutos, menos. —Por si no se ha dado cuenta, estoy aquí, frente a usted, a ella la dejé olvidada en el bar y todo por venir a buscarla—frunció el entrecejo. — Y sabe que todavía no me queda claro, Alessandra, lo que me pasa a mí con usted—murmuró con esa voz tan seductora, tan hechizante, que casi parecía un embrujo.
La castaña se tambaleó ¡Santo Cielo! con esa mirada, con esa voz, con ese poder que emanaba de él ¿Cómo resistirse? Si hasta parecía que cada palabra era real, sincera, poco le faltaba para lanzarse a sus brazos y dejarse llevar por los sentimientos tan fuertes que sentía en ese instante. Con razón todas las mujeres caían redonditas a sus pies, ahora entendía el verdadero control que tenía ese hombre sobre el sexo opuesto. Se mordió el labio inferior, el corazón estaba a punto de salírsele del pecho.
La mirada de él brilló, así como un destello en la oscuridad.
—A... a usted no le pasa nada —contestó aturdida, alejándose un poco—. No debía seguir cerca de él, le hacía mal, mucho mal.
Él la tomó del brazo con delicadeza para evitar que se alejara.
—Sí, sí me pasa y a usted también, aunque no quiera aceptarlo—le dijo firmemente, sin dejar de verla a los ojos—. A los dos nos ocurre algo y ese algo, no se puede ocultar ya—expresó decidido.
No, no lo aceptaría, no frente a él. No le daría el gusto de verla débil, no podía claudicar por muy honesto que pareciera.
—A mí no me pasa nada y lo mejor es que me vaya... a mi habitación—declaró asustada por el nudo que formó en su pecho, por lo grande que se estaba dando cuenta era aquel sentimiento hacia él—. Evitó su mirada, necesitaba ser fuerte, necesitaba fuerzas para resistirse o saldría lastimada, no quería sufrir, no quería ilusionarse, ya sabía de lo que era capaz Dominic Lombardo, no caería en su trampa.
Él se molestó ante su negativa y la soltó del brazo, era mejor dejarla ir, de todos modos, aunque lo hubiera aceptado, ¿qué ganaría? Ella estaba con su hermano porque le ofrecía estabilidad, algo serio, ¿y él? ¿Qué le iba a ofrecer? No podía ofrecerle nada o quizás sí, sin embargo, no era un hombre de flores y corazones, nunca podría ser así y a pesar de sentirse distinto con ella, no estaba dispuesto a cambiar su forma de ser y obviamente ella, jamás iba a aceptar tener una aventura con él, no era de esas mujeres, así que mejor no se complicaba la existencia, tal y como estaba había llevado bien su vida, en orden y por una mujer, no renunciaría a ello, no, no y no.
—Solo le reitero y espero acepte mis sinceras disculpas—manifestó serio, antes de marcharse y dejarla sola en medio del lugar—. Debía huir, más le valía irse antes que seguir ahí, frente a esa hechicera que estaba al punto de hacerlo perder todo signo de cordura. Tenía que escapar de esas estúpidas sensaciones.
Alessandra se quedó inmóvil, perdida, contemplando la rosa que le dio, quizás le había regalado cientos de ellas a muchas mujeres, pero esa, la atesoraría como al más preciado tesoro, aunque él nunca lo supiera y aunque fuera una total locura.

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