De pronto, él estiró la mano y le agarró la muñeca. Vania se detuvo, mirándolo sin entender nada.
—Basta.
Su voz sonaba ronca y rasposa. Vania se asustó, pensando que se había enfermado, y por puro instinto intentó tocarle la frente.
—¿Qué te pasa? Estás ardiendo...
¡Cielo santo, estaba hirviendo en fiebre!
Hace cinco minutos estaba perfectamente bien, ¿y ahora ya estaba enfermo?
Hugo no aguantó más. Mientras su mente se debatía entre jalarla a la cama o darle una patada para alejarla, optó por meterse al baño y darse una buena ducha de agua fría.
¡Esa mujer era un demonio! En ese estado no podía hablar de nada con ella.
Solo manteniendo la mente fría podría llevar a cabo la negociación que tenía planeada.
Hugo era un hombre excesivamente racional. Ante esa nueva y provocativa actitud de Vania, su respuesta fue totalmente distinta a la de cualquier hombre normal.
Al escuchar el sonido del agua, Vania pasó de la confusión a la sorpresa, y al final comprendió la situación, poniéndose roja como un tomate.
¡Ella ni siquiera le había hecho nada!
Entonces...
*¡Boom!*
Vania sintió como si un rayo le hubiera caído encima, dejándola mareada.
¡Dios mío!
Solo quería limpiarle el pantalón, ¡no tenía ninguna otra intención!
¿Acaso Hugo pensó que estaba intentando seducirlo?
Al ver el charco de leche en el piso, se acordó de que Lunita seguía esperando su vaso de leche.
Recogió todo rápidamente y se dio la vuelta para bajar a servirle otro vaso.
Y en ese momento, chocó de frente con Hugo, que acababa de salir de bañarse.


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