—¡Colette Flamcourt! —lo escuchó Alessandra exclamar con asombro y entusiasmo, una vez que la rubia los interceptó.
—Dominic Lombardo, tanto tiempo sin verte, ya no recuerdo cuando fue la última vez que nos vimos—le respondió la preciosa mujer con voz coqueta, saludándolo con un beso en ambas mejillas.
—Los negocios me mantienen ocupado—se excusó él sonriendo y aparentemente inquieto ante la cercanía de la chica.
—Supongo que sí, pero ya luego nos pondremos al día—alzó una ceja y lo miró pícara—. Por cierto, Belmont está por allá—señaló—te estábamos esperando.
—Que bien, pensé que veníamos retrasados—dijo Dominic, mirando de reojo a Alessandra.
Hasta ese momento la rubia notó su presencia y luego de observarla de pies a cabeza, le dedicó una escueta y simple sonrisa.
—Síganme— les pidió y comenzó a caminar a través del lugar, con un contoneo entre distinguido, pero podría decirse que también provocativo y, sobre todo sensual.
Alessandra sabía perfectamente lo que la mujer hacía, estaba claramente seduciéndolo, se notaba a miles de kilómetros lo mucho que Dominic le gustaba. Y a él también... no tenía duda. Una más que se llevaría a su cama, si es que no lo había hecho ya.
Siguieron a la elegante francesa al otro lado del restaurante, a una área privada. Sentada a la mesa a la que se dirigían, estaba un tipo tecleando algo en su móvil, repentinamente este alzó la vista y al ver a Dominic, se puso en pie con una deslumbrante sonrisa. Alessandra lo observó detenidamente y le fue imposible no notar su belleza, era atractivo, joven, alto, galante e imponente como el mismísimo Lombardo, piel blanca, aunque más bronceada, cabello castaño oscuro, con una barba cerrada y bien producida, rasgos masculinos y bastante llamativos, ojos claros e intimidantes, en resumen, un hombre casi perfecto, porque para ella, solo había uno que cumplía con todos los estándares.
—Belmont— saludó Dominic con una amplia sonrisa al llegar, mientras se daba un abrazo con el apuesto hombre.
—Dominic, que gusto saludarte, hasta que por fin te dejas ver—comentó el gallardo joven igual de sonriente, con una voz muy ronca y sexi.
—Sí, justo hace unos minutos le decía a Colette, que el trabajo me mantiene ocupado, no he tenido tiempo de venir, el negocio que acabo de cerrar en Hong Kong concluyó antes de lo esperado, así que como ven, aquí me tienen—sonrió.
—Te comprendo, me pasa igual, el trabajo a veces no te deja chance de nada, pero, es bueno verte otra vez—. De repente, los impresionantes ojos ámbar, de Belmont, se posaron sobre Alessandra y la observó a detalle, consciente de la belleza de mujer que llevaba su socio por acompañante y a la que no habían tenido el gusto de presentarle.
Dominic se incomodó, no obstante, lo disimuló perfectamente. ¡Qué carajo! ¿Es que todos los hombres iban a interesarse en ella? Eso ya era demasiado irreal.
—Ella es Alessandra D'Santi, mi...bueno, más bien, la asistente de Vittorio, pero tuvo que acompañarme ya que mi secretaria tuvo un inconveniente y no pudo venir—dijo Dominic a manera de presentación.
—Mucho gusto, señorita D'Santi, Belmont Flamcourt a su servicio— se presentó este galantemente, ofreciéndole su mano.
—El gusto es mío, señor Flamcourt—musitó Alessandra de vuelta, estrechando su mano con una resuelta sonrisa.
—Pues que dichoso Vittorio al tener como asistente a una mujer tan bonita, con todo respeto, felicítalo de mi parte—alardeó Belmont mirando a su amigo y luego a ella.
Alessandra se apenó increíblemente, mientras Dominic sintió que la sangre se le calentó, sin embargo, se limitó a sonreír, era su socio, no le diría nada, además, no tenía por qué. Ella no era de su propiedad, no era suya y se maldecía porque no fuera así.
—¿Nos sentamos? —cuestionó Colette, al percibir el rumbo que estaba tomando la situación—. Su hermano era un mujeriego de lo peor, lamentablemente, no perdía el tiempo.
Tomaron asiento los cuatro y lo que iba a ser una cena de negocios, se convirtió en una amistosa charla entre socios. Alessandra se sentía incómoda, no estaba participando de la conversación obviamente, ni siquiera los conocía, simplemente se limitaba a sonreír en uno que otro comentario chistoso que Belmont Flamcourt hacía. De vez en cuando, este al notarla callada, le preguntaba algo para integrarla a la charla y de paso, conocerla mejor, estaba intrigado con ella, totalmente impresionado de su belleza y naturalidad, no perdía la oportunidad de admirarla, casi toda la cena se la pasó con sus ojos sobre ella, cosa que al poderoso magnate Lombardo no le gustó, estaba a punto de perder la calma. ¿Qué diantres sucedía con él que se sentía tan enervado?
—Nosotros nos vamos ya—anunció Dominic serio poniéndose en pie, varias horas después—. Tuvimos un largo y agotador viaje, lo mejor será que subamos a descansar. Alessandra procedió a ponerse también en pie, la verdad era que hacía mucho quería macharse, esa cena fue de lo más incómoda y se sintió fuera de lugar.
—Y yo que pensaba invitarte a tomarnos algo luego— manifestó el guapísimo francés, mientras se levantaba de su silla y se acomodaba su impecable traje.
—En otra ocasión te lo acepto con mucho gusto, Belmont, por hoy lo único que deseo es retirarme a dormir—. El trayecto desde Hong Kong es bastante largo y cansado.
—Tienes razón, doce horas de vuelo, no se las deseo a nadie—¿Te parece que nos veamos mañana en el almuerzo? —Así comentamos sobre los puntos que teníamos programados para tratar hoy.
—Me parece perfecto, mañana tendremos tiempo de sobra—. Definitivamente hoy no me da la cabeza para más y supongo que la señorita D'Santi también está agotada, ¿nos vamos? —preguntó, ahora dirigiéndose a ella. Necesitaba sacarla de ahí, maldición, Belmont casi la devoraba con la mirada.
—Cuando usted guste, señor Lombardo.
—Hasta mañana entonces, que tengan una placentera noche—. Señorita D'Santi, ha sido un verdadero placer conocerla— susurró Belmont ofreciéndole su mano nuevamente.
Ella sintió la forma tan delicada en que tomó su muñeca y sus nervios se alteraron, no porque le atrajera, aunque indudablemente era muy atractivo, sino, porque le intimidaba un poco su intensa mirada.
—El placer ha sido todo mío señor Flamcourt—se despidió rápidamente, soltando su mano sin que se notara la prisa—. Señorita Colette, pase buenas noches—agregó de manera formal.

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