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Impacto italiano romance Capítulo 61

—Hijita, deberías despojarlo de esa ropa mojada mientras busco algo cómodo y caliente en el vestidor de tu hermano para ponerle— sugirió su madre, una vez que acomodaron a Dominic en la habitación que solía ocupar Giorgio y que siempre tenían preparada para cuando él llegaba de visita.

El magnate, seguía inconsciente, prendido en temperatura, habían mandado llamar al médico de confianza y este ya se encontraba en camino. Alessandra consideró unos minutos antes de decidirse a cambiarlo y cuando notó su semblante decaído y entrecejo fruncido a pesar de su estado de inconsciencia, sintió pena y su corazón se estrujó. A medida que lo desvestía y su asombroso torso quedó al descubierto, le fue imposible no recordar las pocas veces que lo acarició, que pasó sus manos por esa piel y durmió en ese pecho sólido y trabajado, negó con la cabeza, ¿qué estupideces estaba pensando? —se riñó. No era momento para pensar en tonterías.

Las imágenes de él, todo empapado, angustiado, llorando, diciéndole que la amaba y suplicando su perdón, se colaron en su mente nuevamente, pero sobre todo, las últimas palabras que había dicho antes de desmayarse "Nunca te engañé... Nunca te fui infiel... Nunca estuve con otra” ¿Cómo podía ser eso verdad si ella mismo lo vio besarse con Viviane? No iba a creerle, no caería en su trampa, por supuesto que no, esperaría a que se recuperara para pedirle que se marchara, porque tampoco era tan cruel como para echarlo de su casa en ese estado.

Su madre le pasó un conjunto de pijama gris con azul oscuro y procedió a vestirlo después de secarlo con una toalla, casi tenía la misma estatura que su hermano, salvo que Dominic, era un poco más alto y musculoso, el atuendo le quedaba más ajustado y unos centímetros más corto, pero de igual forma, se le veía bien, sobre todo por los colores, que lucían estupendos en él.

El médico no demoró tanto en llegar a pesar de la copiosa lluvia que seguía cayendo y que no parecía tener fin. El diagnóstico final después de una minuciosa revisión, fue malo, el magnate estaba realmente débil, al menos estaría los siguientes dos días inconsciente, como mínimo, su cuerpo necesitaba mucho reposo, recuperación y sobre todo, alimentarse bien o de lo contrario, los resultados no serían tan favorables. Debido a que en las siguientes 48 o 72 horas no recuperaría la conciencia, el doctor recomendó suministrarle unos sueros vía intravenosa para hidratarlo y que su organismo siguiera funcionando de forma correcta, también debían llevar un control de las fiebres y para eso, una persona tendría que permanecer a su lado siempre y vigilar su evolución para evitar futuras complicaciones.

Tal y como el médico lo señaló, exactamente tres días después, por fin despertó de su letargo bastante desorientado. Al abrir los ojos y mirar a su alrededor, no reconoció nada de aquella habitación en la que se hallaba y muchos menos, del lugar en el que se encontraba, ladeó un poco el rostro, aturdido, para ver la aguja que se encontraba introducida en su vena y que a su vez, estaba conectada a un tubo flexible de plástico que conducía a una bolsa de lo que debía ser suero.

—¿Qué le había pasado? —pensó, sin todavía poder recordar nada.

Sus ojos siguieron recorriendo minuciosamente aquel dormitorio, queriendo reconocer algo, todo se veía limpio, en orden, bastante bonito, acogedor y espacioso, su mirada se detuvo en un sillón que se encontraba en una esquina, había un bulto, una persona para ser más exacto y si no se equivocaba, quien sea que estuviera ahí, se encontraba dormida o dormido. El cuerpo se movió repentinamente y un mechón de cabello largo y castaño sobresalió a un costado, el corazón se le aceleró al distinguir de quién se trataba, era Alessandra, su princesa. Los recuerdos de días atrás comenzaron a aflorar en su cabeza y fue hasta entonces, que supo dónde estaba y como había llegado ahí. Quiso levantarse, sin embargo, no pudo al sentirse extrañamente adolorido y débil, tenía la boca seca y se moría por tomar un vaso de agua, se humedeció los labios al sentirlos también resecos y deshidratados. Pronto, notó que Alessandra pareció despertar, se incorporó del sillón y de un momento a otro, sus miradas se conectaron, sintió que se quedó sin oxígeno al quedarse prendado de sus ojos verdes, esos dos luceros que lo miraban con atención, sorpresa y...¿alivio?

—Dominic, por fin despiertas—escuchó su melodiosa voz decir, a medida que se acercaba a él.

Un suspiro involuntario escapó de sus labios al sentir su suave perfume y verla tan hermosa, definitivamente el embarazo estaba embelleciéndola más. Por Dios, como la amaba, estaba loco por ella, no podría continuar con su vida si no lo perdonaba. Los necesitaba a ambos para respirar, para vivir y no descansaría hasta recuperarlos.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó cuando llegó a su lado.

A Dominic le tomó varios segundos responder.

—Un poco débil... y... entumecido, pero bien—contestó con voz baja, sin dejar de mirarla—. ¿Podrías…facilitarme… un vaso con agua, por favor? —logró decir con la voz entrecortada.

—Claro que sí— respondió Alessandra, apresurándose a servirle agua fresca en un vaso—. Lo ayudó a sentarse y acomodarse en el respaldar de la cama, lo rodeó de almohadas para que estuviera más cómodo y le ayudó a tomar el agua despacio, ya que él no tenía fuerzas todavía.

—Gracias— murmuró, sintiéndose reconfortado por tenerla junto a él y por sus sinceras atenciones.

—Por nada, déjame quitarte esto—señaló ella la aguja en su muñeca, al fijarse que ya había terminado el suero que le suministraron en la madrugada—. La retiró con suma delicadeza y cuidado, limpió un poco la sangre que salió del pequeño orificio y le puso una banda adhesiva.

Dominic se sintió en la gloria, en el cielo, cuando sus suaves manos tocaron su piel, había extrañado tanto su tacto, su proximidad, que estar así, era como sentirse en el mismísimo paraíso.

—¿Tienes hambre? —lo cuestionó Alessandra, cuando terminó con su labor—Él permaneció en silencio, contemplándola, como si todavía no pudiera creer que era ella quien estaba ahí. —Dominic— lo llamó.

—¿Eh? —murmuró perdido, pestañeando varias veces.

—Te pregunté que si tienes hambre—repitió con calma.

—Aaah, sí, sí, tengo un poco de apetito.

—Ahora mismo te traigo algo para que comas—anunció, haciendo ademán en levantarse.

—No te vayas—pidió reteniéndola débilmente del brazo—. Tenía miedo de que se alejara y no la volviera a ver, no quería pasar por lo mismo de nuevo, no lo soportaría.

El estómago de Alessandra dio un vuelco al sentir su toque, respiró profundo para tranquilizarse, con el embarazo se estaba volviendo más sensible.

—No, no me tardo, voy a pedir que te preparen de comer y regreso, ¿sí?

Él asintió más tranquilo y la observó salir, para minutos más tarde, verla regresar con una pequeña bandeja que contenía frutas picadas y zumo de naranja.

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