Esas palabras, frías y cortantes, se clavaron en el pecho de Vania.
Por primera vez en mucho tiempo, Hugo examinó a detalle esa mirada que siempre le había parecido interesante. Pero, en lugar de tristeza, dolor o melancolía —emociones que solía ver en ella—, hoy solo encontraba desconcierto total.
—¿Cubriéndome las espaldas? ¿Quién?
Vania no tenía idea de lo que él estaba hablando.
—Vaya...
Hugo resopló, sin intención de desenmascararla en ese momento.
Julián no era nadie para amenazarlo.
Lo único que a él le importaba era si Vania iba a seguir cumpliendo sus obligaciones según el acuerdo prenupcial. Con quién anduviera...
Le daba exactamente lo mismo.
Vania esperó un buen rato, pero él no dijo nada más.
En plena madrugada, la luz tenue solo iluminaba el rostro de Hugo, haciéndolo lucir como una estatua perfecta: hermoso, imponente y frío como el hielo.
Pero, a pesar de que las sombras resaltaban sus facciones increíbles, Vania no estaba de humor para apreciar su belleza.
¿Qué necesidad tenía de hacerse el misterioso? ¿Quería que le leyera la mente?
Con esa personalidad tan voluble, y sin ser ella adivina, ¿por qué no podía hablar claro y directo?
—He perdido la memoria.
Realmente no sabía cómo tratar con él.
Pero para Hugo, su sinceridad solo era un acto de descaro.
Él chasqueó la lengua. Su mano buscó instintivamente en su cintura, pero olvidó que solo llevaba una bata de baño.
La caja de cigarros estaba en la mesa de noche, a un par de pasos, pero al recordar que Vania no soportaba el olor a tabaco, se aguantó las ganas.
—Tener la cabeza estropeada no es excusa.
—...
Vania se quedó sin palabras.
Pensó que la tensión seguiría así por horas, pero Hugo ya había marcado un número frente a ella.
—Ven a Villa Ébano.
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