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Impacto italiano romance Capítulo 44

Desde que Dominic puso en pie en su habitación, Alessandra percibió al instante que todo a su alrededor olía exquisitamente a él. Todavía en sus brazos, curiosa, observó todo sin reparo, predominaban los colores café oscuro y grises, así como también el negro, todo era lujoso por donde se le mirara, cada cosa en su sitio, el orden se apreciaba por cualquier rincón, una recámara tan pulcra y limpia como su dueño. El piso de mármol brillaba tal cual espejo, además de que era de un radiante e inmaculado color negro, muy distinto al del resto de la casa que era blanco, finos y costosos muebles decoraban el lugar, la enorme cama de casi 2 metros y medios estaba intacta, bien tendida y frente a esta, un juego de elegantes sillones de cuero y un Smart TV de no menos de 100 pulgadas incrustado en la pared. A un lado, pudo notar dos amplías ventanas que iban desde el suelo al techo y en el centro de estas dos, una amplia puerta de cristal, con bordes de madera oscura que claramente dirigía a un balcón, además, había tres puertas en el interior, probablemente una de ellas conducía al baño, otra al vestidor de él y quizás, la otra también era otro vestidor, después de todo, esa era la habitación principal.

—Veo que le gusta la vista, mi bella dama.

—Lo siento—se disculpó por ser tan obvia—. Es que es muy bonita tu habitación, no lo pude evitar.

—No te preocupes, puedes ver cuanto quieras—contestó mientras la depositaba suavemente sobre la cama y le daba un beso en la punta de la nariz—. Y qué bueno que te guste, porque aquí dormiremos juntos— le guiño un ojo.

Alessandra sintió que el pulso se le aceleró.

—¿Estás seguro? —No quisiera incomodarte.

—¿Incomodarme? —¡Jamás! — Menos después de lo que pasó hoy entre nosotros, no podría dormir lejos de ti.

—Tampoco yo—confesó ella con el corazón rebosante de dicha.

Dominic le tomó ambas manos entre las suyas y las besó en un gesto de caballerosidad. Pasaron varios segundos en los que se quedaron en silencio, contemplándose el uno al otro con fijeza. Sus ojos transmitían absoluta felicidad y sobre todo...amor, aunque ninguno de los dos se había animado a admitirlo abiertamente.

—Es enorme tu Smart, apuesto lo que sea a que ni siquiera lo usas— comentó al sentirse intimidada.

—No te equivocas, rara vez lo enciendo—confirmó él.

—Yo en tu lugar, no me despegaría ni un segundo de la pantalla, lo primero que haría, sería buscar en Netflix la película de Orgullo y Prejuicio, para ver al señor Darcy en grande—se carcajeó.

—Ustedes las mujeres y su afán con ese tal señor Darcy, no sé qué le ven.

—Es que es muy guapo—quiso molestarlo.

—Cuidado, que soy muy celoso, señorita D'Santi—advirtió a manera de broma—. Además, el actor que interpretó su papel, ya está viejo y feo.

—¿Cómo te atreves a hablar así de mi Matthew? — fingió ella indignación—. Aunque esté viejito y le falten todos los dientes, igual lo voy a querer.

—De verdad que estoy comenzando a sentirme molesto—respondió divertido acercándose para besarla en la boca.

—No tienes porqué, a ti te quiero más—susurró fascinada con su proximidad.

—Yo sé que sí, pero, a mí no me gusta compartir lo que es mío con NA-DIE y usted, señorita, ahora es mía, es mi mujer—recalcó con voz ronca—. Completamente mía de la cabeza a los pies—continuó diciendo, a la vez que tiraba de su labio inferior con sensualidad.

Ella eufórica, tomó su rostro entre sus manos y lo besó con ansias. Con tan solo esas palabras, había tenido la facilidad de descontrolarla, alterarla y acalorarla.

¿Su mujer? ¿Había dicho su mujer? Ufff, comenzaba a sentir que el aire le faltaba.

—¿Quieres darte un baño antes de dormir? —interrogó Dominic alejándose un poco antes de entrar más en calor—. Acababa de hacerle el amor y por Dios que ya sentía la necesidad de hacérselo de nuevo, pero, por esa noche, dejaría las cosas así, se conformaría con dormir con ella y despertar a su lado. —Mientras iré a la recámara de mi prima a buscarte algo para que vistas.

—Un baño estaría genial— aceptó encantada con la idea.

—La primera puerta a la izquierda es el baño, ahí encontrarás toallas de repuesto y albornoz si lo necesitas.

—Gracias.

—Por nada, ahora vuelvo.

Ella asintió y cuando lo vio salir, corrió al baño a toda prisa. Al abrir la pesada puerta tallada de fina madera, se quedó patitiesa, pasmada ante lo que veía. Ese baño era del tamaño de su sala y diez veces más grande que el de su departamento. Guau, los placeres que podían darse los ricos. Tenía unos acabados de lujo asombrosos y los detalles en la decoración eran tan sofisticados como espectaculares. Quien lo hizo, tenía un excelente gusto.

Tomó una de las impecables toallas blancas que estaban en uno de los cajones del tocador, comenzó a desvestirse, depositó la camiseta negra de Dominic en el cesto de la ropa sucia, se quitó las bragas, abrió la puerta de vidrio y se metió en la ducha. El agua caliente y el vapor relajaron los doloridos músculos de su entrepierna y tuvo una cálida sensación de alivio. Quería tomarse su tiempo, relajarse bajo el chorro, no obstante, decidió apresurarse, no quería que su novio entrara y la viera como Dios la envió al mundo, aunque evidentemente, ya la había visto. Se enjabonó, se lavó el cabello, el rostro y después de unos minutos, terminó con su baño. Colocó la toalla sobre el cabello mojado, tomó uno de los albornoz de seda negro que tenían grabadas las inicias D.L en hilos dorados y se lo puso. ¡Wow! Con timidez salió nuevamente a la recámara y se encontró con Dominic recostado sobre la cama, tenía los ojos cerrados, los brazos cruzados tras la nuca, lucía relajado y…cansado.

—El baño está libre, si deseas tomar una ducha tú también—anunció ella con vos aterciopelada y nerviosa.

Malditos nervios que no la dejaban en paz.

El abrió los ojos con lentitud, la miró al principio un poco confuso, evidentemente se había quedado unos minutos dormido, se sentó sobre el colchón y entonces, su mirada pasó de confusión a deseo, la recorrió completa sintiendo la necesidad de despojarla de todas las prendas que llevaba puestas y llenarla de sumo placer en su cama, como hacía mucho anhelaba, hacerle el amor precisamente ahí, en ese espacio tan personal y privado para él. Quería que sus olores quedaran impregnados en sus sábanas. Negó con la cabeza. Lo mejor sería que descansaran.

Se aclaró la voz.

—Sí, ahora voy—. Te traje algo para que duermas cómoda, ropa interior nueva y unas pantuflas.

—Espero a tu prima no le moleste que use sus cosas, sobre todo la ropa interior—. En la primera oportunidad le compraré una nueva.

—No te preocupes, con tantas cosas que tiene, ni siquiera lo notará y en cualquier caso, yo se la repongo, aparte, viene una vez al año y créeme, rara vez usa algo de lo que guarda aquí, por lo general utiliza la ropa que trae—. Por cierto, también he traído tu bolso por si lo necesitas, lo olvidaste en el jardín.

—Te lo agradezco, justo estaba pensando en ir a buscarlo, siempre cargo un cepillo de dientes conmigo por cualquier emergencia.

Él asintió.

—Ustedes siempre piensan en todo—. Te dejo para que te vistas tranquila, voy a ducharme.

—Si no te molesta, luego de cambiarme, pasaré a la otra habitación para recoger mi ropa, debe de estar toda esparcida en el suelo y no me gustaría que alguien la viera tirada—se puso colorada al recordar los acontecimientos que vivieron ahí.

—Claro que sí, esta es tu casa.

Alessandra agradeció con una tierna mirada y tras verlo entrar al baño, se vistió, guardó sus bragas en la cartera antes de que él la descubriera, era desagradable, pero con el apuro, no podía hacer más, no había llegado preparada para quedarse. Salió en busca de sus demás pertenencias, recogió todo del suelo, dobló la ropa, arregló un poco la cama, con toda la vergüenza del mundo no pudo ocultar la mancha de sangre de las sábanas, casi quiso llevarla ella misma a la lavandería.

Al regresar a la habitación de su atractivo novio, lo primero que vio, fue a él saliendo del baño con la toalla anudada alrededor de la cintura. Se le secó la garganta al ver las finas gotas de agua que resbalaban por su definido y blanco torso y el cabello húmedo que le daba una apariencia más sensual, si ya de por si cada centímetro de su cuerpo era extremadamente sexi.

Que Dios la librara de todo mal pensamiento, pero se moría por pasar su mano por esa húmeda piel, besar su pecho libre vellos y luego...

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