—Niccolo, qué casualidad verte—comentó Vittorio con formalidad, mirando de reojo a su hermano que tenía el rostro enrojecido de furia—. Conocía perfectamente la rivalidad entre ambos desde sus tiempos de universidad y lo cierto era, que tampoco a él le agradaba para nada el empresario.
—Sí, una gran casualidad—contestó Niccolo con una sonrisa torcida en los labios—. Alessandra, un gusto también saludarte, luces muy hermosa hoy, como cada vez que te veo— agregó mirándola con coquetería.
Ella abrió los ojos desmesurados ante su descaro al tutearla y tratarla con tanta libertad. ¿No había sido clara con él la última vez que hablaron hacía ya mucho tiempo? En ese preciso instante, Dominic se retiró iracundo sin decir nada.
—Señorita D'Santi— lo corrigió molesta—no lo olvide, señor Parisi, señorita D'Santi, para usted— recalcó con autoridad y seriedad en su tono, lástima que Dominic no estaba ahí para escucharla.
Vittorio sonrió ante su carácter fuerte y se sintió orgulloso. Alessandra podía ser dulce e inocente, pero también seria y decidida y claramente el personaje que tenían en frente, no le simpatizaba ni un poco.
—Lo siento muchísimo, tiene razón, disculpe mi atrevimiento, señorita D'Santi, no ha sido mi intención ofenderla.
Alessandra sonrió con hastío.
—Qué casualidad, señor Parisi, que usted siempre hace las cosas sin la intención de ofenderme y al final, lo único que logra, es todo lo contrario—. Veo que uno de sus pasatiempos favoritos, es ir por el mundo causando disgustos en los demás—lo miró con desprecio y se alejó dejándolos atrás. No lo soportaba y precisamente en esa ocasión, sintió despreciarlo más, de pronto, las imágenes de las pesadillas que había estado teniendo los últimos días, en donde un hombre la tocaba de una manera poco respetuosa, se vinieron a su mente, negó con la cabeza, no quería ni pensar en eso.
—Tiene carácter tu asistente—le dijo Niccolò al rubio que lo veía con burla.
—Lo tiene y eso es lo que más me gusta de mi cuñada—respondió Vittorio con doble intención, para observar su reacción—. Había notado en sus ojos un especial interés por Alessandra y eso no le dio buena espina, algo no cuadraba bien ahí y él tenía que averiguarlo. —Te dejo, tengo asuntos importantes que atender, que tengas un buen día—se despidió.
Dominic se recostó exhausto en el asiento trasero de la camioneta, mientras su guardaespaldas conducía al imperio Lombardo, cerró los parpados, aflojó el nudo de su corbata y respiró hondamente, la rabia corría por sus venas y aumentaba al recordar como Niccolo había tratado con tanta confianza a Alessandra. Era obvio que entre ellos pasaba algo, estaba más que claro que estuvieron viéndose todas esas semanas, porque de otra manera, no se hubieran tratado con tanta familiaridad. Habían coqueteado en sus propias narices, por todos los santos, ¿podían ser más descarados? Y ella, una falsa, mentirosa, arpía, astuta, que por poco lo convence con su cara de ingenua, hasta le pareció verla sorprenderse cuando el desgraciando ese se les había plantado en frente, era una experta en fingir, en el arte de mentir. Lo bueno que a él, ya le habían quitado la venda de los ojos, al menos, eso debía agradecérselo al maldito de su enemigo. Una llamada de Viviane entró en su iPhone y rápidamente la rechazó, no tenía deseos de hablarle, ni ese día, ni nunca, ¿cómo carajos supo que ya estaba en Londres? Porque de otra manera, no lo hubiese llamado. Nuevamente una llamada volvió a entrar, seguida de otra y otra, tuvo que apagar el móvil para que dejara de insistir y definitivamente, lo mejor sería cambiar de número.
Se instaló en su inmaculada y lujosa oficina después de un mes sin estar ahí, no tenía tantos pendientes, ya que todo ese tiempo, había estado trabajando desde Dubái, inclusive, trabajó más que otras veces, al menos las responsabilidades lo ayudaban por instantes a olvidarse de todo.
En todo ese día, no se asomó ni a la puerta, porque sabía que era débil y que lo primero que haría al salir, sería buscar a Alessandra con la mirada, donde solía estar siempre sentada, así que se aseguró de irse a su casa varias horas después de que terminara el horario laboral.
Llegar a su habitación fue otro martirio, porque todo ahí, le recordaba y olía a ella, no obstante, su dolor se acrecentó más, cuando se dirigió al baño y sobre el tocador, encontró unas pertenencias de ella. Maldijo en todos los idiomas y con las manos temblorosas, tiró todo al cesto de la basura, los ojos se le enrojecieron y ardieron, le dolía, le dolía el alma y todo su ser, le dolía no poder sacarla por completo de su vida y de su corazón, ¿es que siempre iba a sentirse así? Por el amor de Dios, ya no aguantaba más, ya no soportaba más esa situación, sentía que de un momento a otro, iba a enloquecer y a terminar en un hospital psiquiátrico. Llevaba noches enteras sin dormir bien, otras que se las pasaba en vela total, no podía seguir así, estaba muriéndose poco a poco.
Salió nuevamente a la recamara, se sentó sobre su enorme cama king y con congoja, miró a su alrededor, las lágrimas se acumularon en sus cuencas a punto de desbordarse, había prometido no volver a llorar, pero, estaba ahí, solo, abatido, siendo débil, recordándola y extrañándola, fue inevitable no hacerlo, si una de las ultimas veces que estuvo en esa misma habitación, había estado con ella, siendo inmensamente feliz. Joder, debería estar reemplazándola con otra, como lo hacía siempre y como lo estaba haciendo ella con Niccolo. Mujeres sobraban por doquier, sin embargo, desgraciadamente su cuerpo también lo traicionaba, porque no había una sola mujer en el mundo que deseara, sino era Alessandra D'Santi.
Esa mañana llegó una vez más a su oficina agotado, harto y con todo el desánimo del mundo y como ya era costumbre, había dormido muy poco, aunque también era algo muy raro, últimamente se estaba sintiendo enfermo, demasiado fatigado y a veces, hasta con náuseas. Probablemente el exceso de trabajo durante todas esas semanas que estuvo fuera, le estaban pasando factura, así que le pediría a Clara, una vez que regresara de sus vacaciones, que le agendara una cita con su médico privado, porque inclusive esa misma mañana, ni siquiera había podido desayunar, ya que un malestar estomacal horrible, no le permitió probar bocado y para empeorar, se sentía un poco afiebrado.
Hacía ya cuatro días desde que estaba de vuelta en Londres, para su suerte, solo había visto a Alessandra de lejos y en muy pocas ocasiones. Clara, su asistente, se reincorporaba a sus obligaciones la siguiente semana, le había otorgado vacaciones, ya que la pobre chica, trabajó muy duro durante el tiempo que estuvo fuera y era consciente de ello. Debía reconocer que la joven era muy buena y bastante aplicada, tanto, que ya para él su ayuda era imprescindible y esos días que estaba trabajando solo, eran un poco extenuantes y agotadores, por suerte, no había mucho acumulado.
Unos suaves toques en la puerta lo distrajeron de la concentrada labor que desempeñaba en ese precio instante y sin dudar, permitió el paso a quien sea que estuviese del otro lado. Casi se arrepintió al momento de haberlo hecho, cuando vio a Alessandra entrar a su oficina. Joder, Joder, mil veces joder. La notó transpirar y ponerse un poco nerviosa, a pesar de que su mirada era fría, severa y dura. Ese color de ropa que llevaba puesta, aparte de que le sentaba bien, la hacía lucir tierna, más joven y bastante pura. Además, si no se equivocaba, tenía unos kilos más encima, que la hacían ver adorable, su rostro estaba un tanto más redondo y su mirada brillaba, brillaba muchísimo. Estaba tan linda, incluso más que antes y él en cambio, hecho añicos, con sus enfermedades de abuelito.
—Señor Lombardo—la frialdad en su voz lo estremeció— Vittorio necesita que revise estos planos y le haga saber, lo más pronto posible, si considera necesario algún cambio o no, además de que le firme y selle, estos últimos contratos con los árabes.
Dominic se la quedó mirando por unos segundos antes de reaccionar, suspiró y en cuanto pudo recuperarse, contestó lo más cortante y serio que pudo.
—¿Ha revisado mi hermano los planos? —preguntó con displicencia, fingiendo leer algo en su laptop nueva—. La otra la había hecho pedazos en un arranque de ira.
—Sí, lo hizo esta mañana, para él todo está en perfecto orden, pero necesita también de su apreciación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Impacto italiano