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Impacto italiano romance Capítulo 32

Alessandra escuchó su voz suplicante al pedirle aquello y se estremeció, "Deja a mi hermano, por favor", no había alucinado, en serio él pronunció esas palabras, pero, ¿por qué le pedía algo así? ¿Qué quería de ella realmente? Jamás iba a ofrecerle lo que necesitaba, estaba segura, es más, sabía que estaba haciendo mal al responderle el beso, sin embargo, no pudo resistirse. Por un momento esa súplica la descolocó, no obstante, Dominic se encargó de intensificar el contacto, cosa que no le permitió pensar con claridad, ni separarse ni un solo centímetro de él, en lugar de ello, sintió que la acercó más y más contra su cuerpo. Sentía que no tenía suficiente de él, de sus besos, era todo un experto en el arte y ella, estaba cayendo redondita ante sus artimañas de conquistador.

Dominic no supo en qué instante, él, sí, ÉL, le pidió algo como lo que acababa de decirle hacía unos segundos, las palabras habían salido de su boca sin darle tiempo de concebirlas siquiera y ya era tarde, se lo había dicho, no la quería con su hermano, la quería con él, ¿pero de qué forma? ¿Renunciaría a todo su estilo de vida por una sola mujer? La mente no le daba para pensar en ello, estaba enloqueciendo al tenerla entre sus brazos y besándola de esa manera, Dios todopoderoso, no podía esconder lo que estaba comenzando a sentir, tenía que aceptarlo, la necesitaba con desesperación, su interior y todo su ser clamaban por ella, su boca no quería soltar esos labios carnosos y exquisitos, el aire le faltaba pero se negaba a liberarla, sus dedos no querían salir de aquella melena que también estaba volviéndolo loco con la sedosidad y el delicioso olor que desprendía. ¿Cómo seguir pretendiendo no sentir nada? ¿Cómo hacerle caso a la razón, si estaba más que claro que la había perdido totalmente con esa mujer? Tenerla cerca era su dolor, era su perdición y su más grande deseo, porque no podía mantenerse alejado de ella...era una tortura.

—¡Qué me estás haciendo, Alessandra! —susurró agonizante, sobre sus hinchados labios y con los ojos aún cerrados.

Podían escucharse sus entrecortadas respiraciones.

—¿De...de qué habla? — murmuró ella, sin entender sus palabras, aturdida por los estragos que esos besos dejaron en su organismo.

—A que cuando más lejos quiero estar de ti, cuando más distancia quiero mantener, el destino se encarga de hacer lo contrario— expresó él sin titubeos.

El corazón de Alessandra dio un vuelco, abrió los ojos de golpe para encontrarse con que los suyos la observaban con intensidad. Intentó apartarse un poco, pero él no se lo permitió, la tenía afianzada con fuerza.

—Pero qué... es decir, no entiendo, ¿por qué quiere estar lejos de mí? ¿Hice... algo mal? —cuestionó desconcertada.

Él sonrió a medias sin mostrar sus perfectos dientes y negó con la cabeza.

—Sí, hizo todo mal, más bien, me ha hecho mal a mí, Alessandra—. Logra interesarme más de lo que llegué a imaginar, más de lo que yo quisiera o deseara, más de lo que debería, sabe, usted ...no debería de importarme de la jodida forma en que lo hace, sin embargo, es así —su ceño lo tenía levemente fruncido al decir lo último.

Esas palabras fueron suficientes para que por poco ella se deshiciera en sus brazos, parecían tan sinceras, tan reales, más cuando la miraba de aquella forma al decírselo, aunque, ¿cómo creerle algo así a un hombre como él? Tampoco es que fuese una declaración de amor, pero, ¡Guau!, nunca esperó que él, DOMINIC LOMBARDO, le dijera aquello. Eran palabras fuertes que a su involucrado corazón le hacían mal, porque de verdad tenía sentimientos por él, sentimientos fuertes y verdaderos.

—Señor Lombardo, no me diga estas cosas, por favor —suplicó, sintiendo que sus fuerzas claudicaban—. Bajó la mirada, la confundía demasiado, lo había conocido en una faceta distinta y ya no sabía que pensar.

—¿Por qué no decírselo si es la verdad? —Lo que le estoy diciendo no es ninguna mentira—aseguró él, mientras le alzaba la barbilla con su dedo índice, necesitaba que lo viera a los ojos.

—Usted sabe que nada de esto es cierto—musitó angustiada y todavía incrédula—. Yo lo sé, sé lo que en realidad quiere y usted también lo sabe de sobra, no me quiera confundir, ¿o es que ya se le olvidaron sus proposiciones y todo lo que me dijo cuando apenas me conocía? —No espere que le crea algo así, por favor.

—Claro que lo recuerdo y ya no es igual, yo no soy igual, eso lo dije antes de que...—guardó silencio, el pánico lo invadió. ¿Qué es lo que estuvo a punto de decir? No, no, no, estaba confundido, maldita sea, tenía que estar confundido.

Se alejó de ella notablemente como si su tacto lo repeliera y notó como la decepción invadió aquel par de ojos que lo fascinaban.

—¿Lo ve? —Sabe que lo que digo es verdad, sino, ¿por qué me pide que deje a su hermano? —No quiere que la culpa lo invada, ¿no es así? —Quiere hacer las cosas sin remordimientos, una noche es lo que me ofrece, ¿y luego qué? ¿Me convierto en una más de su extensa lista de conquistas? ¿Así es como termina todo? —Alessandra D'Santi, una más en la lista del más grande mujeriego de todos—. Por eso el tour, la cena, los detalles, ¿por eso sus palabras bonitas? —Dígame, señor Lombardo, porque no lo comprendo, dígame lo que en realidad quiere—exigió con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Por eso está haciendo todo esto? ¿Para acostarse conmigo? ¿Por qué es que me hace esto si yo no le he hecho nada? ¿Por qué no simplemente va en busca de otra mujer habiendo tantas en el mundo? ¿Qué tengo yo que no puede buscar en otra?

Dominic sentía que aquello lo aniquilaba lenta y tortuosamente, algo le dolía en el pecho y eso bloqueaba que el aire entrara a sus pulmones. No podía hablar, no podía pensar, ¿qué le diría? ¿Cómo explicarse? ¿Acaso no era verdad que solo la quería una noche en su cama? Ese había sido el propósito desde que la conoció en aquella fiesta, ¿no? Llevársela a la cama y botarla después, como si fuese un objeto desechable, se lo había repetido tantas veces para sí mismo, se lo expresó miles de veces a su amigo Bruno, que no entendía porque escuchar eso ahora lo estaba matando.

Ella ante su silencio, se sintió más desilusionada, no podía resistir más tiempo frente a él, porque sentía que en cualquier momento rompería en llanto y no quería que la viera así, el alma le dolía profundamente como si algo estuviera desgarrándosela por dentro. Se dio la vuelta para marcharse, pero él la detuvo del brazo y la giró para que ambos quedaran de nuevo frente a frente.

—Tienes todo lo que no he encontrado en ninguna otra mujer, Alessandra— reveló con intensidad y sinceridad en su mirada.

Por instantes eso la dejó sin palabras, no obstante, se recompuso.

—¿Y eso de qué sirve si sus intenciones siguen siendo las mismas? ¿De qué me sirve eso, si usted quiere de mí lo que espera de todas las demás? ¿Todavía no se ha dado cuenta de que yo no soy igual a las mujeres que suele frecuentar?

—Eso lo he tenido claro desde hace mucho tiempo.

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