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Impacto italiano romance Capítulo 41

—Te parece si nos vamos juntos a tu departamento en mi camioneta? —le consultó Dominic con voz suave, cuando salían tomados de las manos del restaurante—. La cena fue tan extraordinaria y placentera, que el tiempo se les había pasado de prisa, bien dicen que cuando disfrutas de algo, las horas corren más rápido. —Dante puede conducir tu auto, además, me gustaría pasar más tiempo contigo y hay algo que me debes—le susurró al oído.

El cuerpo de Alessandra se estremeció y los vellos se le erizaron ante el leve toque de sus labios en su oreja. ¿Por qué demonios era tan encantador y seductor? Madre del Altísimo, ese hombre la alteraba como ningún otro lo hizo. ¿Cómo decirle que no? Aparte, anhelaba sentir su boca contra la suya, su cercanía, su olor, sus brazos alrededor de su cuerpo y más, mucho más, porque Dominic Lombardo, la hacía desear cosas en las que nunca se había dado tiempo de reparar.

—Me encantaría—musitó apenada por sus anteriores pensamientos y eso que no era lo más oscuro que había pensado cuando se trataba de él.

Él sonrió satisfecho.

Avanzaron el corto camino en silencio hasta la despampanante y lujosa camioneta último modelo del magnate, una que de hecho, no era la misma que había visto la última vez. Como todo un brillante caballero, abrió la puerta del copiloto para ella, la ayudó a subir, ella le entregó las llaves de su auto y él se las pasó de inmediato a su jefe de seguridad.

Sus manos entrelazadas y sus constantes intercambios de miradas fue lo más predominante en ese silencioso trayecto de regreso. Las palabras no fueron necesarias para demostrar como ambos se sentían, la reacción de sus cuerpos lo decía todo. Los dos pensativos, no porque tuvieran dudas, sino por lo grande que sentían era el sentimiento que por primera vez en la vida, experimentaban con tal magnitud. Al detenerse en un semáforo, Dominic alzó la pequeña mano que sostenía entre la suya y la llevó a sus labios para besarla, miró a los ojos a Alessandra que parecía impresionada ante el gesto y le sonrió sin mostrar sus perfectos dientes.

—Solo tú, logras sacar lo mejor de mí— le reveló sin dejar de contemplarla—. Era tan linda, que solo Dios sabía el trabajo que le costaba reprimir todo lo que le provocaba. Descontrolaba sus hormonas de una manera que ni él reconocía.

Ella le sonrió ampliamente halagada con esa revelación.

—Y a mí me tiene más que fascinada esta nueva faceta tuya—contestó ansiosa—. Su cuerpo se negaba a liberarse del nerviosismo que él le causaba.

¿Cuándo sería libre de tales emociones y ser un poco más espontánea?

—¿Sí? —inquirió pícaro con una ceja enarcada.

—Sí—afirmó segura

—Y eso que apenas estamos comenzando— le guiñó un ojo, lo que le dio a entender, que prometía muchísimas cosas buenas, muy buenas.

Pasó saliva, ¿por qué últimamente solo pensaba en cosas que no debía? Ella no era así. ¿Qué le estaba pasando?

Llegaron al edificio en donde se encontraba su departamento, entraron al parking subterráneo, Dante había llegado minutos antes y dejó aparcado el coche en uno de los espacios. Una vez que Dominic hubo encontrado un lugar para estacionarse él también, apagó el motor, bajó de la camioneta y abrió nuevamente la puerta del copiloto, pero esta vez, para que ella bajara.

Suspiró fascinado cuando la tuvo muy cerca y frente a él. Moría por ella. Oh sí.

—Llegamos, señorita D'Santi— mencionó mientras la envolvía con sus brazos afianzándola por la cintura.

—Debería sentirme mal porque el jefe de mi jefe esté tratándome con tanta confianza—murmuró juguetona.

—Pues ahora le voy a dar un motivo lo suficientemente grande para que de verdad se sienta mal, señorita—respondió él siguiéndole el juego—. Digo, si va a sentirse así, que sea por algo, que en realidad valga la pena.

No la dejó siquiera responder, cuando la sorprendió capturando sus labios. Su hábil lengua se abrió despacio paso en su cavidad y ella lo recibió más que gustosa, llevaba toda la noche deseando que la besara de esa forma y ya que estaba pasando, no podía sentirse más que encantada. Sin dudarlo posó sus manos sobre sus duros pectorales y fue deslizándolas poco a poco hasta ahuecar con ambas su cuello y acariciarlo, tomando la iniciativa por primera vez de pegarse más a él y tomar el control de la situación.

El gruñó ante su apasionada respuesta y solo rogó a Dios que le diera fuerzas para controlarse, porque estaba que perdía la cabeza por llevarse a esa mujer a la cama, a su cama, exactamente y hacerle el amor como no se lo hizo a otra. Y es que él nunca había hecho el amor, el solo tenía sexo... duro.

Pasión y ternura eran los sentimientos que lo acompañaban en ese instante, pero sobre todo y lo más importante, amor, ¿amor? sí, eso era exactamente lo que sentía por ella y cada día que transcurría, se convencía más de ello. La mezcla de todas esas emociones, era lo que estaban acabando con él, con sus fuerzas, con su autocontrol, con el dominio de sí mismo, sin embargo, tampoco quería alejarla o peor aún, atemorizarla con sus desenfrenados deseos. Despacio, así debía ir, por mucho que le costara, la espera valdría la pena.

—¿Te he dicho que tus labios son los más exquisitos que he probado en toda mi vida? —le preguntó con esa demandante mirada gris, cuando liberó su boca para recuperar oxígeno.

Ella negó afectada también por la escasez de aire y claro, por los besos. No era de hierro, el fuego a esas alturas ya corría por todo su sistema.

—¿Y yo te he dicho que nadie me ha besado como tú? —le dijo osada, la intensidad de la situación le dio más valor.

Él sonrió complacido de que fuese más abierta con él, eso significaba que poco a poco, comenzaba a confiar.

—Y hay muchas cosas más que puedo hacerte como nadie jamás lo haría, sobre todo, mostrarte, pero, todo a su debido tiempo—profesó él poseyendo lentamente su boca—. Nuevamente esas palabras, iban cargadas de muchas promesas, promesas que ella quería descubrir, Dios, llevaban tan poco saliendo, un día, un miserable día y ella ya sentía la necesidad de experimentar todo eso en lo que claramente él ya era un experto. Quería correr sin antes gatear y esa noche, tendría que hablar muy seriamente con su conciencia y decirle que bajara un poco la intensidad.

—Ya es tiempo— le gritó una vocecilla insolente en su cabeza—. Cállate— la reprendió de prisa.

La fogosidad y vehemencia de los besos fue ascendiendo, al punto de que Dominic se vio en la necesidad de ponerle un alto, no quería, por supuesto, pero era necesario, la dureza en su entrepierna iba a evidenciarlo si es que no lo había hecho todavía y para su orgullo varonil, su bien dotado amigo, no podía ocultarse tan fácilmente, así que, o paraba en ese momento o tendría un grave, doloroso y vergonzoso problema después.

Oooh si, luego de dejar a Alessandra, una ducha bien fría lo esperaba en su casa. Ya había perdido la cuenta de cuántas se había dado en su nombre.

Se separó poco a poco de manera discreta, sin alejarse por completo, solamente marcó una pequeña distancia entre sus cuerpos, aún seguía sosteniéndola por la cintura. Los dos dedicaron esos segundos a recomponerse y normalizar sus respiraciones. Las miradas de ambos no perdieron contacto en ningún momento. Los labios los tenían enrojecidos e hinchados, a pesar de eso, anhelaban más.

—Es tarde, te acompaño a tu departamento y luego me voy.

Ella asintió extrañada por su cambio, aunque si lo pensaba bien, era lo mejor, no se reconocía, con solo unos besos de él se le habían removido hasta las pasiones más bajas, ocultas y no pudo evitar pensar, en cómo sería cuando llegara a…

—Alessandra, DEJA DE PENSAR EN ESO —se recriminó.

—Vamos—dijo con las mejillas sonrojadas.

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