Después de una noche de varias horas interrumpidas de sueño o prácticamente vigilia total, Dominic Lombardo había llegado esa mañana, a una importante conclusión, pondría distancia entre él y Alessandra. Lo que sintió cuando le reprochó todo aquello, no quería volver a sentirlo jamás, el dolor que experimentó cuando la vio llorar, no deseaba volver a vivirlo nunca más, solo de recordar su rostro de decepción, de desilusión, el pecho se le oprimía, estaba atravesando por todo lo que una vez se juró no sentir y solo la lejanía podía disipar su padecimiento.
Sería difícil, sí, porque le encantaba tenerla cerca, a esas alturas, estar en una misma habitación con ella, a solas, no era saludable, le hacía mal, era tan débil e idiota ante su presencia, no pensaba, no razonaba, ni mucho menos reparaba en lo que hacía. Lo tenía embobado, embelesado, absolutamente cautivado y todo eso le preocupaba, sentía que tenía un enorme poder sobre él, pero sobre todo, le aterraba dejar de tener control de sí mismo, de sus decisiones, de sus actos y de todo, solo por una mujer, por esa mujer, porque era la única que lograba algo así en él.
Estaban ambos en el Jet, de camino a Londres, las únicas palabras que habían intercambiado ese día, fue un simple y formal “Buenos días", de ahí en adelante, no se miraron, tampoco hablaron, iban inmersos en sus cavilaciones, sentados en distintos extremos, como si se hubiesen puesto de acuerdo para mantenerse distanciados. Los dos, después de tanto pensar y pensar, habían llegado a la misma deducción y era, que no permanecerían cerca el uno del otro, no se mirarían más de lo necesario, no hablarían más de lo requerido, no sentirían, no desearían, nada, no podían permitirse sentir NADA. Una locura, claro que sí, sin embargo, fue lo único que se les ocurrió para mantener sus corazones a salvo.
El vuelo no demoró mucho, poco menos de dos horas después de partir de Francia, aterrizaron en territorio londinense. Se despidieron con un simple asentimiento de cabeza y cada uno se fue en coches distintos.
Más triste que nunca, Alessandra condujo a su departamento, para empeorar la situación, la lluvia que caía copiosamente no ayudaba en nada a su desilusionado corazón, fue una tonta, una ilusa por enamorarse de él sabiendo lo que era. Eso se ganaba por poner sus ojos en quien no debía, aunque ella no era de las que se dejaba vencer, mucho menos de las que se echaba a morir por algo como eso, le dolía, sí, pero la vida seguía y por lo tanto, tenía que continuar sin mirar atrás, su futuro estaba en juego y debía luchar por ello, luchar por cumplir sus sueños y metas, que poco a poco iba logrando.
Llegó su departamento tiempo después, todo estaba en su lugar tal y como lo dejó, había un poco de fino polvo sobre los muebles, nada que no se pudiera solucionar con una buena limpieza; se colocó ropa cómoda, puso música y al ritmo de las canciones, comenzó su labor, metió a la lavadora la pocas prendas que traía sucias, arregló todo aquello que le pareció fuera de lugar, en fin, no le llevó mucho tiempo terminar, su espacio siempre estaba bien limpio y ordenado, así que eso le facilitó el trabajo.
Una vez que todo estuvo tal y como le gustaba, se dio un relajante y extenso baño caliente, se preparó algo de comer, habló largas horas con su mamá y su tía por video llamada, luego con su hermano Giorgio, por último con Paulina, quien andaba fuera de la ciudad, con su trabajo de modelo su tiempo era a veces casi nulo, lo bueno que en dos días volvía a Londres y ya se pondrían al día. Total que cuando se percató de la hora y el tiempo, ya había oscurecido. Intentó dormirse temprano pero no pudo, el rostro de Dominic se colaba en sus pensamientos y no se lo podía sacar, las miles de sensaciones que experimentaba cuando la besaba seguían en ella, vivas tal y como si él estuviera ahí, besándola, su cuerpo se sentía extraño, una energía la recorría de pies a cabeza con tanta fuerza que se sorprendía. Frustrada, terminó decidiendo ver una película en Netflix, quizás así lo olvidada y en efecto, lo logró, se quedó dormida horas más tarde.
Que decir de Dominic, se sentía más solo que nunca en esa inmensa casa, precisamente esa noche y después de cenar, su cama le parecía demasiado grande, algo le hacía falta y no lograda discernir que, o sí lo sabía y su terco corazón no lo quería aceptar. Dios, si tan solo la tuviera ahí, a su lado, bajo las sábanas, entre sus brazos y con ese clima ¡Qué no haría con ella! Todo lo que podrían hacer solos, juntos. No se la imaginaba en ningún hotel como a los que solía llevar a sus amantes, no, la imaginó ahí, en su cama, en ese refugio que era prohibido para cualquier persona que no fuera él y claro, el personal que se encargaba de limpiarlo y arreglarlo. No obstante, con ella no le parecía mala idea compartirlo, era ahí donde quería hacerla suya, era ahí donde la pensaba haciéndole el amor despacio, muy...muy despacio cada noche y sí, era estúpido para alguien como él pensar que quería hacerle el amor, pero eso era lo que en verdad quería, no era simplemente sexo, Alessandra despertaba en su ser algo mucho más intenso que el deseo mismo. Quería sus besos solo para él, escucharla suspirar y gemir mientras se mecía en su interior, besar cada rincón de su cuerpo, tocar su piel desnuda, besar esos senos turgentes y redondos que se veían tentadores bajo esa ropa, acariciar sus deliciosas y bien proporcionas curvas, sentir su sabor, grabarse su olor para siempre, JODER, quería todo de ella, todo, absolutamente todo. Estaba al borde del colapso, se sentía como un enfermo desquiciado por desearla tanto y de esa manera. Nuevamente su miembro despertó y estaba duro, duro y rígido como nunca, sobraban mujeres con quien desahogarse, pero era imposible, ninguna podía apagar ese fuego que lo quemaba y consumía por dentro, su medicina tenía nombre y apellido.
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Dos días pues, todo volvió a la normalidad, a las obligaciones y responsabilidades diarias, el clima no había mejorado, por lo general llovía la mayor parte del día, sobre todo por las noches, las nevadas que caían no eran tan fuertes, pero si lo suficiente para mantener la temperatura muy baja y el tiempo helado. Esa mañana, Dominic acababa de llegar, estaba afuera de su oficina sosteniendo una conversación con su asistente, quien ya estaba de vuelta, cosa que lo tranquilizó porque no tendría a Alessandra rondando cerca, si quería olvidarse de lo que sea sentía por ella, el primer paso era mantener la distancia.
Lamentablemente sus pensamientos y la tranquilidad que logró reunir en esos dos días que estuvo en casa descansando, se vieron perturbados cuando una fragancia femenina y exquisita inundó sus fosas nasales, la reconoció al instante e instintivamente, su rostro se giró a las puertas del elevador que acababan de abrirse, sus grises ojos se toparon con aquellos verdes que lo miraron tan profundamente y tuvo que empuñar las manos para reprimir un deseo y dolor descomunal que invadió su ser. Cómo le encantaba mirarla, esas botas altas negras que traía puestas le quedaban de maravilla, le gustaba muchísimo cuando las usaba, aunque seguramente no eran las mismas que ya en una ocasión le pareció haberle visto, las mujeres tenían tantos zapatos, que nunca terminaría de entender el motivo de ello. La fue recorriendo lentamente con la mirada, la gabardina negra que traía abierta le daba una leve muestra del atuendo que ese día portaba, una blusa de cuello alto negro ajustada, mangas largas, combinada con una falta de estampado a cuadros negro y blanco entallada de la cintura y suelta de abajo, ese maquillaje tan sofisticado y perfecto que siempre lucía y una coleta alta que dejaba ver perfectamente sus adorables facciones. Era tan divina, tan hermosa, una muñequita de porcelana.
—Buenos días... señor Lombardo, Clara —saludó la castaña formalmente con un apenas perceptible nerviosismo en su voz.
—Buenos días—respondió el magnate serio al saludo, centrando con dificultad y de nuevo sus ojos en su asistente.
—Buenos días, Ale— contestó la pelinegra muy animada...
Alessandra le sonrió a su amiga y se encaminó a su escritorio y cuando acabó de poner sus cosas sobre este, la puerta de la oficina de su jefe se abrió y el guapísimo rubio de ojos azul-celeste al que llevaba varios días ya sin ver, apareció ante su vista.
—Alessandra D'Santi—exclamó Vittorio con una gran sonrisa en su armonioso rostro.
—¡Vittorio! —expresó ella igual de sonriente y feliz de verlo.
De manera espontánea ambos se acercaron y sin pensarlo siquiera, se fundieron en un fuerte abrazo, un abrazo que no significaba nada más que amistad, un abrazo genuino sin dobles intenciones de por medio, un abrazo que para ellos era solo una prueba sincera de afecto y que para otro, fue la gota que derramó el vaso. El cuerpo de Dominic se estremeció al verlos abrazarse, su rostro se tornó rojo y se contrajo producto de la rabia que lo inundó, ver aquello fue una baldada de agua fría, lo único que sus piernas le permitieron hacer, fue adentrarse a su oficina y cerrar de un portazo que hizo vibrar todos los cristales. La ira le nubló la razón, tanto así, que no pudo dejar de temblar, odió con todo su ser verlos juntos y solo Dios le dio la calma necesaria para no destruir todo lo que había a su paso.
Ellos en realidad estaban juntos, de otra manera no se habrían abrazado ni sonreído de aquella forma, esos pensamientos lo estaban torturando, matándolo en vida para ser más exacto y no había nada que pudiera hacer para controlarlo. Tenía que eliminar esa tensión, esa carga sobre sus hombros que estaba acabando con él, así que por inercia, sus manos buscaron su móvil en el bolsillo de su pantalón, sus dedos se deslizaron por aquella pantalla, buscaron un contacto y marcó.
Sí, estaba haciendo bien, debía deshacerse de esas malditas emociones de una jodida vez.
A media tarde, cuando por fin logró un poco de sosiego y paz en su interior, escuchó un débil toque en la puerta de su despacho, que si bien no logró desconcentrarlo del importante trabajo que se encontraba elaborando, lo distrajo un poco. Autorizó la entrada sin levantar la vista de su laptop, escuchó la puerta abrirse y cerrarse débilmente, seguido de un silencio que duró largos segundos, eso captó su atención unos instantes e hizo que alzara la mirada al frente, sus hormonas se descontrolaron tan de prisa cuando vio a Alessandra ante sus ojos, que casi le provocan un infarto. ¡Carajo!
—Señorita D'Santi, ¿qué está haciendo aquí? — preguntó mientras se ponía en pie—. Que tonta había sido su pregunta, obviamente Vittorio tenía que haberla enviado, porque de otra manera, no estaría ahí, ¿no se le pudo ocurrir preguntar otra cosa? —¿No está mi asistente en su puesto? — inquirió, al ver que tocó directamente.

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