—¿Le gustaría salir, señorita D'Santi? —le preguntó de repente, tomándola por sorpresa, tanto por la pregunta como por su rápido cambio de humor.
Lo miró recelosa.
—¿Disculpe? —inquirió, probablemente había entendido mal.
—Sí, lo que escuchó, ¿le gustaría dar un tour por la ciudad? —es la primera vez que viene, no sabe cuándo pueda volver a repetirse el viaje, aparte, no tiene nada que hacer, tampoco yo.
—Mmmm... ¿qué tipo de tour? —cuestionó entrecerrando los ojos, con él nunca se sabía, no podía confiarse.
Él sonrió comprendiendo a lo que se refería.
—Nada más eso, un tour por los alrededores, no es nada de lo que está pensando— le aclaró.
Alessandra se ruborizó, sin embargo, era mejor aclarar las cosas.
—Y bien, ¿Sí? ¿No? ¿O prefiere quedarse el resto de la tarde y la noche en su habitación? —la interrogó de nuevo al ver que no le respondía.
—No, no—respondió titubeante—. Un tour... estaría bien—moría por conocer un poco de Francia y en compañía de él, sería mucho mejor, después de todo no tenía nada de malo, solo esperaba que no le fuera a salir con una de sus propuestas después, además, ¿a quién quería engañar? quería pasar tiempo con él.
—Señorita D’Santi, no se preocupe, es solo un paseo, no piense mal, damos una vuelta y regresamos al hotel— la tranquilizó, al notarla pensativa.
—En ese caso, me encantaría—susurró sonriendo con la mirada iluminada.
Él volvió a sonreír ante esa respuesta y ante la alegría y la luz que reflejaban esos ojos. ¡Genial, lo había logrado! Quería estar a solas con ella, necesitaba conocerla mejor, fuera de todo ese mundo empresarial y negocios que lo rodeaba, quería saber quién era Alessandra D'Santi, sus gustos, sus intereses, sus pasatiempos, todo, absolutamente todo, aunque no sacara nada de eso. De lo que si estaba convencido cada vez más, es en lo distinta que era, ¿cómo era posible que un simple paseo la emocionara tanto? Ella no necesitaba ni de joyas, ni viajes, ni dinero para impresionarse, al contrario, era sencilla, tierna, inteligente, hermosa, desconfiada, al menos con él, era...perfecta, en todo el sentido de la palabra. Era justamente todo lo que quería mantener lejos de su vida, el tipo de mujer que no frecuentaba y por algún extraño motivo, todo había cambiado, quería tenerla junto a él, quería pasar tiempo con ella porque cuando no la veía, no estaba en paz, anhelaba sentir ese olor que emanaba de su piel y que lo hacía perder la razón, quería verla sonreír, que sonriera para él, solamente para él.
—¿Vamos? ¿O necesita subir por algo a la habitación?
—No, tengo todo lo que necesito conmigo.
—En ese caso, será mejor darnos prisa, la tarde ya está avanzada y si queremos lograr hacer algo, debemos irnos ya.
Comenzaron a andar hacia la salida a paso rápido, mientras Dominic hablaba por el celular con su jefe de seguridad, le pidió que le tuviera lista una de las camionetas cuanto antes, él conduciría. Solamente saldrían ellos dos, sin escoltas, sin seguridad, sin nadie.
Se dirigieron a uno de los estacionamientos del hotel, al llegar, Dante tenía preparada la camioneta, con una extraña sonrisa le abrió la puerta del copiloto a Alessandra y de la misma manera ella se la devolvió. Era una sonrisa cálida, sincera, sin ningún otro significado, pero no dejaba de parecerle rara su actitud con ella. A simple vista, se veía como un hombre tosco, rudo, gruñón, aunque guapo, porque lo era, Dante era un tipo elegante y atractivo, claro que no como Dominic. Sus ojos demostraban calidez y confianza, no sabía si era así con los demás, pero al menos con ella, sí.
—Dante, olvidé tu gabardina—murmuró Alessandra bajito—. Mañana te la devuelvo, ¿está bien?
—No se preocupe, señorita, pierda cuidado—contestó él con el mismo tono.
—Alessandra, solo Alessandra—le sonrió ella con ternura.
—Bien, entonces, no te preocupes, Alessandra.
Ambos sonrieron bajito y un carraspeo los distrajo, Alessandra se volvió a su izquierda para encontrarse a un Dominic serio en el asiento del piloto.
—¿Nos podemos ir? — alzó una ceja.
—Cuando usted disponga—expuso apenada.
El magnate puso en marcha el motor, pisó el acelerador y en cuestiones de segundos, estaban recorriendo las calles de Francia. Ella no pudo evitar observarlo discretamente, era esa la primera vez que estaban totalmente solos y sentía un mar de emociones en el pecho, no iba a ilusionarse, sabía que no podía esperar nada de eso, pero la simple idea de estar con él aunque fuera un momento, la ponía contenta, la camioneta estaba impregnada de su perfume y casi le resultaba imposible apartar su mirada de él, sin embargo, debía hacerlo o la iba a pillar mirándolo. Sus manos a pesar de ser un hombre, se veían suaves y cuidadas, las uñas perfectamente cortadas y limadas, llevaba un reloj de oro y diamantes en su muñeca izquierda que a lejos se denotaba lo costoso que este era, conduciendo le parecía demasiado atractivo, la verdad que todo en él era atractivo.
—Veo que usted y mi jefe de seguridad se llevan muy bien—comentó Dominic para romper el espeso silencio que los rodeaba.
—Un poco, hace unos minutos, solo estaba diciéndole que mañana le devolvería el abrigo que me prestó.
—Ya veo y me resulta rara esa actitud en él, Dante no suele ser amable con ninguna de las personas que me relaciono, aunque, es comprensible, usted es la primera mujer con la que yo he...roto... algunas reglas— la miró fijamente en lo que el semáforo se puso en rojo.
El corazón le saltó en el pecho, ¿debía alegrarse por eso? ¿O cómo tenía que tomarlo?
—Quiere decir que...
—Que en esto usted también es la primera—la interrumpió—. Nunca salí a dar un tour con ninguna mujer, ni aquí, ni en ningún otro lado.
Sus latidos se aceleraron desenfrenadamente al escuchar aquello, más con la profundidad de su mirada, por poco pierde el conocimiento.
—Y... ¿por qué yo? —se encontró preguntándole de repente.
Necesitaba saberlo.
—Sabe... me lo he preguntado muchas veces y al final, siempre llego a la misma conclusión y es que, no lo sé—le contestó él casi en murmullos—. Y honestamente, a veces quisiera mejor no saberlo, porque… me asusta saber la respuesta —añadió con voz ronca y la castaña sintió que todo su cuerpo se sacudió y que un frío exquisito la recorrió ¿Por qué le decía esas cosas? ¿Por qué la confundía de esa manera?
—¿Está…tratando de confundirme, señor Lombardo? —cuestionó perdida en el cumulo de sensaciones que ya casi no le cabían en el pecho.

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