Alessandra salió de la oficina en cuanto obtuvo los documentos firmados y Dominic casi quiso retenerla con cualquier excusa, al sospechar que se toparía con Belmont. ¡Maldición! Estaba dispuesto a dar lo que fuese, por evitar que esos dos cruzaran la más mínima palabra. La impotencia acumulada de todos esos meses, volvió a invadirlo y toda esa frustración, se alojó en sus hombros, ya no sabía qué hacer con su vida.
—Alessandra, ¡Qué gusto verla de nuevo! —saludó Belmont muy educado, ofreciéndole su mano al toparse con ella de frente—. Estaba muy elegante ese día, con un esmoquin beige que quedaba perfecto en su cuerpo y con el tono de su piel—. Era tan imponente como Dominic, solo que cada uno con su estilo, de bellezas muy distintas, pero ambos seductores y todos unos rompe corazones.
—Señor Flamcourt, para mí también es un placer verlo—expresó ella sonriente, estrechando su suave y perfumada mano—¿Supongo que los negocios lo traen por aquí?
Él sonrió de manera seductora, la mirada le brilló.
—Una visita amistosa, nada más.
—Comprendo, en ese caso, no lo detengo más, el señor Dominic lo espera adentro, yo voy a continuar con mi trabajo.
—Me imagino que aquel escritorio rebosante de rosas, es el suyo—señaló el castaño—. Veo que tiene muchos admiradores.
Alessandra se puso colorada.
—No es eso, es que hoy... es mi cumpleaños—se sinceró a decir.
—Ya decía yo porque la miraba tan hermosa—. Y pues en ese caso, feliz Cumpleaños, ¿me permite darle un abrazo?
Alessandra se alarmó y miró a Clara con disimulo, la pelinegra a gritos, a través de esos ojos almendras, le pidió que dijera que sí, claramente estaba encantada con el guapo francés, ¿y quién no?, porque si ella no se hubiese fijado en cierta persona, el guapísimo hombre delante de ella, no le pasaba desapercibido.
—Por supuesto—accedió dudosa.
Belmont se acercó y la abrazó sin segundas intenciones, ciertamente la chica le encantaba, pero ante todo eso, era un caballero, aparte, también respetaba el lugar en donde estaba.
Dominic estaba impaciente al notar que los minutos pasaban y su supuesta visita, no entraba, se inquietó al imaginar que podían estar juntos y casi corrió a la puerta, para que al abrirla, se topara con los dos abrazados, ese no era su día, por Dios que no. La cabeza le dio vueltas de la ira que lo carcomió y si no es porque estaba haciendo uso de lo último de raciocinio que le quedaba, se abalanzaba sobre su socio y de un empujón, lo alejaba de su mujer, porque eso era lo que quería, que Alessandra fuera suya... su mujer, ¿posesivo? sí, pero era el único sentimiento que se desencadenaba en él al verla con otro.
Todos se percataron de la presencia del magnate y Alessandra tras liberarse de los brazos del fortachón, se disculpó y corrió a su puesto.
—Pensé que te habías marchado—comentó Dominic a su visita, con aparente serenidad, aunque por dentro estuviera hecho una bomba, a punto de estallar.
—Me detuve a saludar un rato a Alessandra y de paso, a felicitarla por su cumpleaños.
—Ya veo— sonrió falsamente—¿entramos?
—Después de ti—contestó Belmont, dando un último vistazo al puesto de la castaña, lamentablemente no estaba ahí.
Dominic notó su insistencia en buscarla. Contrariado entró a su oficina y luego se hizo a un lado para dejarlo pasar.
—Ponte cómodo—le pidió una vez que cerró la puerta—¿Deseas tomar algo?
—Agua estaría bien, gracias— respondió Belmont, acomodándose en los sillones de cuero.
—¿Fría o al tiempo?
—Fría, si no hay inconveniente.
Luego de que Dominic le diera la orden a su asistente para que trajera el agua y un café para él, se acomodó en otro sillón, quedando los dos caballeros frente a frente.
—¿Y qué te trae por aquí? —indagó aun sabiendo la respuesta—¿Estás cerrando algún negocio?
—No, no, estoy de paso, unos asuntos sin importancia y bueno, me decidí pasar a saludarte— ¿Te molesta? —cuestionó el castaño al verlo serio.
Dominic se enderezó en el sillón. ¿Era tan evidente?
—Claro que no— negó relajando el rostro, tenía que ser menos demostrativo—¡Qué carajo! —Puedes venir cuando gustes, tú sabes que eres bienvenido, es solo que ando un poco de estrés acumulado últimamente.
—Entiendo, lamento no avisarte que llegaba, debo suponer que estás muy ocupado.
—No te preocupes, necesito distraerme un rato, el trabajo me consume mucho tiempo, además, no tengo nada tan urgente que requiera mi inmediata atención.
—Ya veo—suele pasarme, es por eso, por lo que me tomé unos días de descanso.
—¿Cuánto tiempo vas a quedarte en Londres?
—Hasta el fin de semana, viajo el lunes por la mañana a Francia.
¿Tanto tiempo? Apenas y era miércoles. Nunca en su vida había deseado tanto algo, como en ese momento deseaba que su socio volviera a su país..
—Bastante, por lo que veo no tienes muchos pendientes por allá.
—Si no es porque eres un adicto al trabajo como yo, pensaría que te urge deshacerte de mí—bromeó Belmont.
Dominic se rio avergonzado. Seguía siendo demasiado evidente. ¿En qué se había vuelto ahora? ¿En un crío que no podía dominar sus emociones?
—No, por supuesto que no, ¿cómo crees? —Exactamente por eso te lo digo, me parece extraño que un hombre tan ocupado, se tome tantos días libres—. Tú sabes cómo somos nosotros de estrictos con esto de los negocios, pero, ya que vas a estar por aquí, deberíamos quedar un día de estos para tomar algo, no todo el tiempo podemos vernos.
—Me parece estupendo, no me caería mal una salida, ya que cuando llegue, me espera mucho trabajo—. Por cierto, Dominic, hay algo que quiero preguntarte.
Hasta que salió el peine, se había tardado.
—Claro, lo que quieras.
—¿Tú crees que Vittorio se moleste si invito a salir a su asistente?
Y la pregunta le cayó como si un terremoto sacudiera todo su ser y todo en su interior se derrumbara. Cerró los ojos para asimilar lo que acaba de oír y la respiración se le tornó pesada.
—Es que... desde que la vi cuando te acompañó en aquella ocasión a Francia, quedé prendado de ella—. Me encantó mucho su belleza y sobre todo, su inteligencia, es una en un millón— continuó diciendo.
—Ya decía yo que no en balde habías venido hasta aquí— quiso decir Dominic en tono burlesco, sentía la sangre hervirle.
Belmont sonrió.
—Me descubriste— admitió—. La verdad es que sí, por Alessandra estoy aquí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Impacto italiano