Después de tres maravillosas noches que pasaron juntos y en la que ninguna, dejaron de hacer el amor, entregándose en cuerpo y alma, más que nunca, lo inevitable sucedió y Dominic tuvo que irse a su viaje de negocios. En esa ocasión, fue realmente difícil para él dejarla, sin bien no se lo hizo notar cuando se despidió, algo en su interior advertía un mal presagio, como una alarma, una sensación extraña que a veces lo asfixiaba. Quería ignorar el sentimiento, pero a medida que se le alejaba más y más de Londres, este solo se intensificaba.
Después de algunas horas de viaje y cuando por fin estuvo instalado en la Suite Presidencial de un lujoso Hotel en Moscú, Rusia, lo primero que hizo fue llamarla y bastó escuchar su melodiosa voz, para que la calma volviera a su cuerpo y que durante los minutos que hablaron, se olvidara de todos sus temores. Estaba asombrado de lo bien que le hacía a su vida estar con Alessandra, de lo mucho que había cambiado desde que estaban juntos, él, un mujeriego empedernido, ahora no concebía ver a ninguna otra y no porque no pudiera, sino, porque no quería, su mente, su corazón y sus ojos solo pensaban, amaban y miraban a una sola mujer.
—Te extraño—apenas han transcurrido unas horas desde que te fuiste y siento que hace meses no te veo.
—Yo también te extraño princesa—. Espero que en estos próximos quince días podamos terminar con todo lo programado y no tengamos que extender más nuestro viaje.
—Ojalá que sí, quince días es mucho tiempo sin verte, no quiero imaginar como sería si pasaran muchos más—admitió Alessandra entristecida.
Él sonrió con ternura. ¿Por qué lo hacía sentir tan bien? ¿Tan vivo? Tan enamorado y con ganas de ser mejor hombre, mejor persona.
—La próxima vez tendrás que ser tú quien venga conmigo, no me importa si Vittorio quiere o no, es más, si te despide, yo te contrato, mi amor y así viajaremos juntos a todos lados y de paso, mis noches no serán tan aburridas y llenas de trabajo, porque te tendría a ti, a mi lado, en mi cama—le dijo él con voz ronca.
—DOMINIC—chilló colorada y acalorada por esas palabras tan sencillas y elementales.
La sonora carcajada de él se escuchó al otro lado de la línea.
—¿Qué? —Amor, las últimas noches que pasamos juntos, fueron tan maravillosas, que ya se me antojan de nuevo, ¿me vas a decir que a ti no? — Si solo de recordar cómo...
—DOMINIC, ¡POR FAVOR! ESTOY EN EL TRABAJO—volvió a chillar escandalizada— ¿Cómo podía hablar de esas cosas tan abiertamente? Sí, se tenían la suficiente confianza, sin embargo, ella aún no podía expresarse así de francamente, le era muy difícil.
—¿Qué tiene de malo? —Nadie nos está escuchando—se rio—. Me encantaría ver tu rostro en este momento, apuesto a que estás ruborizada como cada vez que te digo cosas así. —Te ves tan tierna.
Y no se equivocaba, la cara le ardía, sentía le quemaba y que se le caía al suelo de la vergüenza. Era algo tonto, con todo lo que habían hecho juntos, no era para que todavía se sintiera así, pero, no lo podía evitar, con el tiempo seguramente se le pasaría.
—Mejor hablamos luego, ¿sí? — Tengo que terminar un trabajo que me pidió Vittorio y ya me he quedado mucho tiempo aquí en el baño.
—Está bien mi amor, hablamos en la noche, ¿te parece? —Ahora también estaré ocupado, así que no creo que pueda volver a llamarte en lo que reste del día.
—Bueno amor, en la noche hablamos, estaré esperando tu llamada—. Te mando un beso, te amo.
—Otro para ti mi princesa, te amo y piensa en mí, como yo lo hago en ti.
—Eso siempre, siempre estás en mis pensamientos y en mi corazón.
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Cuatro días después.
—Señorita D'Santi, trajeron estas rosas para usted—le anunció la recepcionista de mal modo, cuando ella volvía de almorzar y salía del elevador.
—Gracias— contestó la castaña con asombro, mientras las tomaba y las llevaba hasta su puesto—. ¿Las habría enviado Dominic? —pensó, a la vez que avanzaba. Aunque algo en el fondo le decía que no, con miedo tomó la notita una vez que acomodó el arreglo sobre la superficie del escritorio y la leyó.

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