Cuando Vania bajó tarareando una canción para buscarle un vaso de leche a Luna, se dio cuenta de que algo andaba muy mal.
Casi todos los empleados de la casa estaban despiertos y reunidos en la sala, recogiendo un desastre a toda prisa.
La mesa de centro volteada, jarrones de antigüedad hechos añicos, y tazas y platos tan destrozados que iba a tomarles toda la noche limpiar el piso.
Vania se sorprendió y preguntó con genuina preocupación:
—Marta, ¿entraron a robar? ¿Ya llamaron a la policía?
Nadie le respondió.
Vania tomó la leche y se disponía a regresar, cuando una voz oscura sobre su cabeza la hizo estremecerse.
—Señorita Zapata.
Al levantar la vista, vio al hombre mirándola desde arriba, con una expresión gélida y unos ojos tan oscuros como un pozo sin fondo.
—Ven a mi habitación. Tenemos que hablar.
Todos los empleados dejaron de limpiar y clavaron la mirada en Vania.
Ella sintió el calor de la leche en sus manos, pero un escalofrío le recorrió la nuca y la espalda.
En la habitación principal las cortinas estaban bien cerradas. Solo la luz de la lámpara de noche le daba un tono ligeramente cálido a una habitación que solía ser completamente fría.
Hugo estaba sentado en un sillón individual, con las piernas cruzadas, tocando unas hojas impresas sobre su regazo.
—Lee este acuerdo.
Vania empezó a sudar de los nervios.
¿Un acuerdo? ¿Acaso tenían un acuerdo?
Caminó hacia él, pero por los nervios, sus pies se enredaron. Terminó tropezando y cayó de lleno sobre Hugo, derramándole toda la leche encima.
—¡Ay! —gritó Vania, pálida del susto.



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