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Impacto italiano romance Capítulo 38

Alessandra lo observó desconcertada tras escucharlo decir esas palabras, ni en sus sueños más locos, esperó que él, le confesara algo así. La mente le decía que no podía creerle, pero el corazón le pedía que sí, que se arriesgara, que lo hiciera, que todo lo que decía era sincero y sobre todo, verdadero, en sus ojos creía ver sinceridad, transparencia y eso no se podía fingir. Aún estaban muy juntos, con los rostros a escasos milímetros de distancia, con las respiraciones interrumpidas, muy afectados por esa proximidad de sus cuerpos. Ella permaneció en silencio, sin decir nada y procesando todo lo que acontecía.

¿Que estuvieran juntos? Todavía seguía sin creerlo, eso tenía que ser un sueño. Un sueño...que de ser así, no quería despertar.

—Alessandra—la llamó él preocupado, pensando lo peor al ver que no respondía—. Estaba seguro de que moriría si lo rechazaba.

—No...no sé que decir—logró articular al fin momentos después—. Usted... no es hombre de una sola mujer y yo, no quiero ser una más— bajó la mirada—no puedo ofrecerle lo que quiere y necesita.

—No, no me has entendido bien—tomó su barbilla y le alzó el rostro para que lo mirara—. Es a ti a la única mujer que quiero conmigo, no deseo ni quiero a ninguna otra, ¿no ves cómo me tienes? —Si poco me falta para enloquecer, estoy pensándote todo el tiempo, haciendo cosas que nunca hice, rompiendo reglas indispensables en mi vida que jamás había roto y todo por ti, porque te me metiste hasta en la piel, porque no dejo de añorarte y porque si no estoy contigo, no sé qué será de mí—. Me tienes en tus manos, lo único que quiero es... una oportunidad.

—¿U-Una oportunidad? —tartamudeó confusa— ¡Dios santo, era demasiado bueno para ser real!

—Sí, una oportunidad para estar juntos, como una pareja, de verdad— dijo Dominic con firmeza—. No sé exactamente cómo hacerlo, mis relaciones han sido diferentes, sin importancia y sobre todo, superficiales, sin embargo, contigo, estoy dispuesto a intentarlo todo, absolutamente todo.

—Pero es que, tengo miedo, somos tan distintos.

—¿Tu sientes algo por mí? —se animó a preguntarle y la miró con atención—. Debía tener sentimientos por él, porque de lo contrario, no lo besaría de esa forma tan intensa y apasionada, había más que atracción entre ellos, lo sentía.

Alessandra se mordió el labio inferior y asintió. ¿Para qué esconderlo más? Se moría por él.

Él quiso pegar un grito al cielo al confirmarlo y por poco y salta en un pie de felicidad, pero tenía que tranquilizarse, no era un crío, debía aprender a controlar sus emociones. No pudo contener los increíbles deseos de besarla que despertaron nuevamente en él y sin previo aviso, volvió a robarle un beso que la dejó en las nubes. La estrujó contra su cuerpo todavía más, como si quisiera que ambos se volvieran uno solo, como si quisiera que sus almas se fundieran, necesitaba de ella, necesitaba de su amor, de sus caricias, necesitaba descubrir que era en realidad todo lo que ella le hacía sentir y aunque ya tenía una idea de lo que era, tenía que comprobarlo por sí mismo.

—Dime que sí, dime que vas a darme una oportunidad, por favor—imploró, mientras tiraba suave y fervorosamente de su labio—. Te quiero para mí, Alessandra, solamente para mí.

—¿Y usted? ¿Será solamente para mí? —quiso saber perdida, aturdida por el roce de sus labios y con un deje de timidez en su tono de voz al hacer esa pregunta tan osada—. Pero Jesús Misericordioso, si casi sentía que flotaba en el aire, que bien besaba ese hombre, era el dios de los besos, la hacía olvidarse de todo, hasta de la vergüenza.

Él sonrió contra su boca... ¿eso era un sí? ¡Alabado sea Dios!

Sí, sí, solamente para ti, en todos los sentidos, de todas las maneras posibles, solo tuyo y de nadie más, lo prometo— ¿Vas a dejarme estar cerca de ti? — No puedo soportar tenerte más tiempo lejos— agregó después, realmente estaba desesperado.

—Mmmm... estará a prueba señor Lombardo—declaró Alessandra en tono juguetón y con la mirada iluminada—. Seguía desequilibrada, su olor la tenía embriagada, todo de él la hacía alucinar.

Él sonrió ampliamente ante la respuesta y le arrebató otro beso. ¡Uy! era adicto a su sabor, no obstante, si continuaba besándola así y en ese espacio tan pequeño, no podría contenerse y lo que menos quería, era que ella pensara mal. Tenía que ir despacio si quería que todo saliera bien.

—No tengo ningún problema con eso, haré mi mejor esfuerzo—musitó Dominic, encantado con el brillo inocente de sus ojos.

Ella sonrió ampliamente y él sintió que el corazón se le aceleró, Dios, iba a matarlo si volvía a sonreír así.

—Me encantan tus ojos y creo que ya te lo había dicho—. Me fascinas tanto, que siento que puedo perder la cabeza en cualquier segundo, si es que todavía no lo he hecho.

Alessandra se ruborizó increíblemente con esas palabras, pero más todavía, por la potente mirada con que él la analizaba. El rostro le ardía producto del intenso calor que recorrió su cuerpo. Era tan encantador cuando se lo proponía, tan imponente que la intimidaba, tan atractivo que la embrujaba y tan poderoso que... la asustaba.

—De... debo irme— dijo nerviosa—. Se preguntarán dónde estoy y es muy probable que vengan a buscarme.

Él sonrió y la miró más atentamente.

—¿Te pongo nerviosa? — susurró seductor muy cerca de su oído.

Ella abrió los ojos de hito en hito. Claro que la ponía nerviosa y es por eso, por lo que tenía que irse de ahí, podía jurar que los latidos de su corazón, se escuchaban hasta Marte.

—Señor Lombardo, tengo que irme—volvió a decir inquieta.

—Te dejaré ir con la condición de que dejes de llamarme señor Lombardo y me digas solo Dominic.

—Pero es que...

—Pero nada—O es eso, o nos quedamos aquí un largo rato más y créeme, a mí no me importaría—rozó sus labios y volvió a apoderarse de ellos—. No quería y tampoco podía dejar de besarla.

—Está bien, Dominic—murmuró la castaña sin aliento—. No quería irse, al contrario, deseaba seguir entre sus brazos, sin embargo, era posible que los demás ya estuvieran preguntándose dónde se había perdido tanto tiempo y no quería que la encontraran en esa bochornosa situación.

Sonriente, el magnate se alejó unos centímetros y le permitió espacio para dejarla salir. Ella perturbada, se movió a abrir la puerta, pero en un rápido movimiento, él volvió a apresarla entre sus brazos.

—Me está costando demasiado dejarte ir—besó su frente—. ¿Por qué estaba tan feliz? —En serio que se sentía como un niño al que acababan de regalarle un dulce o un juguete nuevo.

—Debe hacerlo, a menos que quiera que nos encuentren aquí.

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