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Impacto italiano romance Capítulo 55

Alessandra observó las puertas del elevador cerrarse y algo dentro suyo terminó de romperse. Por la mirada que él le había dedicado antes de desaparecer, la intuición le decía que se marchaba, que se iría sin antes hablar o darle una explicación. Una vez más, había considerado la posibilidad de que lo que vivieron fue real y creyó ver una luz al final del túnel, pero no fue así, se equivocó, de nuevo, él jugó con ella, había obtenido lo que quería y ahora se iba sin importante sus sentimientos y su corazón roto. El oxígeno comenzó de pronto a ser escaso, la bilis se le subió a la garganta y un sabor amargo se instaló en su paladar, un mareo repentino la sacudió, la miraba se le nubló y no fue consiente de nada más.

—Alessandra, Alessandra ¿puedes escucharme? ¿Cómo te sientes? —preguntó Vittorio preocupado cuando la vio reaccionar—. Llevaban un buen tiempo tratando de reanimarla con un algodón impregnado de alcohol y no lograban despertarla, hasta que por fin, notaron que comenzaba a abrir lentamente los párpados.

—Me siento ma-mareada—respondió con voz débil momentos después, tratando de incorporarse del sillón en el que permanecía recostada. La cabeza le daba vueltas.

—Clara, por favor, vaya a la cafetería y prepare un café bien cargado para subirle un poco los niveles de azúcar.

—Ahora mismo, señor—obedeció la pelinegra saliendo con prisa de la oficina.

—¿Qué... qué ocurrió? —quiso saber Alessandra con la mente todavía confusa—. Auch—se quejó, cuando sintió una punzada de dolor atravesarle en la cabeza.

—Te desmayaste de repente— contestó Vittorio mirándole con fijeza, con esos ojos azul celeste.

Alessandra negó aturdida cuando los tristes recuerdos comenzaron a arremolinarse en su mente, cerró los ojos con fuerza y de pronto, estalló en un llanto desesperado, preocupando todavía más al angustiado rubio que tenía a su lado.

—Do-Dominic me dejó—sollozó quebrantada—me engañó... me... me traicionó... me mintió—expresó desconsolada con la voz entrecortada—. Pensé que me amaba…que era sincero...pero no fue así, solo jugó conmigo—se quejó, su voz sonaba tan estrangulada y dolorida, que Vittorio solo pudo alcanzar a abrazarla y reconfortarla—. Dios Santo, ¿cómo había podido su hermano hacerle algo tan cruel a una mujer como ella? Era inaudito, no tenía perdón.

Alessandra se desplomó en brazos de su amigo y lloró, lloró, lloró sin reparo y pena alguna, mientras se abrazaba fuerte a esos brazos que la reconfortaban y sostenían. El dolor y el hueco en su pecho se hacían más grandes y no sabía cómo lidiar con ello, sus fuerzas cada vez eran más nulas. Sentía que le habían arrebatado una parte esencial para poder vivir y sí, era así, Dominic se había ido y con él se había llevado su corazón.

—Nunca se lo voy a perdonar, nunca, nunca— aseguró con amargura, desilusión y resentimiento, temblando producto del llanto y los espasmos que atacaban su cuerpo.

—Lo siento tanto, Alessandra, no sé qué decirte, ni que palabras expresarte, porque sé que nada de lo que diga o haga, hará que revierta el mal que te hizo mi hermano, pero, quiero que sepas que cuentas con mi apoyo incondicional y amistad siempre, para lo que necesites— musitó el rubio afligido—. Debió verlo venir, debió saber que la dañaría, pero los había visto tan felices, que por primera vez, creyó que Dominic era una persona diferente, de bien, sin embargo, al igual que Alessandra, él también se había equivocado al confiar, se equivocó al creer.

—Voy a olvidarlo, Vittorio—declaró ella repentinamente, deshaciéndose del abrazo—. Voy a olvidarme de él a como de lugar—murmuró con dureza y seguridad—Te lo juro, tu hermano, jamás volverá a burlarse de mí.

*******

Un mes después

Alessandra llevaba rato distraída observando su imagen reflejada en el espejo, a pesar de su tristeza, su mirada irradiaba un brillo especial y su rostro tenía algo distinto. Sus mejillas últimamente estaban más sonrosadas de lo normal y su apetito había aumentado para variar, debía cuidarse, porque al paso que iba, pronto perdería la figura.

El tiempo se había pasado volando, hacía ya un mes desde que Dominic se había ido de Londres y no había vuelto a saber nada de él, únicamente lo que escuchaba a Vittorio decir, que estaba en Dubái, Emiratos Árabes Unidos, por negocios. Suspiró nostálgica, habían sido semanas duras, trágicas e incluso así, no logró olvidarlo como juró hacer, era imposible, cuanto más quería sacárselo del pensamiento, más lo recordaba y añoraba. ¿Cómo podía seguir teniendo sentimientos por una persona que la hizo sufrir tanto? ¿Que la abandonó sin el menor de los reparos? Era una tonta, nunca debió enamorarse de él, nunca debió confiarse, mucho menos entregarle su virtud, aunque, si lo pensaba bien, no se arrepentía de haberlo hecho, lo había disfrutado en su momento y sí, tal vez no fue con la persona correcta, pero lo hecho, hecho estaba, ya no podía volver el tiempo atrás.

Tenía solo unos minutos más para terminar de arreglarse, esa mañana, acompañaría a Vittorio a una importante conferencia de prensa, así que acordaron encontrarse en el hotel donde se llevaría a cabo dicho acontecimiento. Una vez que terminó de peinar su cabello recogido en un elegante moño y retocar detalles en su maquillaje, se colocó el elegante vestido negro manga tres cuartos con detalles florales que escogió para esa ocasión, se calzó unas sandalias altas rosa pálido que contrastaban magnífico con el tono de las flores del atuendo y una cartera mediana del mismo color.

Se reunió con Vittorio en el lobby, el atractivo y alto rubio ya esperaba por ella muy cómodo sentado en unos elegantes sillones mientras se entretenía conversando por el celular, en cuanto la vio entrar, cortó la llamada que sostenía, se le acercó y se dirigieron a la sala principal del evento, junto con un guardaespaldas que siempre acompañaba al vicepresidente se Lombardo Enterprises Inc. En el trayecto al lugar, Alessandra experimentó un leve mareo, las paredes parecían moverse, así como el suelo y el techo también, su acompañante se percató de su estado, de su palidez y la socorrió tomándola del torso.

—¿Qué ocurre? — cuestionó Vittorio extrañado por su estado.

—No lo sé, de pronto sentí un mareo—murmuró sintiendo ahora el estómago revuelto—. El mareo iba pasando y el color comenzaba a volverle al rostro.

—¿Te dan con mucha frecuencia? —preguntó él, a la vez que se le cruzó una idea por la cabeza.

—No, hasta hoy, la última vez fue cuando— no dijo más

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