—¡Mamá, hasta que por fin te dignas en salir! —exclamó Alessandra impaciente, al ver entrar a su madre en el salón—. Llevaba un buen rato buscándola y su tía Victoria le había informado, que estaba en la habitación de cierto caballero. —Te demoraste mucho dentro de la recamara de Dominic, ¿de qué tanto hablaron? —preguntó con curiosidad, no aguantándose las ganas de saberlo.
La señora D'Santi sonrió y miró a su hija con atención, mientras se sentaba muy a gusto en el sillón más grande de la sala.
—No hablamos de nada importante, cariño—contestó sin dejar de sonreír— Solo fui a hacerle compañía un rato, el pobrecito pasa la mayor parte del tiempo solo y dice que tú no has ido a verlo mucho los últimos días—. Me da mucha pena con él, debe sentirse aburrido en una casa donde prácticamente no conoce a nadie y a la única persona que conoce, no parece tener la intención de querer verle.
Alessandra desvió la mirada y carraspeó con nerviosismo.
—He estado muy ocupada enviando mi hoja de vida a posibles empresas para aplicar a un puesto de trabajo—mintió, ya que Vittorio, le había pedido que no se preocupara, que él mismo se encargaría de conseguirle un buen empleo entre sus contactos, sin embargo, desde lo que había pasado hacía unos días en la regadera, se dio cuenta que debía evitarlo y que debía permanecer lo más alejada posible de él, pues seguía siendo débil ante su cercanía, a sus encantos, a su mirada y no quería volver a sufrir por su causa.
—Ahora que estás libre, podrías ir a verlo un momento, le hará muy bien tu compañía, de paso, puedes invitarlo a salir un rato de la habitación, se la ha pasado mucho encerrado ahí, un poco de aire fresco y sol, creo que le harían bien, no seas tan dura hijita, después de todo, es el padre de tu hijo.
—Veo que tú y él se han hecho muy buenos amigos—musitó un poco recelosa, se notaba que su madre le quería y apreciaba, ¡Era increíble! Ese hombre tenía la facilidad de echarse al bolsillo a todos, lo bueno que ella ya conocía ambas caras de la moneda.
—Mientras ese muchacho esté viviendo bajo nuestro mismo techo, no podemos simplemente ignorarlo, sería una descortesía y hablaría muy mal de nosotros como familia, además, me agrada—admitió su mamá muy segura.
—A mí también me agrada muchísimo—intervino una tercera voz, la señora Victoria, quien en ese instante entraba a la sala y traía junto con ella unos refrescos bien fríos—. Aparte de que está guapísimo—agregó, con una deslumbrante sonrisa, colocando la charola sobre la mesita central. —Que hubiese visto un muchacho así de guapo en mis tiempos, no lo dejaba escapar—dijo la rubia señora, guiñándole un ojo a su sobrina favorita mientras le entregaba el vaso de fruit punch.
Alessandra puso los ojos en blanco, hasta su tía había caído en sus encantos.
¿Es que nadie se salvaba de él?
—Una verdadera lástima que no haya estado en tus tiempos, tía.
—Pero si en el tuyo, querida sobrina—volvió a guiñarle el ojo.
—Voy a salir a caminar un rato—expuso Alessandra poniéndose en pie—las dejo para que sigan hablando de su adorado Dominic—añadió un tanto irritada—. Era el colmo, hasta su propia familia le daba la espalda, le entraban ganas de decirles la verdad, pero a la vez, tampoco quería quitarles la buena impresión que tenían de él, total, cuando este se recuperara totalmente se iría y probablemente no lo volverían a ver por ahí. Ese último pensamiento le causó un pinchazo en el pecho.
Se encaminó hacia el jardín trasero para respirar un poco de ese glorioso aire limpio que la calmaba en situaciones como esa, aún era temprano, faltaba poco para el medio día, el sol brillaba en lo alto del cielo, aunque unas nubes oscuras comenzaban a formarse a lo lejos. Una vez que estuvo fuera, suspiró, acarició su vientre apenas visiblemente abultado y alzó la vista para observar las amplias ventanas que pertenecían a la habitación en la que se encontraba Dominic, pasaron minutos en los que se quedó contemplando ese lugar en específico y por inercia, sus pies se movieron de vuelta adentro, precisamente al sitio que tanto había estado evitando los últimos tres días. Cuando se halló frente a la puerta, tocó con inseguridad y casi de inmediato, escuchó la ronca voz de él permitirle la entrada.
—Hola—saludó débilmente al entrar y verlo recostado en el respaldar de la cama debidamente tendida—. Había unas almohadas muy bien acomodadas en su espalda y aparentemente, buscaba algo en la Smart TV para entretenerse, tenía el cabello húmedo y su colonia riquísima y varonil, impregnaba toda la estancia—. Sin duda se acababa de duchar, estaba vestido con unas bermudas beige que le llegaban por sobre la rodilla y una camiseta roja cuello V que le quedaba magníficamente ajustada a ese esplendoroso dorso y musculatura. Con lo que sea que se vistiese, no dejaba de verse atractivo, seductor, poderoso y elegante.
—¡Caramba! ¿Podía existir un hombre más bello que él en el universo? —Imposible—pensó Alessandra.
—Hola—respondió él de vuelta con la mirada iluminada, observándola de pies a cabeza—. Ella vestía un conjunto de short y top rosa holgados con estampado floral, el cabello lo llevaba peinado en una media cola y en los pies, lucía unas delicadas sandalias planas en tono gold, el rostro sin maquillaje, apenas brillo natural en los labios. Estaba bastante sencilla, pero exquisitamente hermosa y Dominic jamás la había visto tan linda como ese día.
—¿Cómo te sientes? —preguntó ella sin querer mostrar demasiado interés, lo que no le dio resultado, porque Dominic fue consciente de que se le estaba resistiendo, esa mirada verdosa no lo engañaba, seguía amándolo.
—Mejor, hay ocasiones en las que todavía me siento débil, aunque no como al principio.
—Te ves mejor—admitió, comenzando a sentirse nerviosa por esos intensos ojos que la miraban casi perforándole el alma—. Se me hace muy raro que estés viendo la televisión—comentó para cambiar el tema, tal vez así lograba distraerlo y dejaba de observarla de esa forma.
—Mmmm, no es que me guste tanto, pero, no tengo nada mejor que hacer y tú no te has pasado mucho por aquí.
—He… he estado un poco ocupada—se excusó de prisa.
—Evitándome—afirmó él sin preámbulos.
Mierda.
—No, no, claro que no.
—Claro que sí y lo sabes, sino, ¿por qué no habías venido a verme?
—Si lo hago, pero siempre que vengo estás durmiendo.
—Podrías despertarme.
—No me parece justo, has estado muy enfermo y necesitas descansar.
—Más te necesito a ti, Alessandra—dijo Dominic tomándola por sorpresa y sin dejar de verla fijamente—. Te necesito más que cualquier otra cosa, si tú no estás conmigo, yo nunca voy a estar bien.
—Dominic, por favor, no es momento para hablar de esto—murmuró temblorosa, con el corazón galopándole a toda velocidad.
—¿Y cuándo será el momento?
—No lo sé, pero no ahora—negó angustiada y con la respiración interrumpida.
Él se levantó de su lugar importándole poco su estado enfermizo y en cuestión de segundos, la tuvo de frente, muy cerca, tanto que los nervios de Alessandra aumentaron.
—No hagas esto, por favor, Dominic, regresa a la cama, tú no estás bien y...
—Te extraño, mi amor— le confesó bajito, casi en susurros, tan cerca de su rostro, que la piel de ella se erizó y más al escucharlo llamarla así—. Te extraño muchísimo, te necesito, los necesito, a los dos— enfatizó, la tomó de la cintura y la atrajo a su pecho—. Estoy loco por ti, te amo y yo sé que tú también me amas.
—Basta— logró decir ella con un hilo de voz, no lo quería escuchar, las lágrimas estaban acumuladas en sus ojos, a punto de desbordarse—. Una lagrima traicionera resbaló por su tersa mejilla y él con delicadeza la limpió con su pulgar y ahuecó con su palma su rostro.

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