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Impacto italiano romance Capítulo 35

La respiración del magnate se vio interrumpida cuando escuchó esas simples palabras salir de la boca de su hermano y que por cierto, le habían caído como baldada de agua fría. "Alessandra y yo, no somos novios, nunca lo fuimos y nunca lo seremos" ¿Qué era toda esa Payasada? ¿Cómo le venía a decir eso justo ahora?

Silencio, fue lo que siguió, un largo silencio que se prolongó por varios segundos. Su cerebro no podía procesar lo que acaba de escuchar. O sea que, ¿había sido un estúpido todo ese tiempo? No lo podía creer.

—¿Escuché bien? —indagó con el entrecejo fruncido—. No podían haberlo engañado de esa maldita manera.

—Perfectamente, Alessandra no es mi novia, aparte de nuestra relación laboral, nosotros solo somos buenos amigos, nada más—. Quiero que eso quede claro y que no haya malentendidos.

Dominic empuñó las manos, el enojo comenzó a apoderarse de él. ¿Hizo el ridículo por una vil mentira?

—¿Por qué? —se encontró preguntando—. Necesitaba saber por qué, habían inventado todo ese teatro, ¿qué ganaron con ello?

Vittorio suspiró y lo observó fijamente. Su hermano parecía realmente molesto y seguía sin entender el motivo.

—Alessandra no te quería cerca de ella—fue directo al grano—. Por eso se lo propuse, aunque, tú solo asumiste que teníamos una relación, porque ninguno de los dos te lo confirmó jamás, ¿o sí?

Y si esperó que enterarse de la farsa había sido lo peor, oír esas otras palabras terminó de aniquilarlo. Le habían dado donde más podía herirse a un hombre, directo al ego, al orgullo y el suyo era demasiado grande.

No lo quería cerca de ella. Perfecto.

—Felicidades hermanito, lograron lo que querían—soltó con ironía—. Buen trabajo.

—¿Por qué estás tan molesto, Dominic? —inquirió el rubio intrigado, al notar la rabia contenida en esos ojos grises que ahora lucían totalmente oscuros—. Me da la impresión de que darte cuenta de esto, te afectó, cualquiera diría que te preocupa el bienestar de Alessandra.

—¿Preocuparme? — se rio— ¿Cuándo me ha preocupado a mí una mujer?

—Que yo sepa, nunca, pero, entonces... ¿qué te sucedió esta noche? ¿Por qué los reclamos? ¿Por qué la escena? — Estabas fuera de sí, ni siquiera te reconocí y lo que hiciste hoy, solo lo hace una persona que realmente se preocupa por otra. —Dime la verdad, ¿te interesa Alessandra?

Desvió la mirada. Fue un imbécil, él defendiéndola y ella solo fue una completa mentirosa. Había perdido la cordura y todo por una maldita mujer.

Esa misma tarde, le había confesado que estaba dispuesto a hacer lo que fuera, por estar con ella, que cambiaría lo que quisiera, que harían las cosas a su manera, todo, con tal de tenerla con él y encima, le pidió que dejara a su hermano y la muy falsa, hipócrita, no le había dicho nada. Probablemente fuera de su vista, se burló de él. Fue un IDIOTA, un millón de veces IDIOTA por considerar la posibilidad de cambiar...por ella.

—No me interesa—declaró con soberbia—. Solo... me pareció mal que la estuvieras engañando, con su mejor amiga, fue nada más eso.

Victorio no le creyó, no del todo.

—Aun así, me parece que tu reacción fue demasiado exagerada—¿Estás completamente seguro de que no te importa? —Quizás... al fin conociste la mujer que te hará cambiar.

Se rio despreocupado. Nadie podía saber nunca lo mucho que Alessandra le provocó, las cosas que le hizo sentir y menos ahora que sabía la verdad.

—¿Cambiar yo? —volvió a reírse—. No digas estupideces, Vittorio, yo no cambiaría ni volviendo a nacer, ¿quedó claro? — Además, ya te dije que no me importa, habiendo tantas mujeres y mucho más lindas, ¿por qué me interesaría en una tan simple como ella?

El rubio alzó ambas cejas. Su hermano nunca cambiaría.

—Me alegra saberlo, porque Alessandra no merece a un gilipollas como tú—. Necesita algo mejor, comenzando por uno que la quiera de verdad y no uno que ande por ahí, haciéndole propuestas indecorosas.

—Eso fue hace mucho tiempo—farfulló Dominic furibundo, fulminándolo con la mirada—. Quédate tranquilo, tú amiguita, ya no está en mis planes. —Ah... y por supuesto que no merece a alguien como yo, para su desgracia, no tiene la dicha de tener tanta suerte.

—Tienes el ego muy alto.

—Y tu pareces tenerlo muy bajo.

Vittorio puso los ojos en blanco, era un caso perdido.

—En vista de que todo está aclarado, ¿será que ahora sí vas a dejarme continuar con mi cita tranquilo? ¡Qué vergüenza! Me has dejado en completo ridículo— ¿Con qué cara veré a Paulina ahora? — Probablemente piense que soy la misma calaña que tú y que estoy saliendo quien sabe con cuantas mujeres más.

Dominic se avergonzó ¿Hasta dónde había llegado? por esa razón era que nunca se permitió sentir algo más que deseo por una mujer, porque los hombres perdían la cabeza por ellas y él, estuvo a punto de perderla.

—¿Necesitas que hable con ella? —Puedo aclararle que fue un malentendido.

—No, gracias por el ofrecimiento, pero, seamos honestos, viniendo de ti y con tu fama, dudo mucho que te crea, déjamelo a mí, sabré que decirle.

Volvió a fulminarlo con la mirada y por primera vez en sus 29 años de vida, le preocupó su mala reputación.

*******

Llevaba largo rato sentado sobre el borde de su escritorio, estaba pensativo, ensimismado, frente al ventanal, cuya amplitud le regalaba una vista magnífica del exterior. Se sentía extraño y raramente intranquilo, no había pegado un ojo en toda la noche y esa mañana, tampoco podía concentrase en trabajar, ni siquiera había avanzado un poco con sus pendientes, tenía una pila de documentos por revisar y no sabía por dónde comenzar. Tenía molestia consigo mismo, por haber bajado la guardia ante ella, esa tramposa, que con esos dulces ojos lo embaucó, desde el principio sabía que todo era una fachada, una máscara y él había caído redondito. Todas las mujeres eran iguales, unas peores que otras, pero cortadas con la misma tijera y ahora tenía mucha más razón para pensar así de ellas. Lo peor de todo, era que realmente no sabía porque era que estaba tan enojado, tampoco era la gran cosa, sin embargo, no lo podía evitar, él odiaba las mentiras, chiquitas o grandotas y más que eso, odiaba que ella no quisiera tenerlo cerca. ¿Por qué respondía de esa manera a sus besos si tanto lo repudiaba? ¿Acaso quería obtener algo de él? Porque si era así, su jueguito se había venido abajo. Ya decía que no podía ser tan angelical como parecía. El teléfono sobre su escritorio repicó y lo devolvió a la realidad, sin dejar de contemplar la ciudad, presionó el botón del alta voz y contestó.

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